Escribo para mi mismo. Porque he descubierto el placer de releer las entradas para recordar mejor lo que vi y sentí. Escribo para relatarme mi vida a mi mismo. Esto supone que, como si fuera un papel pintado mal encolado a la pared, lo que aquí relato se despega ocasionalmente de lo realmente vivido y forma burbujas, con las que se adapta esa realidad a la lógica del relato, más que al caos ilógico y nunca lineal de la vida vivida. Por eso, en consecuencia, transformo los hechos en un relato y a quien menciono, y a mi mismo, en personajes de un pliegue de la realidad, sin por ello dejar de ser sincero.


lunes, 10 de junio de 2013

Ambryn

Ambryn ha sido la parte más complicada del viaje hasta ahora. Ha tenido cosas buenas, pero ha sido un pequeño fracaso. 
Mi plan original era subir a los dos volcanes (activos) de la isla en una caminata de dos días. Se supone que junio es una buena época para eso. Sin embargo, este año, la época seca, después de más de un mes, no termina de empezar y, en vez de cielos azules, tenemos nubes, lluvia y mucho viento.
Es una isla de arena, ceniza y roca volcánica totalmente cubierta por la selva tropical, que llega justo hasta el borde del agua. El viaje de dos horas en lancha desde la pista de aterrizaje de Craig's Cove hasta el poblado de Ranon, donde dormía, la costa es una sucesión de acantilados rocosos y playas, sin aparentes signos de presencia humana. En los pocos momentos en los que salía el sol, el mar se teñía de todos los azules. La mayor parte del tiempo, sin embargo, contra un cielo totalmente cubierto, azul lechoso y negro, el mar era entre negro y gris plomizo. 
Dormí dos noches en Ranon. La primera y la tercera. En una habitación muy sencilla, que me recordaba a la que usaba en la playa de Kavik en el sur de Haití. De todas las partes del mundo que he visitado, Vanuatu es la que mas me recuerda a Haití, a pesar de las diferencias. Por momentos, en vez de las pocas frases que he aprendido a decir en bislama, lo que me salen son las pocas que aún recuerdo de creol. 
Esa primera noche, cené con Salomón y su mujer, mis anfitriones, un plato combinado de arroz, acelgas, taro y yam condimentados con un poco de carne picada. Por la mañana, en el desayuno me ofrecieron café con leche instantáneo chino y galletas, que es su idea del desayuno de los turistas, además de los más tradicionales, y mejores, buñuelos de yam, banana frita y fruta (papaya y pomelo).
Poco después, junto con Sandy, mi guía, empezamos el ascenso. La noche anterior, el fuerte viento había despejado el cielo, pero sólo parcialmente. A los mil metros, se mantenía, con apariencia perenne, una corona de nubes espesas y oscuras, que cubrían los volcanes. Un poco antes de llegar a ella, después de dos horas de caminata, llegamos a la planicie de ceniza volcánica, antesala de los volcanes. Antes de poner pies en ella, Sandy me hizo lanzar al aire una especie de jabalina que cortó de un junco. Al día siguiente, Salomón me explicó que existe la creencia de que así se espanta el mal tiempo. No funcionó. Al poco de empezar a caminar por la ceniza, entramos en las nubes y ya ni vimos el sol, ni paró de llover. Tardamos otras dos horas en llegar a la caldera del volcán Marum. Pero la visibilidad era tan mala que no se veía nada. Pudimos oír el rumor de la lava, oler su azufre y sentirlo en el picor de nuestros ojos, pero nada más. El cráter estaba tapado por la espesa combinación de las nubes y el humo volcánico.
Ciertamente poco contento, caminamos otra hora al refugio, donde cenamos y nos fuimos a dormir temprano.
A la mañana siguiente, ante la persistencia de la niebla y la lluvia, decidimos volver al punto de partida sin intentar seguir ascendiendo. 
Mi tercera noche en Ambryn fue una repetición de la primera, con ciertas compensaciones: una puesta de sol esplendorosa sobre el Pacífico, un zorro volador (un tipo de murciélago frutícola), un dugong saliendo a respirar a la superficie, algunos peces voladores planeando sobre el mar, y un poco de papaya cocida en leche de coco acompañado al arroz, el taro, las acelgas y el yam. 
A la mañana siguiente, después de que apareciera el conductor de la lancha -Salomón y su mujer intentaron esconderme su azoramiento y la crisis insistiendo en que desayunara, frente a mi insistencia en salir-, el viaje de vuelta a Craig's Cove y Port-Vila no tuvo mayores sobresaltos ni, ya puestos, nada en especial.
Volví fastidiado. Es cierto que la excursión salió a medias por el mal tiempo ("el hombre dispone...") y no porque no me diera el cuero para seguir caminando, así que, aunque posiblemente nunca vuelva a tener la oportunidad de ir a Ambryn, al menos aún puedo seguir planeando otras caminatas. 
Estoy en Port-Vila hasta el martes, que vuelo a Samoa. Hoy, domingo, me he venido a la playa, más otra muestra de voluntarismo que otra cosa: hace demasiado viento y no hace tanto calor. Sin embargo, es un sitio precioso y la gente es muy amable y simpática.
Me ha traído en su mini bus, un taxista que fue campeón local de 150 metros vallas y compitió en campeonatos mundiales por todas partes, incluida Barcelona.
El chiringuito donde he comido está casi vacío, así que el camarero se ha sentado a la mesa al traerme la comida y dado charla durante un rato.
Evidentemente, la primera reacción que tengo al decir que de España vengo es una mención al Mundial. Para bien o para mal.  



domingo, 9 de junio de 2013

Santo

Por algún motivo, esta entrada no se publicó el martes pasado. Es anterior a "Kava". Vuelvo a intentarlo.

Esto es lo que he ido escribiendo desde el sábado que llegué a Vanuatu.

Primeras impresiones. 
Cruzamos las nubes en nuestro descenso. Donde antes sólo había océano, aparece un grupo de islas verde fluorescente. En la mayor, una meseta, veo turbinas eólicas en una montaña, tierras cultivadas, zonas forestadas, valles -más bien tajos en la tierra o, "ravinnes". Me ha recordado tanto a mi llegada a Puerto Príncipe: salvo porque es verde y no marrón. El aeropuerto es muy parecido a como era el de PAP en 1998.
Los carteles están en inglés y francés (esto fue el condominio franco-británico de las Nuevas Hébridas) o en bislama (el creol de raíz inglesa local). Leo TABÚ en algunos de ellos. Estoy en los Mares del Sur (en Melanesia).
Me recibe Joseph, que me ha ayudado con los complicados y fluidos vuelos internos, con una sonrisa y un collar de caracolillos blancos. Me acompaña a la terminal doméstica. Facturo para Santo. Falta una hora y media para que salga el vuelo. No hay nada más que hacer que hablar un poco, sentarse, esperar, aburrirse. Es aire es húmedo, pero no hace calor. Ha llovido. Corre algo de brisa. Estoy agotado de cansancio: ayer me costó mucho dormirme, a las 8.20 estaba de camino al aeropuerto, y el vuelo salió con 2 horas de retraso. Todo el mundo se mueve despacio, porque hay tiempo, habla y se ríe.

Primer día completo en (Espíritu) Santo, en la capital, Luganville, que es poco más que una calle principal asfaltada, de hecho la carretera que circunvala la isla. Esto me sigue recordando a Haití. Así sería Haití si ese pobre tercio de la Hispaniola no estuviera desforestado y superpoblado. También me recuerda a Cabo Verde, a San Luis en la isla de Mindao. La música, que oigo al pasear despacio, porque no hay prisa, por esa calle principal y las que se le conectan, podría pasar por afro-caribeña (puede que lo sea, que sea martiniquesa o "reunionera").
Hoy he vuelto a hacer submarinismo. Dos inmersiones en el naufragio del SS Predident Coolidge, un crucero de lujo de 200 metros de eslora requisado para transporte durante la II Guerra Mundial. Nunca había bajado tanto (43 metros; diría que sobrepasando el límite de mi certificación). Nunca había entrado en un naufragio: me ha producido cierta claustrofobia, aunque sin perder la calma, y, mucho más que eso, me ha maravillado. Me alegro mucho de haberlo hecho.
Me alegro mucho de estar aquí. Es un trópico más pobre que el de Koror (tendré que compararla, en su momento, Port-Vila), pero igual de amable. La gente se saluda -me saluda- al cruzarse. He comido en uno de los puestos del mercado, una carne guisada con verduras y arroz. Rico, sobre todo cuando le puse un poco de una salsa espesa de guindillas (chiles) y coco y tomate y zanahoria y quién sabe qué más (no me extrañaría que pescado o crustáceos secos, como en los acarajés bahianos).
La he pedido en la cena, pero no la tienen. Es el muy buen restaurante de un hotel mucho mejor que el mío. La cena me cuesta 10 veces más que la comida. Creo que mañana cenaré también por el mercado.
Me quedo en un hotel de los 70, que ha perdido toda su gloria y brillo, y que tiene la gran ventaja de estar casi vacío: no he tenido que soportar a otros turistas ruidosos, como los 16 australianos y norteamericanos que no pararon de hablar alto y beber, mientras cenaba, contándose, algunos con un falso acento pijo, y sin saber usar los cubiertos o cerrar la boca al masticar, lo que vieron en la inmersión de hoy y lo maravilloso que es el estilo de vida de estos isleños, que no sufren por tener demasiado o tener prisa, y otra serie de perogrulladas y lugares comunes pretendidamente profundos, que derivaron en contarse lo importante que son y algo que no llegué a entender del todo -los he soportado y oído, pero no escuchado- sobre llevar una vida sana, que me ha dejado perplejo: debemos de tener concepciones muy diferentes de qué es eso. Como la mayoría de submarinistas que me he cruzado por ahora en este viaje están gordos. El submarinismo es un deporte de gordos.

Lo de hoy, lunes 3 de junio, no sé cómo contarlo. Ha sido alucinante (impresionante, maravilloso, sorprendente, fantástico).
El plan del día era ir a la Cueva del Milenio. Por lo que tenía entendido se trataba de un par de horas de senderismo, seguidas de una media hora cruzando la Cueva, y otro par de horas de regreso. Fue y no fue así.
Primero, me llevaron en coche, por lo que queda de una pista de aterrizaje de la II Guerra Mundial y una carretera sin asfaltar a una aldea. Más o menos una hora. De la aldea, fuimos caminando a una segunda aldea y de, ahí, a la entrada de la cueva por un sendero de barro, no con pocas pendientes. Una hora y media. Antes de la última bajada, cambié las botas de senderismo, con barro hasta el tobillo, por los botines de surf (me habían dicho que había que cruzar un río y, luego nadar).
Al bajar a la entrada de la cueva, es cuando veo que no se trata de cruzar un río, sino que el río entra en la cueva y que no hay otro camino que seguirlo, con el agua a la cintura, salvo cuando nos encontrábamos con unos rápidos, que salvábamos usando pies y manos. Íbamos con linternas, para alumbrar donde poníamos los pies y, también, las paredes y techo de la cueva y las dos o tres cascadas que caían sobre el río. 
A la salida, nos esperaba el porteador, con mis botas y la comida. Paramos a comer a la orilla de una pequeña poza. Saqué fotos, pero creo que es imposible que se llegue a apreciar el lugar: rápidos a un lado y al otro, el comienzo de un cañón con paredes de 20 metros de alto y todo cubierto de vegetación. Además, aunque estamos en la época seca, está cubierto y llueve o llovizna como si fuera la época de lluvias. En las fotos el cielo sale blanco. In situ, había una tenue neblina, nubes atrapadas que precipitan lentamente, y realzaban, a mis ojos, el paisaje. Seguro que con sol es hermoso, en esta neblina, era mágico.
Después de comer, empezamos a seguir el río. Primero por la orilla, trepando por las rocas; luego, metidos dentro, dejando que la corriente nos llevara y nadando. En realidad, se intercalaron los tramos por las rocas de la orilla y los tramos por el agua. Cruzamos una docena de cascadas, cayendo desde las paredes verticales del cañón. No sé cuánto tiempo duró esta parte del camino. Fue mi favorita. Me sentí un explorador en un mundo virgen, por mucho que sabía que a excursión la hacen todos los días.
Salimos de agua y trepamos siguiendo un arroyo por una parece con algo de inclinación, hasta que llegamos a la segunda aldea. Paramos un rato para tomar un café (instantáneo) y comer algo de fruta.
El camino de vuelta fue primero andando, después en la furgoneta, que casi se queda en el barro un par de veces.
En la furgoneta, el conductor puso la radio. La música es afro-caribeña, como pensaba: regetón, merengue, meren-house, reggae. La mayoría cantando en español (en algunos casos, en un español malo y casi incomprensible). De vez en cuando, sonaban algo en inglés, como Beyoncé, y una "chanson" francesa. Vanuatu está lleno de sorpresas.




martes, 4 de junio de 2013

Adelanto

En el otro blog, cuento que viajando de Cairns a Brisbane me di cuenta que empecé el viaje con una idea equivocada. De hecho, con más de una.
No me di cuenta, para empezar, de que un viaje largo como este conviene no organizar demasiadas cosas por adelantado y, aunque he tenido cierta flexibilidad, podría haberme permitido organizar menos de antemano, no adelantarme y dejar más cancha a la inprovisación.
Por suerte, para los Mares del Sur, sólo organicé los vuelos antes de salir, y ni siquiera todos. A estas alturas, tengo una reserva de algún tipo para la primera o primeras noches de cada llegada.
Sin embargo, no me refiero a eso en el otro blog, al menos no tan claramente. A lo que me refiero es a que empecé el viaje, después de haber dejado Londres y antes de instalarme en Madrid, tal y como está escrito en alguna de las primera entradas, con la idea de que el viaje iba a permitirme encontrar una explicación clara, una razón global, algo que le diera sentido y me explicara, para empezar, los últimos 6 meses. Sin embargo, en ese viaje de Cairns a Brisbane, me di cuenta de que no iba a ser así, porque no hay ninguna razón global, explicación clara, sentido último. Sino que las cosas pasaron y las decisiones se fueron sucediendo y ya está. Las cosas pasan y decidimos y poco más, salvo asumir las consecuencias. Posiblemente, puedo mirar a los últimos meses, o incluso a los últimos años, y señalar momentos, sentimientos, el flujo y reflujo, pero no por ello darles más unidad que la del tiempo y mi mismedad. 
Se me ocurre que me he dado cuenta de que he dejado de necesitar darme esa explicación y simplemente asumo lo que pasó y lo que no pasó, lo hecho y dejado de lado, las oportunidades aprovechadas y las desperdiciadas.
Diría que hacer este viaje me está dando tranquilidad y paz. Dicho esto, me quedan, al escribir esto, 40 días de viaje. Más me vale no adelantarme y sacar conclusiones. 

Kava

La última noche en Luganville cené en un chino. El comercio local está dominado por inmigrantes chinos y hay varios restaurantes. Fue algo entre el restaurante bueno del hotel caro y el puesto en el mercado.
Antes, di una vuelta por Luganville. Me aventuré por las calles laterales. Me tomé medio vaso de kava, que no es un espumoso vallekano, sino la bebida tradicional de los hombres en el Pacífico Sur. Es el resultado de mezclar las raíces secas y molidas de un arbusto con agua, de color blanco y muy amarga (tanto que, tras cada trago, se acostumbra a aclararse la boca con un buche de agua, que se escupe). No tiene alcohol, pero coloca: adormece la boca y la garganta, me dio un cosquilleo agradable en la nariz, y me hizo sentir más relajado -aunque bien pudiera que eso fuera simplemente el cansancio.

viernes, 31 de mayo de 2013

31 de mayo

31 de mayo. Hoy es mi último día en Australia en este viaje. Esta noche duermo en Brisbane y mañana por la mañana vuelo a Port-Vila, la capital de Vanuatu.
Desde mi anterior entrada, hace casi dos semanas, han seguido pasando muchas cosas. Mejor dicho, he hecho muchas cosas. 
De Ayers Rock, el Centro Rojo del país, me fui a Cairns, al norte de Queensland, de vuelta a la Australia tropical. 
Cairns me gustó. Me hubiera gustado pasar más tiempo. No tiene el sabor fronterizo de Darwin. Es un lugar más asentado e, incluso, luminoso. Pasé unos días en los Parques Nacionales de Daintree y Cape Tribulation. Caminado, viendo como la jungla llega al mar, en playas protegidas por la primera línea de la Gran Barrera de Coral. También me dediqué a no hacer un poco nada. Me vino bien, porque lo siguiente fue darme una paliza de submarinismo en la Gran Barrera: 4 o 5 inmersiones diarias durante 4 días. Fue estupendo, vi tiburones y tortugas, bacalaos tan grandes como una persona, almejas gigantes, almejas púrpuras escondidas en los huecos más oscuros de las rocas que producen una descarga eléctrica al iluminarlas con una linterna.
Fue también agotador. Entre inmersión e inmersión, comía algo y dormía.
Esta última semana la he pasado en Surfers Paradise. El corazón de la Costa Dorada australiana, que tiene mucho de Benidorm y Miami. Con ese nombre y mi pasión por el surf, era imposible que no fuera. No hice mucho surf, el mar estaba muy revuelto y me agotó enseguida. Me he dedicado a descansar.
Curiosamente, Surfers tendría que haberme horrorizado, pero no ha sido así. Es temporada baja, así que había poca gente. El ritmo es pausado y todo está al alcance de la mano. He dado paseos por la playa (he dejado que me mojara la lluvia). Me he mantenido alejado de los parques de atracciones de sus alrededores (aunque ver el símbolo de Linterna Verde recortado en un cielo oscuro de noche y nubes poco antes de llegar a la ciudad me produjo alegría y ternura). Pero la razón de que, al final, Surfers me gustara y le haya encontrado cierto encanto es la gente que conocí y me sacó de paseo y a cenar y me contó historias rocambolescas y me hizo reír.
Es normal que hoy haga cierto balance de la parte australiana del viaje, y una de las mejores cosas ha sido, a nadie extrañará que lo diga, la gente que he vuelto a ver y la que he conocido. Los que son unos personajes, y tendrían que darme material, y los que espero volver a ver.
Tampoco extrañará a nadie que diga que la otra gran cosa del viaje ha sido descubrir el arte contemporáneo de raíz aborigen. Estas entradas son ya, por lo general, demasiado largas como para que vuelva sobre el tema. Creo que no hace falta.
Mañana comienza una aventura. No soy capaz de ponerle fecha, de fijar en el tiempo, el nacimiento de la atracción por los Mares del Sur, pero es antigua y he imaginado este viaje muchas veces. Intento ir con pocas expectativas, hacerme a la idea de que, como en Palau, también allí ha llegado El Progreso. Aún así, estoy que no quepo en mi de la excitación.
Cierro con un australiano: http://www.youtube.com/watch?v=b38GESDK9-4


domingo, 19 de mayo de 2013

Oasis

Ulurú y Kata Tjuta, Ayers Rock y las Olgas, son impresionantes. De la misma arenisca rojiza, marciana, peladas de vegetación, redondeadas, verticales. Sin embargo, son muy diferentes.
Ulurú, solitaria y verdaderamente vertical, como una catedral gótica (sin número de capas de sedimentos de un valle fluvial del Cámbrico, plegadas hasta casi 90º cuando emergieron a la superficie posteriormente). Es imponente. No es de extrañar que tenga un lugar central en la mitología (tan compleja, y con las mismas funciones religiosas y normativas, que la griega) de los aborígenes del centro de Australia. La "Metamorfosis" aborigen se transmite oralmente -desde hace miles de años- de forma que cada historia se relata en el lugar en que sucedió: las ondulaciones, cavernas, agujeros, marcas de Ulurú son los documentos de esas historias, que sólo se enseñan por completo a los iniciados.
Caminé alrededor de la roca una de las mañanas que pasé aquí, después de haber visto el amanecer. El día anterior, más más llegar, vi el atardecer sobre ella. No subí a la cima. Los "propietarios y custodios tradicionales", como ellos mismos se denominan, piden que no se haga: sólo pueden hacerlo, para marcar el inicio de determinadas ceremonias religiosas, los líderes del clan.
Al día siguiente, volví a ver amanecer (sigo levantándome al alba), pero desde Las Olgas, con el sol y Ulurú compartiendo el horizonte.
Las Olgas no son imponentes, son hermosas. Las hondonadas entre ellas forman especies de valles, que en esta época están verdes y frescos, y las mayores forman sabanas boscosas. Hay agua. Es un oasis.
Volví a caminar. Llegué tan temprano, que hice prácticamente solo el circuito de casi 8 kilómetros. Una maravilla. 
Me voy hoy. Vuelo a Cairns: un bosque tropical, la ciudad, la Gran Barrera. 





jueves, 16 de mayo de 2013

OK Corral

El cielo, totalmente despejado, es de un azul añil. Al sol casi hace calor, a la sombra la brisa casi da frío.
Me tomo un café, haciendo tiempo. Un hombre canta "country and western" a mi espalda, en una de las esquinas de la calle peatonal del centro. Algún café y restaurantes, tiendas de recursos y galerías de arte, tiendas de montañismo, oficinas de agencias gubernamentales para asuntos aborígenes.
En la calle, se cruzan los turistas con australianos aborígenes que parecen tener todo el tiempo del mundo. Los turistas son los únicos blancos con tiempo que perder.
Alice Springs es un Tombstone del siglo XXI. 

miércoles, 15 de mayo de 2013

Campamento 2

Escribo en el tren de Darwin a Alice Springs. Hemos salido a las 10 de la mañana del 15 (San Isidro) y llegamos mañana, a las 9.10. El viaje es más corto de lo que parece: hacemos una parada en el pueblo de Katherine, para que quien quiera vaya a ver las Gargantas del Río Karherine (no más espectaculares que los Cañones del Sil) y que es uno de los lugares que visité en mi excursión campista desde Darwin.
Llegué a Darwin el viernes pasado (10 de abril), pasé allí esa noche y, a la mañana siguiente, temprano -entre el surf y la acampada, llevo dos semanas levantándome al amanecer y acostándome a las 9. Con lo que me gusta trasnochar. 
Darwin es una ciudad pequeña y fronteriza. Moderna, pero con el aspecto provisional de los asentamientos de frontera y que pasan mucho años hasta que desaparece, si lo hace. Es el trópico, la humedad y temperatura lo hacen constantemente patente (hoy, a las 7 de la mañana, teníamos 25º), pero no es nada tropical. Para mi el trópico es sensual y musical, pero Darwin es práctica y rigurosa, algo salvaje: seria en el trabajo y un hooligan en el tiempo libre. Mi trópico es latino y Darwin, Australia de hecho, es fundamentalmente inglesa.
En Darwin, di una pequeña vuelta turística (el frente del mar, aunque el acceso a la playa está cerrado a causa de los cocodrilos de agua salada, y el edifico "neo-art-deco" de la asamblea del Territorio Norteño) y fui al museo y galería de arte local -sigo fascinado por el arte aborigen y, de ese modo, con los propios aborígenes, sobre todo aquellos que parecen capaces de navegar entre su herencia cultural y la modernidad: al oeste de Darwin está la Tierra de Arhem, prácticamente cerrada a los visitantes, donde viven según sus tradiciones, si así les place, y con una extensión mayor que la de Hungría y menor que la de Corea del Sur.
Por la noche, el viernes, me pasé por la discoteca gay de la ciudad. Estuve un rato, pero ni siquiera el show de drags me entretuvo demasiado: me fascinan las travestis, pero estas se tomaban demasiado en serio y, en vez de un par de temas y unas charlas con el público, intentaron montar una especie de musical que no era mejor que una función escolar. 
La discoteca estaba llena de chicas de toda orientación y de chicos con novia. Lo que estos hacían allí no me quedé a averiguarlo, a pesar de mi curiosidad postestructuralista. Podría haberlo hecho, y estoy seguro que hubiera tenido alguna buena sorpresa, pero madrugaba al día siguiente. La excursión por los Parque Nacionales empezaba a las 7: los 3 Parques cercanos a Darwin en 4 días.  
Por las noches, dormíamos en campamentos "permanentes", en camas en vez de sacos, pero por lo demás, estábamos de campamento. Más parecido a los veraniegos de mi primera adolescencia que al de surfistas de hace una semana.
Éramos 3 excursionistas, más la guía: una pareja de Kent, en los 50, y muy de clase media inglesa. No me cayeron mal, pero tampoco bien: estoy un poco saturado de los ingleses. Además, justo estoy leyendo "Niebla", en la que Unamuno dice que un matrimonio sin hijos -era el caso de estos- son una pareja de solterones, y la frase me venía a la cabeza casa vez que los veía. 
La guía era más interesante. Un personaje de frontera y fronterizo: casada tres veces, dura como un tío, con el pelo teñido de rosa y púrpura, y las uñas a juego, algo ególatra. Por momentos se hacía pesada, pero tampoco tanto. 
La verdad es que eran los tres soportables: espero que pensaran lo mismo de mi; y sino, pues ese problema han tenido.
Lo que menos me gustó de la excursión es que nos movimos mucho en coche, sobre todo los dos primeros días. Kakadu es inmenso -del tamaño de Eslovenia- y está todo lejos. Hubiese preferido una excursión que abarcase tal vez menos, pero hubiera tenido más caminatas. De hecho, hasta el último día, en el Parque de Litchfield, no caminamos demasiado.
Para complicar las cosas, me salió un orzuelo nada más empezar y me tuvo algo fastidiado (ya no me duele, aunque sigo con el párpado algo hinchado y rojizo).
Así que me ha gustado, porque terminó gustándome el paisaje de bosque árido, las zonas de tierra quemada (quemada adrede, con un fuego lento que lame, más que quemar, la hierba seca), las cataratas y saltos de agua, los arroyos y ríos, las lagunas, los espacios inmensos de vistas interminables, pero no vacíos, porque están llenos de historias de la compleja mitología aborigen y de los fracasos de los pioneros. Además, nos cruzamos con algunos animales (cocodrilos, ualabíes, dingos, jabalíes, burros y caballos salvajes, aves rapaces y carroñeras, pájaros cantores, lagartos y serpientes, insectos). Sin embargo, no ha sido mi parte favorita del viaje. Como digo, pasamos mucho tiempo conduciendo de un lado a otro. Creo que, además, como he hecho otros viajes parecidos, me pasé mucho tiempo comparándolos. Tal vez he viajado demasiado. 
El tren está bien. Me apetece el viaje. Viajo en segunda. Tengo mi propio camarote, con un sofá que se hace cama. El lavabo y la ducha están en los extremos del vagón. Ahora que lo pienso, no es muy diferente a los campamentos de los días anteriores. 




viernes, 10 de mayo de 2013

Surf

Ver la silueta del pilón izquierdo del Puente de Sídney me llenó de alegría. No fue o, mejor dicho, no sólo fue porque eso quería decir que estábamos a punto de llegar, después de 10 horas en el bus (550 kilómetros, no más de un par de centímetros en el mapa del país). No, me puse contento de llegar a Sídney. Será, pensé entonces, que la ciudad de verdad me gusta, en contra de la que pensaba. De hecho, al día siguiente, caminado y haciendo tiempo por Surry Hills, pude confirmarlo. Me gusta Sídney y viviría aquí si pudiera.
También lo siento ahora, que estoy en el aeropuerto, esperando (en alguna entrada de la anterior vida de este blog, escribí que yo estoy en el grupo de la gente que espera) a coger un avión a Darwin, en el centro-norte del país, de donde iré, de acampada, al Parque Nacional de Kakadu (el más grande del mundo, con casi 20.000 kilómetros cuadrados).
Los dos días que he pasado en Sídney, como esperaba, han sido de tránsito. Me he vuelto a quedar con mis amigos, que ayer me llevaron a cenar a la playa de Bondi. Perfecto para un surfero. 
Los últimos días en el campamento de surf fueron magníficos. Una verdadera gozada. Ya puedo decir que sé coger olas, que (casi) reconozco y distingo una derecha de una izquierda, y que llego a cogerlas en la dirección correcta. Me queda mucho: la técnica básica del surf es sencilla, se explica en 10 minutos, pero se complica a medida que aprendes. Me muero de ganas por seguir aprendiendo. 
Pocas veces creo haberme sentido tan cansado, pocas veces me han dolido tantos músculos tanto, y pocas veces me he sentido tan simplemente feliz como en estos últimos días.
En el bus, sobre todo cuando se hizo de noche y ya no pude distraerme con el paisaje (ríos, lagos, bosques, playas, algún pueblo, canguros, vacas), me puse melancólico, lo sigo estando un poco, porque me da tristeza irme de Sídney y no saber cuándo volveré, porque cada día que pasa es un día menos de viaje, aunque es un día vivido más, y también porque ya no estoy en el campamento. Terminé haciéndome a esa vida tan básica y sencilla, a los juegos de beber (versiones locales y escandinavas del "limón, medio limón"), a la comida, a los grupos y clases, a que lo único importante fuera el surf: ya tengo planeado más surf para finales de este mes de mayo y posiblemente también haga un poco más adelante, en Fiji o la Polinesia Francesa -y seguiré haciéndolo mientras el cuerpo (lo) aguante. Hang loose. 

jueves, 2 de mayo de 2013

Ola

Mi buen amigo el ex presidente del gobierno busca en la vida asentarse: su casa, su marido, sus hijos, su trabajo. Ha sido así desde que lo conocí en julio de 2001. Es uno de los rasgos de su carácter que siempre he admirado, junto con su tenacidad y capacidad de trabajo. Todo ello sin perjuicio de que, al final, lo que cuenta es que es uno de mis mejores amigos y lo quiero mucho.
Tengo la sensación de que lo admiro porque a mi me pasa al revés y siempre me ha costado entender ese objetivo de asentarse. Sé, no me ciegan mis preferencias hasta ese punto, que la mayoría busca eso mismo. Pero a mi me cuesta quedarme en un mismo sitio sin la perspectiva de irme. Lo que yo busco es ampliar mis horizontes, conocer nuevos paisajes geográficos y humanos, ver más, tocar más, ir más lejos. He llegado a la conclusión que es el bagaje de 4 generaciones de migrantes transatlánticos. Por eso me gusta mi trabajo, porque me permite precisamente cambiar de asiento cada cierto tiempo y, al tiempo, mantener mis lealtades.
Además, la sensación de provisionalidad me lleva a acumular pocas cosas e ir ligero: cada una de las 5 mudanzas que he hecho desde 1997 -las hubo antes- ha sido más pequeña que la anterior. Voy ligero de equipaje, porque lo que acumulo son recuerdos y personas y canciones.
Esa sensación de querer ir más allá y ver algo nuevo es una de mis preferidas, de esas que me hacen sentir vivo, y es la que tengo cuando miro un horizonte sin límite: la sabana del Serengueti, el Atlántico desde Table Mountain, el marrón espeso del Río de la Plata, la bruma de las Montañas Azules y el verde de la Chapada Diamantina, una serie de olas limpias y largas en un mar en calma, el amanecer en la playa de Kabik o desde la terraza de mi amigo davidje.
Este viaje es mucho sobre todo esto: ir más lejos y por más tiempo y acumular experiencias, recuerdos y personas.
Llevo unos días en el campamento de surf. He perdido la cuenta y tengo que hacer un esfuerzo para recordar que hoy es jueves y que llegué el lunes y me voy el miércoles que viene. Hoy ha sido el mejor día de surf de mi vida. Por ahora. Me duelen los brazos de remar y media docena de músculos de cintura para abajo, pero la felicidad que he sentido hoy y lo contento que estoy ahora no tienen precio. Esperando las olas, he terminado cantando: http://www.dailymotion.com/video/xx3ur8_fangoria-dramas-y-comedias_music. Porque así de feliz y positivo me sentía, y siento.
Además, después del primer susto, al llegar al campamento, ya me he hecho a sus incomodidades (compartir habitación, caminar 50 metros para ir al servicio, comer lo que hay a las horas que lo ponen) y a doblarle la edad a más de la mitad de mis compañeros surfistas. Incluso, he participado en alguno de sus juegos, de esos que, bajo una serie de reglas absurdas, esconden el objetivo de beber mucho y emborracharse. A tanto no he llegado, y me he terminado retirándome a tiempo.
Me quedan 5 días de surf, si hago bien la cuenta. Alguno será tan bueno como hoy, los otros, no tanto. Da igual, porque en todos ellos voy a poder mirar hacia el horizonte, mientras espero la siguiente ola.