Escribo para mi mismo. Porque he descubierto el placer de releer las entradas para recordar mejor lo que vi y sentí. Escribo para relatarme mi vida a mi mismo. Esto supone que, como si fuera un papel pintado mal encolado a la pared, lo que aquí relato se despega ocasionalmente de lo realmente vivido y forma burbujas, con las que se adapta esa realidad a la lógica del relato, más que al caos ilógico y nunca lineal de la vida vivida. Por eso, en consecuencia, transformo los hechos en un relato y a quien menciono, y a mi mismo, en personajes de un pliegue de la realidad, sin por ello dejar de ser sincero.


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sábado, 5 de diciembre de 2009

Amelia

Amelia se levantó temprano. Quería adelantarse a sus hermanas en el baño. Los dos días anteriores, habían tardado tanto en arreglarse, que la hicieron llegar tarde. A propósito, pensaba Amelia. La competencia entre las tres era feroz y sin descanso. Competían por los cuidados de su madre; competían, incluso con ella, por la atención de su padre; competían por ser la más linda, la mejor vestida; competían para que las sacaran a bailar el más buenmozo. Era agotador, pero, al mismo tiempo, era lo que las mantenía unidas. Eran unos lazos tal vez extraños, pero fuertes como el amor y capaces de mantenerlas firmemente unidas. No se odiaban, al menos no todo el tiempo, al menos no de manera profunda. Navegaban entre el amor y el odio. Eran capaces de herirse, de jugarse malas pasadas. Derrotas y victorias, que momentáneamente establecían una jerarquía entre ellas. Nunca por mucho tiempo, en cualquier momento, la vencida tendría su oportunidad para voltear la situación. Sus padres, José y Clelia, seguían viendo a sus hijas como niñas. Les parecía que sus luchas constantes eran la prolongación de sus juegos y peleas de chicas. No dejaba de ser cierto, las tres competían desde pequeñas.

Las tres eran guapas y habían conseguido buenos trabajos: Amelia era maestra; Olga, secretaria de un abogado, Elvira trabajaba en ENTEL, la compañía de teléfonos. Seguían las tres solteras, aunque no les faltaban pretendientes. Ya tenían edad de estar casadas, pero a Clelia, que veía a los hombres voltearse en la calle para verlas mejor, le gustaba que siguieran un poco más en casa. Las tres juntas, algún domingo en que se acompañaban al baile, eran capaces de parar los trolebuses. Elvira era la de rasgos más finos, a Clelia le recordaba a una de sus tías, que se había casado con un primo lejano rico y regresado con él a Piamonte. Olga tenía unas piernas largas, que terminaban en unas caderas anchas, muy del gusto de los hombres; para hacerla rabiar sus hermanas la llamaban Pototín, que ella terminó abreviando en Pin. A Amelia, la llamaban Tatona y nunca peleó demasiado su apodo; en el fondo le gustaba, estaba orgullosa de sus pechos.

Ese día de finales de septiembre, ya era del todo primavera, aunque la mañana era fresca. Amelia se puso un vestido ligero, ceñido a la cintura, que completó con un cardigan oscuro. Una vez en la escuela, se pondría por encima el guardapolvo. Estaba orgullosa, en eso se parecían mucho las tres, de su trabajo y de llevar un sueldo a casa, Su madre trabajaba todo el día en la casa, su hermano, el más pequeño de la familia, seguía sus estudios de contador a trancas y barrancas. Su padre trabajaba en un taller mecánico, cerca de casa, pero era más conocido a la vuelta de la esquina, en el "Bar Los Valientes".

Unos días antes a esa mañana de septiembre, en la reunión del sindicato de maestros, Amelia había conseguido que finalmente Valentín le propusiera tomar un café. Él había sido profesor suyo en la Escuela de Magisterio y a Amelia siempre le había gustado. No era el más guapo, pero sí muy inteligente, con aspecto de estar siempre abstraído en sus pensamientos. Le hacía gracia, además, que mantuviera ese acento español tan claro, aunque llevase ya 20 años en Buenos Aires. Ella estaba muy orgullosa de ser argentina, casi tanto como de ser porteña. Ese año, 1928, la Argentina seguía siendo uno de los países más ricos del mundo, moderno, avanzado, lleno de oportunidades y capaz de dar de comer a toda Europa.

Meses antes, al poco de haber comenzado ese curso, una compañera la había arrastrado a una reunión del sindicato. No sabía que Valentín fuera a estar allí. Cuando lo escuchó hablar en la reunión, le descubrió una pasión que no esperaba. Ese día, se dio cuenta de que le gustaba, que algo quedaba de ese enamoramiento adolescente de cuando fue su profesor en la Escuela de Magisterio, en el que se encerraba la posibilidad de un sentimiento profundo, más verdadero. Ese mismo primer día, se inscribió en el sindicato y empezó a asistir a todas las reuniones, para verlo a él, para que él se fijara en ella. Lo saludaba y trataba como a los demás, pero siempre alababa algo que hubiera dicho. Alguna vez, le pidió que le explicara alguna cosa que fingía no haber entendido. Un par de veces le llevó la contraria, sólo para que el volviera a encenderse con esa pasión que tanto le había sorprendido.

Él estaba ensimismado y preocupado por su trabajo y la lucha de los maestros, pero terminó proponiéndole un café, después de una de las reuniones. Ella no podía aceptarlo, pero fue capaz de transformar esa invitación en un "vení a buscarme el jueves que viene a la salida de la escuela". No era lo más apropiado, pero tampoco quería que lo vieran aún en casa.

Por eso se levantó temprano esa mañana, no quería llegar tarde y quería tener tiempo para arreglarse. Al final del día, cuando sus alumnos ya habían salido, se sacó el guardapolvo, se arregló frente al espejo del baño de profesores y se dirigió hacia la puerta del edificio. Caminaba despacio, al lado de una compañera que no paraba de hablar y a la que no era capaz de seguirle la conversación, estaba nerviosa y expectante. Cuando, en la entrada, vio a Valentín, perceptiblemente mejor vestido que de costumbre y unas flores en la mano, supo que lo tenía en el bolsillo. Pensó por un instante que, con tiempo y un poco de habilidad, hasta podría conseguir que le pidiera que se casaran. Sería la primera, se casaría antes que sus hermanas.

lunes, 17 de noviembre de 2008

Maximiliano. Epílogo

Max y Enrique siguieron en contacto a través del correo electrónico y, esporádicamente, por teléfono. Para Enrique, Max se fue transformando en un buen recuerdo, capaz de levantarle el ánimo y hacerle sonreír. A veces, fantaseaba con que las cosas hubiesen sido distintas y que, a ese fin de semana en Bruselas, le hubieran seguido otros. Incluso, más de una vez, se le cruzó la idea de ir a verlo a Los Ángeles, pero todas las veces terminaba por desecharla, porque no estaba seguro de que Max lo estuviera esperando. Sin embargo, siempre le quedaba la duda. Hasta que, casi un año después, surgió la oportunidad de volver a verse.

Enrique recibió un mensaje de Max, contándole que estaría en Madrid, por trabajo, en un mes. A Enrique le faltó tiempo para contestarle que tenía muchas ganas de verlo, ilusionado por la idea de volver a ver a Max. También le ofreció que se quedase en su casa, pero Max, que viajaba con unos compañeros de trabajo, prefería quedarse en el hotel que le pagaba su empresa.

Quedaron en el hotel de Max, para ir a cenar primero, con la idea de darse tiempo para que reapareciera la magia. Enrique llegó a la hora en punto, incapaz de controlar su excitación y muerto de ganas de subir directamente a la habitación de Max. "Baja enseguida" -le dijo, tras colgar el teléfono, la chica de recepción mecánicamente, aunque Enrique hubiese jurado que le sonreía con complicidad, capaz de intuir sus nervios y expectativas.

Al ver salir a Max del ascensor, durante una fracción de segundo, pensó que no era él, como si no lo reconociera del todo. "Tendría que haberle hecho fotos" -se sorprendió de pensar. Pero estaba tan contento y la sonrisa de Max era tan sincera y cálida, que dejó de pensar y se rindió -otra vez- a los brazos de Max, aunque no se atrevió a proponerle que se olvidaran del restaurante y subieran directamente a la habitación, que era lo que de verdad le apetecía en ese momento.

De camino, Enrique se fue tranquilizando y evaluando los cambios que creía ver en Max. Estaba más fuerte -lo que era bueno- y le seguía viendo algo raro en la cara -lo que lo desconcertaba-, aunque sus ojos continuaban siendo del mismo verde que lo había conquistado un año antes.

El principio de la conversación fue algo torpe, pero, al llegar al restaurante, ya habían recuperado la fluidez. Enrique estaba muy contento y sentía que a Max le pasaba lo mismo. Se sorprendió de la multitud de cosas que, de pronto, quería contarle y de las ganas con las que escuchaba a Max hablar de su trabajo y de su vida en Los Ángeles. Descubría así nuevas cosas de Max, como su afición a los caballos, que era algo vanidoso, que estaba muy volcado en su carrera y era ambicioso. Al terminar de cenar, Max le dijo, como de pasada, pero consciente del impacto de sus palabras, que tenía una oferta de trabajo en Madrid y que, tal vez, la aceptaría. Enrique sonrió, sorprendido y sin saber qué decir.

De vuelta al hotel, Max volvió a mencionar la oferta de trabajo en Madrid. Enrique, totalmente entregado al momento, le dijo lo mucho que le gustaría tenerlo en la misma ciudad, mientras volvía a pensar en el destino y las vueltas que los dos habían dado para estar en ese momento juntos en Madrid y tener, tal vez, una posibilidad de futuro.

Subieron juntos a la habitación de Max. Después de un año fantaseando con un reencuentro, Enrique era demasiado consciente de que estaba sucediendo como para dejarse llevar. La excitación de volver a estar con Max en la cama era más fuerte que la excitación de su cuerpo. Fue un buen polvo, pero algo mecánico, menos íntimo que los de Bruselas.

Al volver del baño, sintió cierta incomodidad y resurgieron sus dudas. Max estaba muy hablador y empezaba a hacer planes -ni del todo en broma, ni del todo en serio- para su mudanza a Madrid. "Me mudo contigo, a tu casa, claro" -dijo, con su mejor sonrisa, lo que acrecentó las dudas de Enrique. En ese momento, fue cuando creyó descubrir aquello que le desconcertaba al mirar a Max. "¿Se ha operado la nariz?" -pensó, pero fue incapaz de preguntar, y se sintió como un idiota al instante. En su interior, se alzaban los puentes y cerraban las puertas, ante la posibilidad de realización de su fantasías sobre Max y él del último año. Se abrazó a Max, que había dejado de hablar; eso le ayudó a tranquilizarse. Quería dejarse llevar por la sensación de estar abrazado a Max, que el contacto de su piel disipara las dudas y recortarse la distancia que crecía entre ellos. Se durmió pensando que, por la mañana, vería las cosas con más calma, que se sentiría contento porque Max quería mudarse a Madrid y que el polvo que echaran al despertarse les permitiría recobrar la ilusión.

Pero a la mañana siguiente no follaron. Ninguno de los dos se mostró dispuesto a dar el primer paso. Enrique intuyó que Max compartía sus dudas y que tampoco para él el reencuentro había estado a la altura de sus expectativas. Se despidieron sin planear volver a verse. Max se iba de Madrid esa noche y no parecía cómodo con la idea de que Enrique fuera al aeropuerto a despedirlo, delante de sus compañeros de trabajo -a Enrique le molestó pensar que, debajo de esa apariencia de seguridad, Max se escondía parcialmente en el armario.

Se pasó todo el día pensando en lo que había pasado. A ratos, sentía ganas de llamar a Max, proponerle que se volvieran a ver dónde fuera, para poder hablar de sus sentimientos -algo que se dio cuenta que no habían hecho- y solucionar los problemas. A ratos, pensaba que se habían equivocado al volver a verse, que no tendrían que haber intentado recuperar el pasado. En su memoria, pensó, ese fin de semana en Bruselas era perfecto y completo, diríase articulado por una lógica -romántica y circunstancial-, que le daba sentido a cada detalle, a todas las miradas, a cada beso. Era imposible que el reencuentro en Madrid hubiese estado a la altura, porque para Madrid el destino no había escrito ningún guión y los dos se habían encontrado perdidos, sin más actuación posible que la realidad de dos tíos algo desconcertados, al darse cuenta que, a pesar de las aparentes promesas de un año antes, se conocían poco, no tenían muchas cosas en común y empezaban a dudar de que el otro les hubiese gustado tanto como creían recordar.

El viernes, quedó con Tomás para tomar una copa y contarle todo. Aunque desde hacía unos meses no lo veía con frecuencia, Tomás seguía siendo su mejor confidente. Poco antes del verano, Tomás se había enamorado perdidamente de un estudiante de Físicas y, desde entonces, su vida se organizaba de acuerdo al calendario universitario, las fechas de los exámenes, los plazos de entrega de las proyectos. Enrique nunca lo había visto tan feliz y, pensando en el contraste entre la seguridad de Tomás al ponerse a salir con ese chico y sus dudas ante Max, consideraba que no había nadie mejor para ayudarle a aclarar las cosas.

Tampoco le hizo falta aclarar demasiado. A medida que se lo contaba a Tomás, se iba dando cuenta de que se había equivocado al olvidar que los amores de verano, aunque ocurran en marzo, son mágicos porque nacen sin tiempo y sin futuro. Es más, sentía que el Max que había vuelto a ver ni era el mismo de Bruselas, ni le llegaba a la altura. Empezó a hacer bromas sobre el fiasco del reencuentro, sobre todo sobre la nariz operada -posibilidad que fascinaba al novio de Tomás- y el Max de Madrid pasó, así, a engrosar la lista de "intentos fallidos".

Sin embargo, el recuerdo de Bruselas mantenía intacta toda su fuerza. Desde el otro extremo de la barra, un chico rubio lo miraba con insistencia. Enrique le devolvió la mirada y subió la apuesta con una sonrisa, antes de acercarse a hablar con él. Algo más tarde, al ir a besarlo por primera vez, Enrique pensó en Max, al decirse que Jorge, que así se llamaba el chico, le gustaba mucho, aunque no tuviese los ojos verdes.

martes, 28 de octubre de 2008

Max. 3

Se despertaron a la vez. Todavía duraba la magia. Un vaso de zumo, un poco de agua, una visita al baño y volvieron a la cama. El deseo era demasiado nuevo e intenso como para no dejarse llevar. No tenían prisa, nada parecía existir fuera de lo que pasaba entre ellos y más allá de esa cama. Enrique empezó a jugar con la pielv de Max, contando -sin llevar la cuenta- las pecas que, desde el pecho subían hacia los hombros, para dispersarse por la espalda. Enrique se perdió completamente en esa piel suave, blanca, de un ligero tono rosado, que acariciaba y besaba letamente, cada vez más excitado. "Cómo me gusta su culo" pensó Enrique, mientras descubría, como esperaba, una piel algo más oscura y rosada, en la que se detuvo. Max se dejaba hacer.

Max abrió un cajón, le pasó a Enrique un condón y el lubricante. "Esta es la posición que me gusta" -le dijo, poniéndose a cuatro patas. No hizo falta que hablaran más. Hay veces, como esa, en que el sexo ocupa todo y concentra el tiempo y el espacio.

Max se corrió primero y se recostó, recuperando el aliento, al lado de Enrique, que, de rodillas sobre la cama, se masturbaba. Un segundo antes de correrse, cuando sentía el mundo comprimido entre sus manos y el universo contenido en esa habitación, Enrique vió el tiempo detenerse sobre el filo de un segundo perfecto, único y completo. Se dejó caer sobre la cama, derribado por los espasmos del orgasmo. Cerró los ojos, aturdido y satisfecho, intentando retener ese instante infinito, de una lucidez absoluta, capaz de explicar el principio y el fin del tiempo. Tal vez se durmió.

"¿Te apetece que salgamos un rato?" -le oyó decir a Max. "Sí, vamos" -dijo en cuanto pudo reaccionar. Hacía un día estupendo, impropio de la fama de mal tiempo de Bruselas. Además, Enrique estaba contento y se sentía muy a gusto con la ropa que Max le había prestado.

Max quería enseñarle un par de rincones de la ciudad y aprovechar para comer algo. Siguiendo la etiqueta de ese tipo de ocasiones, hablablan un poco de nada y un poco de ellos mismos -sus familiar, sus ex-novios, el trabajo-, buscando equilibrar el conocimiento íntimo que tenían de sus cuerpos con el más mundano de sus vidas. Max le contó que en unos pocos días dejaba Bruselas. Se había mudado allí hacía menos de un año y la ciudad le gustaba, pero le costaba quedarse quieto en el mismo sitio y le había salido un trabajo -más interesante, mejor pagado- en Los Ángeles. Enrique, que no había podido evitar imaginarse algún plan fantástico de viajes mensuales a Bruselas, sintió el chasquido de las ilusiones tontas que se había hecho y que le dejaron un regusto agridulce en la boca. Optó entonces por dejarse llevar por el romanticismo de una historia tan bonita, que no tenía ningún futuro. De alguna manera, la falta de perspectiva le obligaba a concentrarse en el presente.

Volvieron al apartamento. Volvieron a follar. Más tarde, se pasaron por la casa de los amigos de Tomás, para que Enrique pudiera cambiarse e ir a cenar con ellos. Tomás, que lo había estado acribillando a mensajes, estaba algo cabreado, porque llevaba todo el día sin dar señales de vida, pero también contento por Enrique, a quien, desde la ruptura con Pablo, veía alternar periodos de euforia y de encierro. Ahora lo veía contento y, aunque sus amigos le habían advertido que Max era peligroso, sabía que no le iba a dar tiempo a romperle el corazón a Enrique.

Esa fue la última noche que Enrique y Max pasaron juntos. Aunque sabían que probablemente no volverían a verse, ni se quejaban, ni se dejaron llevar por la tristeza. Al día siguiente, la despedida fue rápida y sin promesas.

En el avión, Enrique pensó que era mejor así. Había pasado 36 horas perfectas, con un chico que le gustaba mucho. Había ido a Bruselas pensando que, con algo de suerte, terminaría echando un polvo, y se iba de allí, habiendo vivido algo tan romántico e intenso. Incluso meses más tarde, era capaz de convocar el recuerdo de aquel segundo perfecto, con Max desnudo a su lado, en el que sintió detenerse el tiempo. Era como el sol a finales del invierno, tibio y reconfortante, prometiendo un futuro donde todo es posible.

El verano siguiente, mientras iba de la ducha a su habitación, en el apartamento en Ibiza donde estaba pasando unos días, al tumbarse en la cama al lado de un alemán guapísimo, se dió cuenta de que se había acostumbrado a usar a Max como punto de referencia, cada vez que conocía a alguien nuevo. No tanto porque nadie le parecise tan bueno como Max, de hecho, más de uno -como ese chico de Hamburgo- estaba más bueno, sino porque recordaba que es posible encontrar a alguien con quien dejarse llevar sin esfuerzo. Enrique mimaba el recuerdo de ese fin de semana en Bruselas, capaz de calentarle el alma con el reflejo de una promesa total e intacta. Aún faltaba bastante tiempo para que Enrique sintiera la explosión definitiva de un sol en el estómago.

Max y él siguieron en contacto, a través del correo electrónico y, esporádicamente, por teléfono.

sábado, 18 de octubre de 2008

Max. 2

Empezó entonces la coreografía de la conquista. Siguieron hablando, tanteando el terreno, buscando la confirmación de interés e intentando intuir su continuación. Cada pregunta, cada comentario, cada sonrisa les daba la excusa para acercarse o volver a tocarse.

Max le iba gustando más y más. Le había hecho reír un par de veces y se estremecía ligeramente –muy ligeramente-, cada vez que volvía a cogerlo por la cintura. Además, la pastilla flojita empezaba a hacerle efecto. Así que le propuso ir a la pista y bailar un poco. Buscaron al resto de grupo, que los recibió con miradas curiosas y divertidas. "¿Qué ha pasado?" -le preguntó Tomás. "Nada. Todavía nada. Hemos estado hablando." -le contestó Enrique, mientras empezaba a bailar, al lado de Max.

Se dejó llevar por la música y las sensaciones: La excitación que sentía cada vez que Max lo rozaba o deliberadamente se tocaban amplificaba los efectos de la pastilla. Se sintió deseado, porque sí y sin complicaciones. Sólo existía el presente y estaba contento.

El grupo empezó a dispersarse. Unos iban a pedir algo a la barra, otros al baño, a la otra pista o al cuarto oscuro. Enrique y Max, tras la señal de una mirada, se perdieron juntos en una esquina, donde, rodeados de extraños indiferentes, bailaron juntos, muy juntos, y se besaron. Fue un beso largo -confirmación del juego y fin de su primera fase-, que le sirvió a Enrique para bajar la última línea de defensa, al descubrir que la boca de Max sabía mejor de lo que esperaba.

"Vámonos" -dijo Max, en parte una orden, en parte un ruego. "Es temprano -contestó Enrique- pero sí, vámonos".

De camino a la puerta, se encontraron con uno de los amigos de Tomás, al que le dijeron que se iban. Enrique sacó el teléfono del bolsillo, escribió: "Me voy con Max. Hablamos. Bss" y le mandó el mensaje a Tomás. Apagó el teléfono y, ya en la calle, se abandonó al momento, a caminar por una ciudad desconocida, arropado por la noche, al lado de un chico que le gustaba mucho y con el que tenía muchas ganas de follar.

Durante el flirteo, habían descubierto que habían nacido en la misma ciudad, donde ninguno de los dos vivía ya. Durante un segundo, en uno de esos silencios nada incómodos, que puntuaban su conversación en la calle, Enrique sintió que estaban burlando al destino o, mejor aún, que Max y él estaban destinados a encontrarse en algún momento de sus vidas, indiferentes al tiempo y al espacio.

Enrique solía dejarse llevar por la anticipación y el deseo en los primeros momentos de un nuevo encuentro, cuando se sentía el protagonista del guión de una gran película romántica, en la que todos los detalles tienen un sentido y todas las promesas están intactas. No siempre un primer encuentro era tan romántico. En ocasiones podía ser más simple, dominado por un deseo inmediato y directo, pero incluso en el juego de estrategias de una sauna, Enrique siempre sentía la pulsación de una enana blanca en el pecho y el estómago.

Llegaron al apartamento de Max, donde se acabó el juego. De la puerta a la cama, todo sucedió muy rápido, "consumidos por el deseo" -pensó, más tarde, Enrique, riéndose de no encontrar otra forma de decirlo, que una expresión de folletín, cursi y en desuso.

Lo cierto es que se entendían muy bien en la cama. Cada vez más cómodos, hablaban muy poco, mientras seguían un código no escrito –con las manos, con la boca- tanteando los lugares, la presión, las caricias y atentos a las reacciones del otro. Max le hizo saber, con suavidad y firmeza, que quería penetrarlo y Enrique, que hacía tiempo había descubierto que algunos hombres necesitaban ser los primeros, se dejó llevar. “Ya me tocará a mi mañana” –pensó, más tarde, cuando se estaba poniendo la camiseta que Max le había prestado para dormir, después de ducharse y antes de quedarse dormido, cansado, tranquilo, contento, abrazado a Max.

sábado, 11 de octubre de 2008

Max. 1

Cuando se le presentaron, no le hizo mucho caso. Enrique acababa de llegar a la casa de los amigos belgas de Tomás y, en unos pocos minutos, le habían presentado a una docena de tíos. Fue un poco después que le preguntó a Tomás por el nombre de "ese chico de la camiseta negra y los brazos grandes".

Ese viaje a Bruselas iba a ser uno más de los que Enrique había estado haciendo en los últimos meses. Un fin de semana largo, con algunos amigos, con la excusa de alguna fiesta, un cumpleaños o algo por el estilo, y la posibilidad de conocer gente. Desde que lo había dejado con Pablo, esos viajes formaban parte de su plan de "disfrutar de la soltería".

Esta vez, se había apuntado a los planes de Tomás de ir a Bruselas a ver a unos amigos de su época de Erasmus. El plato fuerte del viaje era, el viernes por la noche, ir a "La Démence"; una de esas fiestas casi interminables, llena de hombres de todos los tamaños y llena del mismo número de posiblidades.

Enrique había estado ya en Bruselas, pero no en "La Démence"; no conocía a los amigos de Tomás, pero eso era un aliciente. En estos viajes, en el fondo, conocer gente y pasarlo bien eran los instrumentos para, con algo de suerte, terminar echando un polvo.

La casa de los amigos de Tomás era el punto de reunión para tomar unas copas -tal vez, algo más- antes de ir todos juntos, en grupo, a la discoteca. Después de las presentaciones, Enrique se sirvió una copa y se puso a hablar con un belga no muy guapo, que había decidido utilizarlo para practicar el español que había aprendido en sucesivos veranos en Sitges. Era un coñazo, pero le permitía dar la impresión de estar ocupado y ser amigable, mientras valoraba las posibilidades de romance que había en la habitación. Fue entonces cuando se fijó en ese chico. Sus miradas se cruzaron un par de veces y a Enrique le dio la impresión de que el chico de la camiseta negra y los brazos grandes mantenía la mirada un segundo más de lo esperable, enviando, con suerte, el mensaje de un posible interés. También se dio cuenta de que tenía los ojos verdes.

Por eso, unas vez en la calle y de camino a "La Démence", Enrique se acercó a Tomás y le preguntó cómo se llamaba ese chico. "Max", dijo Tomás, con una sonrisa y una mueca rápida, que Enrique no supo interpretar. El resto del camino, se dedicó a planear el ataque e intentar decidir si valía la pena tomarse media pastilla o una entera.

Decidó, una vez dentro, tomarse una "de las flojitas" entera y esperar un rato antes de acercarse al chico de la camiseta negra y los brazos grandes; no mostrar demasiado interés, verlo más de cerca y también las dos o tres primeras tonterías que le iba a decir.

Sus planes se fueron al garete cuando, al cuarto de hora de estar dentro, el chico se le acercó para preguntarle de dónde era, mientras lo cogía por la cintura con su mano izquierda y, con el pulgar de la derecha, le tapaba el oído para que, al gritarle sobre la música, sus preguntas no le molestasen.

Enrique nunca fue especialmente difícil, pero nunca se había sentido tan rápidamente conquistado, salvo, tal vez, una o dos veces, hacía tiempo, cuando tenía menos experiencia y descubría que, ligando, el papel del más débil, del conquistado, podía ser muy excitante. Desde el momento en que sintió que lo tocaba, lo único en que Enrique pudo pensar fue en las ganas que tenía de irse con él a la cama. Para entonces, ya se había aprendido que el chico se llamaba Max y comprobado que sí, que tenía los ojos verdes.