Escribo para mi mismo. Porque he descubierto el placer de releer las entradas para recordar mejor lo que vi y sentí. Escribo para relatarme mi vida a mi mismo. Esto supone que, como si fuera un papel pintado mal encolado a la pared, lo que aquí relato se despega ocasionalmente de lo realmente vivido y forma burbujas, con las que se adapta esa realidad a la lógica del relato, más que al caos ilógico y nunca lineal de la vida vivida. Por eso, en consecuencia, transformo los hechos en un relato y a quien menciono, y a mi mismo, en personajes de un pliegue de la realidad, sin por ello dejar de ser sincero.


miércoles, 27 de mayo de 2009

Emilio


En la primavera de 1997, me sucedieron cosas fundamentales en mi vida, en especial dos: Después de intentarlo durante 3 años, conseguí entrar a trabajar en la institución en la que aún sigo (internado) y, dos, fui por primera vez a la peluquería de Emilio, a la que sigo yendo, 12 años después, cada vez que estoy en Madrid. Se ha convertido en una especie de chiste a mi costa que viajo a Madrid a cortarme el pelo. ¡Qué se rían; qué saben ellos! Emilio es el mejor peluquero que me he encontrado nunca.

Según me dijo uno de mis "peluqueros de emergencia", en Bruselas, los hombres tendemos a ser muy fieles a nuestros peluqueros, le demos o no importancia, sean tradicionales o modernísimos. Al menos en mi caso, es cierto. He tenido dos "peluqueros de cabecera".

Antes de Emilio, fue Mª Jesús, a la que me llevó mi madre, que era clienta, ante mi "desesperación" por no encontrar a nadie en Vigo que me hiciera un "corte moderno" -un "corte moderno circa 1985": pelo corto de punta y patillas afeitadas por encima de las orejas-. El flechazo fue mutuo y fulminante -como son los flechazos-. Durante casi 10 años, no dejé que nadie más me tocara la cabeza. Viajaba de Madrid a Vigo a cortarme el pelo. Hacia el 93, Mª Jesús se mudó a Fuengirola, donde vivía su hermano, y yo me quedé más perdido que un arenque en una convención de focas.

Creo que Mª Jesús y yo nos caíamos tan bien porque los dos estábamos a disgusto en Vigo -ella se había mudado siguiendo a un tío, que la terminó dejando, y no podía con el mal tiempo- y porque, según me decía a veces, yo le recordaba a su hermano. Durante todos esos años, me hizo los cortes de pelo que le dieron la gana. Salvo mechas y permanente, sobre lo que insistía mucho en los 80, le dejé raparme al 1, me convenció de llevar una media melena tipo "Bono", llevé la nuca rapada y flequillo por delante; llevé todas las modas capilares de la época, con ese toque "de Provincias" que hace que vayas siempre un poco desfasado y no cojas del todo el punto, aunque ella era una peluquera buenísima.

Volviendo al 97, que en mi recuerdo era una época más sencilla e inocente; como diría Jack "Just" McFarland: Madonna era relevante, Fangoria hacía buena música y nos divertíamos bailando a Mónica Naranjo (Mónica who?). La alegría de vivir que sentí esa primavera tenía el trasfondo del principio del "mari-boom", cuando empezaron a abrir "locales de día" (librerías, tiendas, cafeterías, restaurantes) en Chueca y los "locales de noche" abandonaban el timbre, en favor de cristaleras a la calle. Las cosas cambiaban y nos parecía que era, simplemente, la extensión de la confianza en nosotros mismos que sentíamos. Yo aún seguía con mi ligero activismo, era miembro del COGAM y usaba la tarjeta, que daba derecho a descuentos en tiendas y cosas por el estilo, en toda ocasión.

Así que, después de unos años sin peluquero, decidí que era el momento de volver a hacerme "un corte moderno". Busqué en la revista del COGAM las peluquerías que hacían descuento -no eran más de 4; que no todos los peluqueros son activistas- y elegí Xiquena. No sé por qué, no me acuerdo; quiero pensar que fue el destino, que también hizo que me atendiera Emilio y no su socio Fernando.

Emilio es un peluquero buenísimo y muy serio. Por algún motivo, cuando hablo de él, la gente se imagina una locaza parlanchina y un poco gritona. No sé por qué, porque no es para nada así. Habla poco, lo que yo agradezco, porque me entra sueño cuando me andan por la cabeza, y se concentra en lo que está haciendo. Habla poco, pero habla. Emilio está más que de vuelta de casi todo. Si ese día tiene ganas de hablar, te puede regalar un par de anécdotas del "Ku" de Ibiza o hacerte reír con sus comentarios sobre la gente (famosísima, pero que él no reconoce) que se cruza en su gimnasio o reírse de sí mismo y de nosotros ("esas lycras que llevan 10 años pasadas de moda").

Recuerdo el lunes después del Orgullo de 2001, cuando se produjo la explosión final y la manifestación -mira que soy antigua- del Orgullo Gay se transformó irremediablemente en la fiesta popular callejera por antonomasia de Madrid. Empezamos a hablar de cómo se había puesto el Centro -y recordar las primeras competiciones de lanzamiento de bolso y carrera con tacones-, hasta que, muy serio, me dijo: "soy homófobo, odio a los maricas". El jueves por la tarde, no había podido sacar a su perra a la calle, porque la puerta de su edificio estaba bloqueada por la cantidad de gente que había en la calle -la calle Pelayo, tan centro de Chueca como la plaza, donde lleva viviendo como 20 años-. Desde entonces, cada año, su madre se queda con la perra durante esa semana y él hace el chiste de su homofobia.

No le soy totalmente fiel -ni él a mi-, sobre todo porque en estos 12 años no he vivido siempre en Madrid. He tenido algún "peluquero de emergencia" bueno. En Puerto Príncipe, sólo había un peluquero que sabía "cortar nuestro pelo", como decían las señoras bien, queriendo decir "el pelo de los blancos", aunque ninguna de ellas lo fuera. No era mal peluquero, aunque lo mejor era que su peluquería era lo más parecido a un bar de ambiente en la ciudad: siempre estaba animado, con gente que se dejaba caer para tomar un café y charlar un rato -es decir, a ver si pillaban algo. Pero, siempre que viajo a Madrid, voy a que Emilio me corte el pelo.

Después de todos estos años, evidentemente, no sólo voy a su peluquería porque me haga unos cortes estupendos y me deje guapo -"se te queda cara de niño bueno", suele decirme; se lo dice a todas, he terminado por descubrir-, sino porque ir a Xiquena es parte de lo que, para mi, ha sido y es Madrid; como las calle regadas en verano.

martes, 19 de mayo de 2009

Batiburrilo

1. He ido a un concierto de la Orquesta Nacional de España, con un repertorio muy cañí: Falla, Turina, Rodrigo y, de rondó, Ravel (masacraron el "Bolero", en mi humilde opinión). Hasta ahí, todo dentro de lo previsible. Había mucho español en el público, pero también guiris locales y de otras partes. Tampoco nada en especial.

Menos esperable, al menos para mi, ha sido: que sonara un móvil dos veces -el mismo móvil, dos veces-; que aparecieran cámaras y teléfonos-cámara todo el rato, a pesar de que los ujieres repetían que no se podía sacar fotos y que alguna de esas cámaras hicieran ruido al sacar la foto; que una de las señoras justo detrás de mi canturreara prácticamente todo el concierto y que su amiga se dedicara a pasar muy lentamenta y con cuidado -de hacer ruido, imagino- las páginas del programa.

No hace mucho, Breckinridge publicó una entrada sobre este mismo tema -perdona, gonita, pero no la encuentro para poner el enlace- y sé que es un poco el signo de los tiempos. Sin embargo, no termino de entenderlo. No es una cuestión de que los conciertos se democraticen y "vaya todo de mundo", achacárselo a eso sería clasista y presupondría aceptar que, con dinero, la mona vestida de seda deja de ser mona. Creo que es más bien un síntima más de la infatilización de los adultos: la gente piensa -pensamos- que todo lo que hace está bien de por si y, sobre todo, que tiene -tenemos- derecho a hacerlo; nos hemos olvidado de que hay ciertas reglas de comportamiento y nos hemos olvidado de enseñárselas a la generación siguiente. Nos va a pasar como esas familias que dejan de cocinar y en las que, en media generación, sus miembros sólo comen pizzas y hamburguesas para llevar.

2. Mientras sonaba el "Concierto de Aranjuez" -que no por sobado deja de ser precioso-, se me ocurrió que, la próxima vez que alguien empiece una campaña para ponerle letra al himno -con lo bien que nos viene que no la tenga-, habría que defender que cambiásemos directamente la "Marcha Real" -por algo se empieza- e nos hiciéramos un "Niño Judío" y, como hace Ciralina Quijano en este video -sin tilde-, grabado en "Bellas Artes, Miami", gritásemos:



Con un par de arreglos, para darle más brío, la romanza quedaría estupenda y, así, podríamos cantarla cada vez que haya un partido de fútbol o en las Olimpiadas, que es para lo que sirve un himno.

domingo, 10 de mayo de 2009

Siria. 1 (escrito el 7 de mayo)





















He estado de vacaciones en Siria. Volví hace más de una semana, y escribo esto de camino a Venecia; no he encontrado el momento de escribir antes. He estado ocupado en el trabajo -y me niego a hacer horas extras; es decir, hago unas pocas-, he tenido poco acceso a Internet y, no voy a negarlo, por vagancia. Que quede claro que no ha sido porque no me haya gustado Siria, porque me ha gustado mucho; algunas cosas, muchísimo, aunque no vuelvo enamorado.

He querido ir a Siria durante muchos años. En mis primeros 20, me enamoré de la reina Zenobia, y Palmira, la capital de su reino, encontró su lugar en mi lista de deseos, junto a Pompeya, Tívoli, Atenas, o el Panteón

A finales de mi adolescencia, cuando mi karma me castigaba en la Aldea, mi interés tardo-infantil en la antigüedad clásica -tuve una maravillosa profesora de Historia en la EGB- se transformó en pasión. Un mundo pasado y perdido, aunque sus trazos pudieran seguirse en el presente, con dioses pasionalmente antropomórficos, donde el deseo sexual podía tener cualquier sexo. Además, otra profesora maravillosa, ya en BUP, me recomendó las “Memorias de Adriano”, de quien caí rendido. Evidentemente, me enamoré del Adriano literario de Yourcenar -se me llenaron los ojos de lágrimas al ver, abriendo la exposición del Museo Británico sobre Adriano, el manuscrito “final” del libro-, de la misma manera que me enamoré del busto de Antinóo de El Prado. Hubiese caído igualmente rendido entonces del Alejandro de Renault, pero tuve que esperar muchos años para descubrirlo, cuando mis enamoramientos y pasiones eran ya mucho menos inocentes.

Esa pasión, con los años, se fue ampliando. En parte, hacia atrás, sobre todo por la contundencia de los argumentos en “Atenas Negra”, a favor del reconocimiento de las raíces levantinas, egipcias, africanas (no arias, no septentrionales, no blancas) de la Grecia Clásica. En parte, y sobre todo, hacia adelante: las invasiones bárbaras, Bizancio, Venecia, Sicilia, la Edad Media. La Historia como un continuo, con muchas más conexiones e influencias recíprocas de las que solemos reconocer. En el proceso, descubrí la figura de Federico II Hohenstaufen, stupor mundi, que considero uno de los personajes históricos más fascinantes, desde su nacimiento público, en la plaza mayor de Jesi, hasta su derrota frente al Papado. El hombre más poderoso de un mundo, totalmente pasado, olvidado, barrido por el viento. La mejor biografía de Federico II es la de Georgina Masson, publicada en 1957 -hay alguna posterior, italiana, no tan buena.

Así, con el paso de los años, fue completando la lista de deseos: la Acrópolis, Pompeya, Paestum, los pasos de Adriano (el Panteón, que es el mejor edificio de todos los tiempos; el Arco de Constantino, que incluye unas escenas de caza de Adriano y Antinióo; la Villa Adriana en Tívoli), Venecia, Estambul/Constantinopla/Bizancio, Sicilia (antigua: Agrigento, Eraclea Minoa, Selinute, Siracusa; normanda: Palermo, Monreale, Cefalú; imposible: Noto), Apulia (Otranto, Castel del Monte), San Juan de Baños, el pre-románico asturiano, Palencia (el románico; la villa romana de La Olmeda lleva años cerrada). En el camino, he tenido algunas sorpresas, como Akritori, en Santorini, Pompeya antes de Pompeya, enterrada por la explosión de un volcán, en la época minoica.

Palmira es un elemento central de mi historia de amor con el Mundo Antiguo. Palmira es un oasis en el desierto sirio, puerto de paso de las caravanas, ya activa en el 2º Milenio antes de nuestra era. Pasó a formar parte de Roma en la época de Tiberio (14-37), pero su época de esplendor se inicia con la visita de Adriano, en 129, que la rebautiza como "Palmyra Hadriana". Palmira florece, ayudada por la derrota de los nabateos por Trajano, y se transforma en una ciudad riquísima, con barcos en el Adriático y el control de la Ruta de la Seda, sofisticada, poderosa y sincrética, abierta a las influencias de la Ruta de la Seda y de la Arabia Feliz, del Mediterráneo y de Roma. Nunca verdaderamente romanizados, los palmerienses jugaban a parecerlo. En gran medida, es eso lo que me fascina de Palmira: su originalidad y capacidad de absorción de las influencias, la existencia de una sociedad consciente de si misma, ávida de cosas nuevas y exóticas.

Una de las salas del Museo de Palmira está repleta de las esculturas funerarias (bustos) con los que los palmirenses tapaban los nichos de sus tumbas. Rodeado de todos esos retratos, que representan a individuos concretos del siglo II y III, es posible comprobar la complejidad de sus ropas, de sus joyas, la mezcla de la toga romana y los pantalones persas, su preocupación por las modas, por su imagen, su hedonismo y gusto por la vida. Rodeado de esos retratos, quiero creer que intuí el eco de sus conversaciones: hablaban de la llegadas de las caravanas, hablaban del romance clandestino descubierto por un marido celoso, hablaban de dinero, hablaban de sus pasiones, hablaban de política y de conquistas. Porque no sólo eran económicamente poderosos, sino que, durante el reinado de Zenobia (267-274), quien asumió el poder, en nombre de su hijo, a la muerte de su marido, Palmira llegó a dominar Siria, Palestina, Egipto y le plantó cara a Roma.

La reina Zenobia, que se reclamaba descendiente de Dido y de Cleopatra, aprovechó el vacío de poder durante la llamada "crisis del siglo III" (235-274), para extender el poder de Palmira. Si bien se hacía llamar "Reina del Este" y mantenía la ficción de la unidad del Imperio, a medida que se fue sintiendo más fuerte, fue mostrándose más independiente: comenzó a acuñar moneda y, su hijo, asumió el título de “augusto”. Gibbon dice que Zenobia "mezclaba las formas populares de los príncipes romanos, con la pompa de las cortes de Asia y exigía de sus súbditos la misma adoración que se debía a los sucesores de Ciro".

El final vino de la mano del emperador Aureliano (270-275), uno de los más grandes generales romanos, quien fue capaz de reunificar y pacificar el Imperio, y prepara el terreno para las reformas de Diocleciano (284-311). La superioridad tecnológica y de táctica de los romanos le dieron la victoria, en Immae y Emesa. Palmira fue asediada. La reina Zenobia, consciente de haber perdido su apuesta, aceptó rendir la ciudad, con lo que salvó su vida y evitó el saqueo de la ciudad. Llevada ante Aureliano, quien le pregunta cómo osó enfrentarse a los emperadores de Roma, Zenobia le responde que no se rebajó a considerar como emperadores a un tal Aureolus o Gallienus; solamente a ti te reconozcon como mi conquistador y soberano". Zenobia fue una de las principales atracciones del desfile triunfal de Aureliano -uno de los mayores de la historia del Imperio- y terminó sus días en una villa en Tívoli, dedicada a la filosofía y las artes.

Palmira no sobrevivió a la derrota. Poco después de que Aureliano y sus tropas hubieron desaparecido en el horizonte, los palmirenses se levantaron en armas y masacraron a los 600 legionarios de la guarnición romana. La reacción, la venganza, de Aureliano fue inmediata e implacable y la ciudad fue saqueada y destruída. Ese fue el fin de Palmira. Más tarde, en la época de Diocleciano, se transformó en una guarnición militar, y, ya después de la llegada del Islam a Siria, en un villorrio en un oasis en el desierto sirio. Eso sí, los beduinos acampaban en el inmenso patio del enorme Templo a Bel y sus cabras pastaban entre las columnas que flanquean la calle principal de la ciudad. Algunos terremotos, muchas tormentas de arena, y la ciudad fue olvidada hasta su redescubrimiento en el siglo XVII.

¿Qué queda ahora en Palmira? De la ciudad, queda lo suficiente del Templo a Bel como para sobrecoger, parte de la columnata de la calle central de la ciudad, el teatro, un Templo a Baal y algunos muros que permiten imaginar unos baños y otros edificios públicos, incluido un templo de la época de Diocleciano. De la necrópolis, quedan varias torres, aunque la mayoría está en ruinas, de hasta cuatro pisos y varias tumbas subterráneas, algunas muy completas. Muchas de las ruinas de Palmira, como en otras partes de Siria, han sido reconstruidas, recobrando su sitio los trozos caídos de las columna, las partes de un frontispicio, los sillares de los muros. No es algo que me guste especialmente, pero no se trata del horror -para nuestros refinados gustos del siglo XXI- de las reconstrucciones dieciochescas en Pompeya, y la impresión profunda que me causó estar allí, ver la extensión de las ruinas e imaginar la ciudad viva me hacen, en este caso, incluso lamentar que no se haya excavado y vuelto a levantar más.

Con Palmira, cierro la lista mental de mis primeros 20, he completado un ciclo, como subraya, al menos en mi cabeza, que escriba esto de camino a Venecia, que en su esplendor bizantino está en el otro extremo temporal de la Antigüedad Clásica. Me quedan cosas maravillosas por visitar: Rávena, Lipsius Magna, Las Médulas, la villa romana de La Olmeda -por seguir con el “continuo” greco-latino-, pero ya no será para cumplir una promesa del final de mi adolescencia, para satisfacer un deseo de participar de un pasado idealizado, que es lo que ha guiado mis pasos hasta ahora.

Siria. 2





















He estado de vacaciones en Siria. Volví hace ya casi dos semanas. Empecé a escribir una entrada sobre el viaje, pero me fui por otros derroteros y me terminó quedando una entrada larguísima y con dos partes. Así que la publico en dos partes, pero la segunda, que habla del viaje a Siria, antes que la primera, que empieza hablando de Palmira. Es decir, esta es la segunda.

Siria me ha gustado mucho, algunas cosas me han gustado muchísimo, pero no he vuelto enamorado.

Junto con Palmira, hay otras maravillas; Siria es un país de superlativos:
  • La fortaleza de Bosra, que esconde un gran y muy bien conservado teatro romano;
  • Shaba, fundada como Philipolis por el emperador Philipo el Árabe (siglo III), donde 6 mosaicos fabulosos -comparables a los mosaicos imperiales de Estambul- dan para un pequeño museo;
  • El pueblo de Maarat an Nuaman, con uno de los museos de mosaicos más fabulosos que he visto nunca: Una serie muy extensa de mosaicos pavimentales de iglesias del siglo V y VI, de una época aún de transición de los motivos paganos hacia los cristianos, coronados con tres escenas, bastante completas, de lo que cabe imaginar como un más completo ciclo de Heracles, del siglo III, y que son de los mejores mosaicos antiguos que he visto en mi vida;
  • Serjilla y Ali-Bara, las más extensas “ciudades muertas” al sur de Alepo;
  • Apamea (en la foto), que es el complemento perfecto a Palmira; queda el cardo -la calle principal, el eje norte-sur de todo asentamiento romano- larguísimo, flanqueado de columnas de granito. En origen seleucida, floreció en el siglo II, como una gran y próspera ciudad romana; no hay aquí sincretismo, sino pertenencia directa a Roma (SPQR), como prueba, para mi, la “ingeniérica” rectitud de esa calle, en comparación con la improvisación y quiebro de su equivalente palmeriense;
Los Museos Nacionales de Damasco y Alepo -con un 5% de sus fondos expuestos, el Museo Británico o el Louvre serían capaces de hacer más de una de sus “exposiciones-evento”, que llegan a ser visitadas por cientos de miles de turistas.

No es todo Antigüedad Clásica. Damasco y Alepo pueden ser fascinantes, sus barrios antiguos son tan exóticos y orientales ahora, como en el siglo XIX. Las dos son parecidas, pero muy distintas.

Me gustó más Alepo que Damasco, aunque recuerdo intensamente un paseo vespertino por el barrio cristiano de Damasco, después de un baño turco. Imagino que mi preferencia alepina se debe, en parte, a nuestro guía en la ciudad: Ahmed Modallal, un ingeniero agrónomo septuagenario, con quien paseamos por la ciudad, sus bolsillos repletos de anécdotas y caramelos, que comparte con alegría con todos. Alepo es como Barcelona, Milán o Amberes: una “segunda ciudad” orgullosa, comercial, opulenta, capaz de competir en igualdad -y superar, si se tercia- a la capital del país. Alepo tiene, junto con un bario viejo dominado por una fortaleza imponente y más presente que la de Damasco, un barrio nuevo, cristiano (griegos y armenios) de la época otomana, elegante y bullicioso, con casas volcadas a sus patios interiores -andalusíes, diría si fuera chovinista-, pero que asuman celosías a la calle.

En las dos ciudades hay un zoco, extenso y vivo, no sólo turístico, aunque todo se andará. Los zocos atestiguan el carácter industrioso, comercial y negociante de las ciudades, que vivan, por otro lado, bajo un régimen pseudo-socialista en lo económico -las dos ciudades son muchísimo más viejas que el régimen y, con seguridad, le sobrevivirán. Alrededor del zoco de Alepo, es posible encontrar fábricas de jabón, forjas de metales, talleres de artesanos agrupados por actividades, que aún existían en nuestras ciudades no hace tanto y que la lógica socio-económica de nuestras mentes condena a la extinción. Mientras los visitaba, se me ocurrió dudar que, cuando el progreso industrialice esas actividades, esos artesanos independientes vayan a salir ganando.

Fuera de las ciudades, en el camino de Palmira a Damasco, paramos a saludar a uno beduinos amigos de nuestro conductor. Desconfiamos, nos veíamos abocados a comprar baratijas, pero nos equivocamos. El cabeza de familia, que tenía 18 años, nos acogió en el “salón” de la tienda, nos ofreció té, yogur, mantequilla, pan y azúcar y no se nos pidió nada a cambio. Nos fuimos lamentando no llevar puesto un reloj para, en agradecimiento, regalárselo.

En este viaje, he vuelto a comprobar que el fútbol es verdaderamente el deporte universal -me dio la sensación de que los sirios son o madridistas o culés- y que el español más conocido internacionalmente sigue siendo Julio:



Hay cosas del viaje que me gustaron menos. Nos tocó visitar algunas ruinas (San Simeón) e iglesias (Seidnayya, Santa Tecla, San Ananias) por el sólo hecho de ser cristianos o, mejor dicho, por la presunción de que lo éramos y, por supuesto, de que nos interesaba ir. Me hizo gracia, eso sí, que nos llevaran con pías intenciones a la Iglesia de San Sergio y San Baco, construida en donde la tradición señala como el lugar de su martirio, en Maalula -donde se habla arameo, la lengua de Cristo, como insistentemente nos informaron. San Sergio y San Baco eran dos soldados romanos, que eran muy, pero que muy, amigos; tan amigos eran que hay documentadas ceremonias de bendición de amistades entre dos hombres, bajo la invocación de estos dos Santos, en la Iglesia Ortodoxa. Escribo “amigos” y “amistades” y no quiero decir otra cosa, no vayáis a pensar cosas raras, que no existen ni en la Iglesia, ni en Siria, ni en el Islam. Por las calles de Damasco y Alepo, puede ser que me cruzara con miradas intensas, ansiosas como los ojos de una fiera enjaulada, pero es sólo mi mente degenerada, inventando lo que no hay.

No volví enamorado, creo yo, por dos razones principales. Me resultó agobiante la presencia constante de la imagen de Bashir Al-Assad y de sus difuntos padre y hermano. El régimen es el que es, y eso ya lo sabía yo antes de ir, pero terminé teniendo la sensación de estar enjaulado. No se trata de sentirse inseguro -más bien lo contrario- o de sentirse vigilado, sino de sentir la presión que el régimen ejerce sobre la población. Me está bien empleado por saltarme mi regla de no visitar países en los que, si fuera local, estaría en la cárcel o muerto -lo hice por Palmira, todo tiene su precio.

También me resultó agobiante, he de reconocerlo, que todas las mujeres, salvo las cristianas y las turistas, anduvieran tapadas: todas el pelo y muchas, sobre todo en Alepo, completamente. Tal vez, yo sea un habitante de la Isla Mofobia, pero, al verlas, no podía dejar de pensar que no se trataba de una elección, sino de una imposición, debido a que se considera que su mera existencia tienta y distrae a los hombres, es decir a una culpa directa e ineludible de cada una de ellas. No digo más, aunque pensaba comentar que nuestro guía en Damasco me argumentó seriamente la razón por la que no creía en la Teoría de la Evolución: el Corán dice que Dios creó el Mundo y el Corán, todos sabemos, fue dictado, no inspirado.

Así que he vuelto fascinado y feliz de haber visto Palmira, muy contento de haber descubierto algunas otras maravillas, pero no enamorado. Mejor dicho, sí que he vuelto enamorado -y no sólo de M- sino que el viaje a Siria me ha hecho valorar más el que hicimos al Líbano, en junio de 2006. Beirut nos cautivó, porque es una ciudad abierta, cosmopolita, sofisticada, orgullosa, donde nos divertimos mucho, y porque, con todos sus problemas y muchos fallos, el Líbano es el mejor, aunque no el único, experimento de democracia y tolerancia en Oriente Próximo.

Cierro esta entrada en Venecia, una noche de luna llena, cuando la zafiedad del mundo moderno y los turistas -y compris moi- resbala de la superficie de los edificios, para hundirse en el agua de la Laguna.

sábado, 18 de abril de 2009

¿Quién es David Mancuso?

"Dance music is about forgetting and taking yourself out of the situaction you are in." Chris Lowe (2009).


















En el principio, fue David Mancuso.


El Día de San Valentín de 1970, David Mancuso organizó una fiesta para sus amigos -una panda de marginales, negros, hispanos, homosexulaes, travestis, drogadictos- en su loft -El Loft- en el SoHo de Nueva York. Ese primer "Love Saves the Day" fue el principio de todo. A diferencia de lo que pasaba en las boîtes y discothèques de la época, donde la música no era lo más importante y se alternaban los temas "movidos" y los "lentos", las fiestas en el Loft estaban concebidas como un viaje a través de la música. Los temas se encadenaban, aunque David Mancuso no mezcla, para alterar el estado de ánimo y, con suerte, de percepción -sí, "Love Saves the Day" puede leerse como un acróstico. Eran una especie de versión hedonista de las ceremonias de baile ritualizado, presentes en la mayoría de religiones; un aquelarre sin macho cabrío, una ceremonia vudú sin loas. Pero con un maestro de ceremonias oficiante (God is a DJ; life is a dancefloor).

Esas fiestas en el Loft son el punto de arranque de la música disco, de la música "house", de las discotecas y los clubes. En esas fiestas, por ejemplo, el maestro Larry Levan y el padrino Frankie Knucles echaban una mano inflando de helio los globos que cubrían el techo. Si alguna vez bailando, te has olvidado de quién eras; si alguna vez bailando, has entendido qué quieren decir las Sisters Sledge con "Lost In Music"; si alguna vez bailando, has comprendido que sólo existe el presente, entonces, algo le debes a David Mancuso. Sino, deberías intentarlo.

La génsis de la música disco la explica brillantemente Tim Lawrence en su libro "Love Saves The Day". Este extracto, del documental del mismo nombre, explica varias de las cosas que pasaban entonces:



A nadie escapa a esta altura, que tengo fascinación por los 70 y por la música disco, por lo que no es raro mi admiración por la figura de David Mancuso. De hecho, si tuviese una vida extra, la usaría para pasar un verano de la segunda mitad de los 70 en Nueva York. Digo bien "una vida extra", porque son pocos los que sobrevivieron a la explosión de vida, libertad y energía de entonces: la combinación del VIH y las drogas fue letal para muchos y, sociológicamente, a esa explosión le siguió la reacción de esos 80 tan limpios, rectos y conservadores, que trajeron sus propias combinaciones letales. Si tuviera una vida extra, la usaría para bailar en el Loft y en el Paradise Garage y para pasearme por Christopher Street. ¿He recomendado ya el documental "Gay Sex In The 70´s"?

Todo esto viene a cuento porque, hace un par de domingos, bailé mientras David Mancuso pinchaba. Era la segunda vez que lo hacía. Sincéramente, para mi fue una experiencia equiparable a ver a Liza Minelli cantar "The Troley Song" a dúo con su madre, en Nueva York en diciembre de 1999, o a Prince (4 veces), cantar lo que quiso, en Londres, en el verano de 2007.

Tim Lawrence organiza cada trimestre una sesión de David Mancuso en Londres, en la zona fronteriza de Shoreditch, un barrio moderno, alternativo y algo peligroso, aunque cada vez menos. Es un ejercicio algo manierista, de recreación -más que recuperación- del pasado. Los que vamos a esas sesiones tenemos poco que ver unos con otros, lo único que tenemos en común es que queremos bailar y dejarnos llevar por la música. Hay gente de la edad de David Mancuso, modernos de todas las épocas, colgados de los "veranos del amor" de los 80; hasy hasta niños, normalmente disfrazados, bailando como locos y jugando con los globos, que lentamente descienden desde el techo, al ir perdiendo helio.

A mi me sorprende que las sesiones de David Mancuso en Londres no sean más conocidas o no estén llenas de famosos o que las entradas no se agoten al momento de ponerse a la venta. Me sorprende que, en el fondo, sea un secreto, un secreto maravilloso, que compartimos los que allí estamos. Seguramente por eso nos sonreímos unos a otros en la pista de baile, mientras David Mancuso, con una facilidad pasmosa -talento- salta de época a época y de estilo a estilo -de Loleatta Holloway a Krafwerk a Prince a Moloko- y les da sentido.

Hubo un momento, ese segundo domingo que fui, en el que me vino a la cabeza -lost in music- la foto al principio de esta entrada. Esta foto hubiese sido perfecta para la entrada "Estoy Bailando", pero mi querido tío C la recuperó de una caja de zapatos después de que yo la escribiera. Hubiese sido perfecta porque el chico de la foto soy yo bailando -lost in music- en la fiesta que mis padres organizaron, en octubre de 1983, para mi 14 cumpleaños.

La foto me vino a la cabeza porque, por un segundo, mientras sonaba "Ten Percent" de "Double Exposure", sentí mi mismidad, que diría María Zambrano, el continuo con el que relato quién soy. Sentí que sigo siendo ese chico, aunque ya no lo soy; sentí lo que he vivido, ganado, perdido, cambiado. El sentimiento duró un instante, pero me hizo sentir muy feliz de estar del otro lado del tiempo que me separa de él. También me dieron ganas de abrazar al chico de la foto, de decirle que llegaría a completar el rompecabezas en el que se estaba transformando su vida, de darle algún consejo -"nunca te compres unos vaqueros nevados"- pero me conformé con sentir el rompecabezas completo, sonreír y seguir bailando.


martes, 14 de abril de 2009

Error

Comenté en la entrada del magnolio que me había comprado el último libro de James Lovelock, "The Vanishing Face of Gaia". Fue un error. Peor aún fue leerlo.

Desde hace tiempo, estoy entre los pesimistas del cambio climático -mi santo diría que no estoy entre ellos, sino que soy uno de ellos, en este tema y en la vida en general, pero eso es otra historia.

Desde hace tiempo, pienso que seguimos sin reaccionar y no hacemos lo suficiente para mitigar y prepararnos para el cambio climático, lo que exigiría un cambio profundo de nuestro estilo de vida y una evaluación seria del uso de los recursos del planeta. Creo que, tomados en conjunto, sólo reaccionamos cuando nos golpean con dureza. Por eso, hasta que el nivel del mar no haya subido lo suficiente como para engullirse una isla; hasta que una pandemia no se lleve por delante a un millón de personas; hasta que no queden atunes que pescar, no reaccionaremos. E incluso eso podría no ser suficiente: nos comimos todos los bacalaos de Terranova y nuestra reacción fue empezar a comer fletán. -y venderlo como bacalao. Nuestra voluntaria ignorancia y la negligencia gubernamental respecto de la pesca industrial son criminales (es recomendable el libro "The End Of The Line", aunque es deprimente).

James Lovelock es aún más pesimista que yo, es decir, es un fatalista. Su anterior libro ("The Revenge of Gaia"), muy similar en sus predicciones, terminaba con un "aún hay tiempo para salvarnos"; en este último, ya no hay esperanza. Según él, ya hemos pasado el punto de no retorno y nada podemos hacer ya para frenar el calentamiento, en unos 5º, de la tempertura media de la Tierra, lo que terminará con el mundo que conocemos, total e irremediablemente.

James Lovelock considera que la Tierra es un sistema, en el que la biosfera cumple funciones de regulación precisas, en conjunción con los océanos, las nubes, los bosques. Nuestro abuso y la insostenibilidad de nuestros modos de vida -de nuestros patrones de consumo y gasto- han roto el equilibrio y la Tierra reacciona, como nuestros cuerpos reaccionan a una infección o, más bien, en un cuadro autoinmune, con cambios, algunos bruscos, que le permitirán alcanzar un nuevo equilibrio, en el que sólo serán habitables, cree él, las zonas polares y adyacentes.

No me tomo al pie de la letra lo que dice este señor, quien, aunque muy reconocido, es un provocador y un excéntrico, suavemente chovinista y anti-europeísta -de una forma muy inglesa-, que defiende la energía nuclear como mejor fuente de energía y odia la energía eólica -posiblemente con razón-. No es el único que considera que es necesario un cambio social real y profundo para hacer frente al cambio climático. Su rasgo diferencial es su pesimismo. Pero es posible que se equivoque. Como me dijo hace muy poco alguien, es mejor fijarse en "esa otra mitad de la biblioteca, que dice que tendremos agua, aire y energía infinitas." Espero que sea así, aunque esa otra mitad parece contar con invenciones y tecnologías no desarrolladas aún.

Es muy humano pensar que vivimos el final de nuestro tiempo, e incluso el Final de Los Tiempos, por lo que es posible que James Lovelock exagere y que, finalmente, seamos capaces de ajustarnos a los cambios y conseguir que la Tierra sostenga la vida de más de 6 mil millones de personas y sus animales, cuya respiración emite más CO2 que la industria aérea.

Si James Lovelock tiene razón, en un par de décadas la población mundial se habrá reducido a 60 millones. No sería la primera crisis de población de la humanidad, los genetistas antropólogos hablan de al menos 6 grandes crisis en nuestro millón de años de existencia, con alguna época de solamente 2 mil individuos. No me preocupa tampoco estar entre los supervivientes. Todos tenemos el mismo futuro, antes o después.

Lo que me preocupa es lo que le pasaría a nuestra cultural. El conocimiento científico, tecnológico, histórico y filosófico que se perdería. ¿Se perderán las grabaciones del cancionero norteamericano que hizo Ella Fitzgerald y que son una de las obras cumbres de la cultura del siglo XX? ¿Se perderán "Carta De Una Desconocida" y "Surcos"? ¿Se perderá la capacidad de leer las partituras del Concierto de arpa y flauta K299 de Mozart o de "Scherza Infidia In Grembo Al Drudo" del Ariodante de Haendel? ¿Se perderá el Antonioo de El Prado?

Si yo tuviese alguna responsabilidad para ello, establecería alguna institución o red para la conservación de todo eso -y más. Sé que existen filmotecas, museos, fonotecas, bibliotecas, pero se trataría de, además, conservar el conocimiento y la capacidad técnica para poder reproducir y mantener las obras.

En "Hacia El Final del Tiempo", una de las novelas de John Updike menos queridas por la crítica, tal vez por ser casi una novela de ciencia ficción -y que a mi me gusta bastante-, el protagonista mira el cielo nocturno, otra vez claro y esplendoroso, por la desaparición de la contaminación lumínica, tras una guerra devastadora. En ese cielo, ve moverse lentamente la estación espacial internacional y se pregunta qué habrá sido de los astronautas. Con la guerra, se perdió la capacidad técnica de comunicarse con ellos y lanzar cohetes, por lo que se imagina que habrán muerto de inanición, mientras la estación sigue girando alrededor de la Tierra. Una nave espacial vacía. Lo mismo le podría pasar a nuestra cultura.

Reconozco que es decadente y finiseculista considerar aceptable que sólo unos pocos de nosotros sobrevivan, llevando una vida agrícola en Groenlandia, al calentamiento del planeta, y, sin embargo, pensar que sería imposible sobrevivir a la larga noche del invierno polar sin el Concierto número 1 de Chaikosky o "El Quijote". ¿Será que, además de un pesimista, soy un esnob y un pedante?

lunes, 30 de marzo de 2009

Adicto


Por la boca muere el pez, y el bloguer, por sus dedos.

En mi entrada "de vacaciones", escribí que cada vez me conectaba menos a Internet y que me echaba el pisto diciendo que estaba leyendo mucho más y haciendo más en la "vida real".

Algo así pasó durante unos días, tal vez un par de semanas, hasta que descubrí que podía acceder a Internet desde mi móvil. Ahora, no paro de hacerlo: consulto Facebook y mi correo en cualquier momento y en cualquier sitio. Lo bueno es que he respondido a esos mensajes que mantenía desde hace meses en la bandeja de entrada, a la espera del momento adecuado para contestarlos. Lo malo es que, ya más de una vez, los ojos clavados en la pantallita, le he hecho poco caso a una puesta de sol magnífica o a la sonrisa de un chico muy guapo (esto, bien mirado, no es tan malo).

Ante la primera sensación de aburrimiento, cojo el móvil. No hace mucho, mi amigo Jordi comentaba la aversión que tenemos ahora todos a aburrirnos, la necesidad constante de estímulos, a la pérdida de la capacidad de hacerlo y de cómo, no hace tanto, esas largas tardes de verano y vacaciones fueron el cimiento de, por ejemplo, nuestra afición a leer, a escribir, a escuchar música, a dar paseos por el campo, a ver pasar el tiempo. El problema de nuestra presente necesidad constante de estímulos y diversión es que termina siendo una adicción, que nos exige aumentar geométricamente la dosis. Además, hay un alto grado de papanatismo, infatilismo, ignorancia, estupidez -elegid lo que más os guste-, somos todos como niños en la parte trasera de un coche: "me aburro, ¿cuándo llegamos?"

En mi caso, actualmente, me he enganchado a la Internet móvil. Imagino que será pasajero. Nunca nos estamos quietas y nada es estable, como canta Mercedes Sosa: cambia, todo cambia, y que yo cambie no es extraño.



Eso sí, espero que esta nueva adicción no me dure mucho. Aunque el pequeño adicto que llevo dentro está siempre al acecho, tengo la suerte de que es un inconstante y, siguiendo el signo de los tiempos, se aburre rápidamente. Prefiere cambiar de adicción a aumentar la dosis. Me pasa constantemente con la música, me engancho a una canción o, con suerte a un album, y no paro -literalmente, no paro- de ponerla o ponerlo. No tiene que ser algo nuevo, aunque, ahora, esté en fase "Yes".




Pasé de los "Episodios Nacionales" a Internet en el móvil. Con un poco de suerte, dentro de poco no tendré tiempo más que para Twitter y, luego, volveré a cambiar.

sábado, 28 de marzo de 2009

¿E ti, rapáz, de quén es?

La respuesta a esa pregunta la aprendí hacia el final de mi adolescencia, en la segunda mitad de los 80, durante la serie interminable de fines de semana interminables que, en justa retribución kármica por mi participación en las campañas de Basilio II Bulgaróctonos -imagino- pasé en la Aldea. La Aldea era -y es- una casa entre pinares, a unos 20 kilómetros de Santiago de Compostela, en la zona de donde es la familia de mi abuelo materno. Es un lugar precioso y muy tranquilo: una versión del infierno, si tienes 17 años.

La respuesta a esa pregunta era -y es- que soy "neto de Ramón, dos de Concha do forno". Por supuesto, mis interlocutoras rara vez se conformaban con eso y, a esa pregunta introductoria, le seguían unas cuantas más. Tampoco yo, después de un tiempo en el que pensé que sí bastaba, terminé por sentirme satisfecho con esa respuesta para explicar quién era yo.

Es cierto que mi abuelo materno se llamaba Ramón y que su madre era Concha, conocida en la Aldea por tener una panadería, que ya no existe, y un molino, que sigue en pié, aunque en desuso. Pero también es cierto que Ramón se casó con María del Carmen, quien había nacido en La Habana y seguido a sus padres a Galicia, cuando tuvieron que "re-emigrar", en la primavera del 36. Igualmente cierto es que mi abuelo paterno, Valentín, nació en Oviedo y se escapó a Buenos Aires, en la primera década del siglo XX, donde conoció a Amelia, argentina de padres paimonteses.

Como escribí en alguna entrada anterior, últimamente le doy vueltas al tema de la identidad. Tal vez, porque este año cumplo 40 o, tal vez, porque nunca he dejado de darle vueltas al tema.

Hace mucho que nadie me pregunta de quién soy, pero siempre hay alguien que pregunta de dónde soy. Desde no hace mucho, digo que soy de Madrid, siguiendo el consejo de Almudena Grandes, para quien el único requisito para ser madrileño es estar en Madrid. De alguna manera, es una versión moderna de aquello tan castizo que dijo Cánovas del Castillo -o que Galdós le atribuye- durante el debate de la Constitución de 1876: "son españoles los que no puedan ser otra cosa".

Yo elegí ser español, como conté en la entrada sobre la visita de mi hermano y a propósito de mi acento, y elijo ser de Madrid, aunque ni haya nacido, ni viva allí en estos momentos. Pero lo hago, y aquí es donde entra a jugar el tema de la identidad, intentando incluir mis otras posibilidades, mi yo argentino, mi parte gallega y mi vocación de trotamundos, que ha tenido su casa en cada ciudad en la que ha vivido. Se trata, parafraseando a Walt Whitman, de ser lo suficientemente grande para que dentro de mi quepan muchos.

Me he pasado la vida construyéndome. De dónde soy es sólo una parte de ese esfuerzo, igual de grande que el necesario para decidir quién soy.

En la época en la que me hacían la pregunta del título tuve la desgracia -entonces, porque visto desde ahora fue un privilegio- de encontrarme sin referentes e incapaz de contestarme a la pregunta de quién era, aunque con una intuición muy fuerte de quién no era y el deseo "délico" ser yo mismo y conocerme. Hasta entonces, había sido, sobre todo, un niño bueno, que se pasaba el tiempo pretendiendo hacerle la vida agradable a los demás. Desde esa época, nunca en línea recta y no siempre avanzando, he intentado ser auténtica, lo que cuesta mucho, pero no hay que ser rácana, porque una es más autentica cuanto más se parece a lo que ha soñado de si misma.

miércoles, 25 de marzo de 2009

Magnolio

Algo estupendo de vivir en Londres -estupendo ¡y gratis!- es ver la llegada de la primavera, que es muy gradual, sobre todo en comparación a la explosión primaveral de la Península Ibérica. Ya me lo había dicho la Breckinridge.

Este año, en este marzo que casi mayea, después de dos primaveras y dos veranos revueltos, el principio de la primavera está siendo especialmente bonito, en estos días de retirada inexorable del inverno, cuando los cerezos están en flor y los magnolios abren sus flores, y aún no hace calor -¡ni mucho menos!-, pero el sol calienta.

En un par de meses, la ciudad estará cubierta por una nube de polen y la primavera me parecerá menos bonita y poética -el año pasado, por primera vez, me dio un ataque de alergia. Pero por ahora, me dedico a visitar la media docena de magnolios que tengo identificados cerca de casa.

El de la foto, que no es ni el más grande, ni el más bonito, está en un calle por la que paso casi a diario. Es de los primeros en abrir sus flores, sin duda porque recibe mucho sol. Al otro lado de la calle, en la otra acera, que es más sombría, hay otros dos más jóvenes, con unas flores intensamente púrpuras, que tardarán aún casi un mes en abrirse.

Hay otros fabulosos, como el de la Iglesia de San Jaime, en Piccadilly, que es uno de los más espectaculares, con una copa alta y muy llena de flores blanquísimas. O la hilera de 6, 3 a cada lado, en una perpendicular a High Street Kensington y cuyo semáforo le tiene manía a mi coche -pero, en esta época, casi le agradezco que me obligue a parar casi todas las mañanas.

Pasadas unas semanas, todas las flores estarán en el suelo y el magnolio perderá el protagonismo de la primavera, que ya estará avanzada. Este año, lo siento en los huesos, vamos a tener una primavera maravillosa y un verano fabuloso. Un año de respiro, en el que las estaciones reencuentran su ser.

Hacía tiempo que no me ilusionaba tanto algo tan simple como el paso de las estaciones y, en especial, el renacimiento de la primavera; y eso, a pesar de que, en el fondo, se trata del puro paso del tiempo, lineal e inexorable.

No me he vuelto un optimista y no estoy confundiendo el tiempo con el clima. Es más, soy aún más pesimista que antes. Hace poco, cometí el error de comprarme el último libro del Sr. Gaia, James Lovelock, que es muy deprimente. Pero eso lo dejo para otra entrada.

Mientas tanto, una vez más este año, tal vez porque es el año de mi cuadragésimo -cuarentavo, que diría Solana- cumpleaños, me dejo llevar por el momento.

lunes, 23 de marzo de 2009

Sillones

Eva Duarte, Evita, es un personaje fundamental entre los mesías derrotados de los argentinos. Ella es el Espíritu Santo -o la Virgen-, con Gardel como el Padre y Diego como el Hijo.

Por eso, es más importante el mito que la persona. Una buena manera de empezar a entenderlo es con el (apasionante) libro "Santa Evita", que cuenta la historia del cadáver de Eva, cuyo poder y mística supera la fuerza de la persona viva. Esto no quita que, escuchando grabaciones -esta, a partir del minuto 1.17- o viendo filmaciones de la época -esta, de su último discurso, seis meses antes de morir-, es posible darse cuenta de la fuerza de Eva, de su control de la masa, y al mismo tiempo, de su parentesco directo con esos caudillos latinoamericanos tan decimonónicos y tan actuales.

Durante mi infancia en Buenos Aires, Evita era parte del decorado, como lo es para cualquier argentino. Siempre presente, para bien o para mal, para adorarla u odiarla. Lo que se piense de ella dice mucho de la ideología, la clase social y las aspiraciones de la gente -incluso hoy, creo yo.

Sin embargo, no creo haber sido consciente de su existencia hasta que escuché cantar a Paloma San Basilio.

En algún momento de 1981, posiblemente hacia finales del verano, vinieron a visitarnos a Madrid, una de las tías de mi padre, Olga, y su marido, un vasco llamado José Luis. Dicho así, no parece que haya nada en especial, pero siguiendo la tradición de las dos ramas de mi familia, había un pequeño secreto: en realidad no estaban casados, porque José Luis tenía una mujer -y unos hijos- de los que vivía separado, pero como en Argentina no había ni separación, ni divorcio, que no fuera la nulidad eclesiástica, todos se hacían los locos y se hacía como si Olga y José Luis fueran canónicamente marido y mujer.

Dentro del programa de la visita de Olga y José Luis, mis padres los llevaron a ver "Evita", el musical con Paloma San Basilio y Patxi Andión. Rogué, pataleé, hice valer mis credenciales de niño bueno, pero no conseguí que me llevaran. Mis padres decidieron que no era algo para niños -tal vez, se me ocurre ahora, era demasiado caro o no les apetecía tenerme toda la noche colgado del brazo.

Creo recordar que mucho no les gustó. En especial, a Olga y José Luis, a quienes les pareció que se presentaban a Evita como una puta. No eran peronistas, más bien lo contrario, pero una cosa es denostar los mitos patrios y otra que lo hagan los de fuera. Todos somos muy celosos de nuestros amores e, incluso más, de nuestros odios.

Como premio de consolación por no haberme llevado, me trajeron la banda sonora original del musical, en un estuche con 2 casetes, que lamemtablemente extravié y perdí de vista en alguna mudanza, salvo que esté en el fondo de un armario en la casa de mi madre. Con el regalo, cometieron un error morrocotudo. A esas alturas, no entiendo cómo mis padres no contaron con mi facilidad engancharme a la música.

No sólo me pasaba el día con "Evita" puesto en mi radiocasete, no sólo me aprendí las letras de todas las canciones, sino que, además, obligaba a mis padres a escucharlas conmigo, para que me fueran explicando, una y otra vez, que me explicaran lo que se suponía que estaba pasando en el escenario. No sé si llegaron a arrepentirse de no haberme llevado.

Más adelante, Paloma San Basilio publicó "Juntos", con "La Hiedra" de cara B, que también estuve una época escuchando sin parar, pero eso es otra historia.

Volviendo a Evita. Hay dos frases que siempre me han fascinado. Una era coreada en las manifestaciones peronistas: "Perón, Evita, la Patria socialista". Yo siempre la he entendido como "Perón evita la patria socialista"; porque el peronismo era entonces un fascismo tardío, populista y con proclamas y un programa de "justicia social", para darle ese saborcillo revolucionario, común en los fascismos.

La otra frase es "volveré y seré millones". La frase no es de Eva, pero se le suele atribuir. De hecho, es del líder aymara Tupac Catarí, pero se le atribuye a ella, seguramente, porque así termina un poema penegírico dedicado a ella del poeta peronista José María Castiñeira de Dios -el culto a la personalidad, sobre todo de los muertos, es parte de cualquier fascismo ¿o no se hizo eso con José Antonio?

A mi me parece una frase fabulosa, rotunda, de un vencido que promete venganza y perfecta para un mesías derrotado, porque promete una segunda venida. A Gardel, lo derrotó un accidente de aviación. A Diego, el peso de su mito. A Eva, un cáncer de útero.

Como una parodia de la frase, en 1990, un grupo pop, Luis XV, publicó un disco titulado "Volveré y seré sillones", que es una frase que he utilizado desde entonces. Me sigue haciendo mucha gracia.

Es decir, todo esta vuelta es para demostrar que cumplo mi promesa: en la entrada anterior, prometí que volvería y que sería sillones. Se han terminado las vacaciones: compré un colutorio muy bueno y se acabó la halitosis.