Escribo para mi mismo. Porque he descubierto el placer de releer las entradas para recordar mejor lo que vi y sentí. Escribo para relatarme mi vida a mi mismo. Esto supone que, como si fuera un papel pintado mal encolado a la pared, lo que aquí relato se despega ocasionalmente de lo realmente vivido y forma burbujas, con las que se adapta esa realidad a la lógica del relato, más que al caos ilógico y nunca lineal de la vida vivida. Por eso, en consecuencia, transformo los hechos en un relato y a quien menciono, y a mi mismo, en personajes de un pliegue de la realidad, sin por ello dejar de ser sincero.


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sábado, 18 de abril de 2009

¿Quién es David Mancuso?

"Dance music is about forgetting and taking yourself out of the situaction you are in." Chris Lowe (2009).


















En el principio, fue David Mancuso.


El Día de San Valentín de 1970, David Mancuso organizó una fiesta para sus amigos -una panda de marginales, negros, hispanos, homosexulaes, travestis, drogadictos- en su loft -El Loft- en el SoHo de Nueva York. Ese primer "Love Saves the Day" fue el principio de todo. A diferencia de lo que pasaba en las boîtes y discothèques de la época, donde la música no era lo más importante y se alternaban los temas "movidos" y los "lentos", las fiestas en el Loft estaban concebidas como un viaje a través de la música. Los temas se encadenaban, aunque David Mancuso no mezcla, para alterar el estado de ánimo y, con suerte, de percepción -sí, "Love Saves the Day" puede leerse como un acróstico. Eran una especie de versión hedonista de las ceremonias de baile ritualizado, presentes en la mayoría de religiones; un aquelarre sin macho cabrío, una ceremonia vudú sin loas. Pero con un maestro de ceremonias oficiante (God is a DJ; life is a dancefloor).

Esas fiestas en el Loft son el punto de arranque de la música disco, de la música "house", de las discotecas y los clubes. En esas fiestas, por ejemplo, el maestro Larry Levan y el padrino Frankie Knucles echaban una mano inflando de helio los globos que cubrían el techo. Si alguna vez bailando, te has olvidado de quién eras; si alguna vez bailando, has entendido qué quieren decir las Sisters Sledge con "Lost In Music"; si alguna vez bailando, has comprendido que sólo existe el presente, entonces, algo le debes a David Mancuso. Sino, deberías intentarlo.

La génsis de la música disco la explica brillantemente Tim Lawrence en su libro "Love Saves The Day". Este extracto, del documental del mismo nombre, explica varias de las cosas que pasaban entonces:



A nadie escapa a esta altura, que tengo fascinación por los 70 y por la música disco, por lo que no es raro mi admiración por la figura de David Mancuso. De hecho, si tuviese una vida extra, la usaría para pasar un verano de la segunda mitad de los 70 en Nueva York. Digo bien "una vida extra", porque son pocos los que sobrevivieron a la explosión de vida, libertad y energía de entonces: la combinación del VIH y las drogas fue letal para muchos y, sociológicamente, a esa explosión le siguió la reacción de esos 80 tan limpios, rectos y conservadores, que trajeron sus propias combinaciones letales. Si tuviera una vida extra, la usaría para bailar en el Loft y en el Paradise Garage y para pasearme por Christopher Street. ¿He recomendado ya el documental "Gay Sex In The 70´s"?

Todo esto viene a cuento porque, hace un par de domingos, bailé mientras David Mancuso pinchaba. Era la segunda vez que lo hacía. Sincéramente, para mi fue una experiencia equiparable a ver a Liza Minelli cantar "The Troley Song" a dúo con su madre, en Nueva York en diciembre de 1999, o a Prince (4 veces), cantar lo que quiso, en Londres, en el verano de 2007.

Tim Lawrence organiza cada trimestre una sesión de David Mancuso en Londres, en la zona fronteriza de Shoreditch, un barrio moderno, alternativo y algo peligroso, aunque cada vez menos. Es un ejercicio algo manierista, de recreación -más que recuperación- del pasado. Los que vamos a esas sesiones tenemos poco que ver unos con otros, lo único que tenemos en común es que queremos bailar y dejarnos llevar por la música. Hay gente de la edad de David Mancuso, modernos de todas las épocas, colgados de los "veranos del amor" de los 80; hasy hasta niños, normalmente disfrazados, bailando como locos y jugando con los globos, que lentamente descienden desde el techo, al ir perdiendo helio.

A mi me sorprende que las sesiones de David Mancuso en Londres no sean más conocidas o no estén llenas de famosos o que las entradas no se agoten al momento de ponerse a la venta. Me sorprende que, en el fondo, sea un secreto, un secreto maravilloso, que compartimos los que allí estamos. Seguramente por eso nos sonreímos unos a otros en la pista de baile, mientras David Mancuso, con una facilidad pasmosa -talento- salta de época a época y de estilo a estilo -de Loleatta Holloway a Krafwerk a Prince a Moloko- y les da sentido.

Hubo un momento, ese segundo domingo que fui, en el que me vino a la cabeza -lost in music- la foto al principio de esta entrada. Esta foto hubiese sido perfecta para la entrada "Estoy Bailando", pero mi querido tío C la recuperó de una caja de zapatos después de que yo la escribiera. Hubiese sido perfecta porque el chico de la foto soy yo bailando -lost in music- en la fiesta que mis padres organizaron, en octubre de 1983, para mi 14 cumpleaños.

La foto me vino a la cabeza porque, por un segundo, mientras sonaba "Ten Percent" de "Double Exposure", sentí mi mismidad, que diría María Zambrano, el continuo con el que relato quién soy. Sentí que sigo siendo ese chico, aunque ya no lo soy; sentí lo que he vivido, ganado, perdido, cambiado. El sentimiento duró un instante, pero me hizo sentir muy feliz de estar del otro lado del tiempo que me separa de él. También me dieron ganas de abrazar al chico de la foto, de decirle que llegaría a completar el rompecabezas en el que se estaba transformando su vida, de darle algún consejo -"nunca te compres unos vaqueros nevados"- pero me conformé con sentir el rompecabezas completo, sonreír y seguir bailando.


sábado, 28 de marzo de 2009

¿E ti, rapáz, de quén es?

La respuesta a esa pregunta la aprendí hacia el final de mi adolescencia, en la segunda mitad de los 80, durante la serie interminable de fines de semana interminables que, en justa retribución kármica por mi participación en las campañas de Basilio II Bulgaróctonos -imagino- pasé en la Aldea. La Aldea era -y es- una casa entre pinares, a unos 20 kilómetros de Santiago de Compostela, en la zona de donde es la familia de mi abuelo materno. Es un lugar precioso y muy tranquilo: una versión del infierno, si tienes 17 años.

La respuesta a esa pregunta era -y es- que soy "neto de Ramón, dos de Concha do forno". Por supuesto, mis interlocutoras rara vez se conformaban con eso y, a esa pregunta introductoria, le seguían unas cuantas más. Tampoco yo, después de un tiempo en el que pensé que sí bastaba, terminé por sentirme satisfecho con esa respuesta para explicar quién era yo.

Es cierto que mi abuelo materno se llamaba Ramón y que su madre era Concha, conocida en la Aldea por tener una panadería, que ya no existe, y un molino, que sigue en pié, aunque en desuso. Pero también es cierto que Ramón se casó con María del Carmen, quien había nacido en La Habana y seguido a sus padres a Galicia, cuando tuvieron que "re-emigrar", en la primavera del 36. Igualmente cierto es que mi abuelo paterno, Valentín, nació en Oviedo y se escapó a Buenos Aires, en la primera década del siglo XX, donde conoció a Amelia, argentina de padres paimonteses.

Como escribí en alguna entrada anterior, últimamente le doy vueltas al tema de la identidad. Tal vez, porque este año cumplo 40 o, tal vez, porque nunca he dejado de darle vueltas al tema.

Hace mucho que nadie me pregunta de quién soy, pero siempre hay alguien que pregunta de dónde soy. Desde no hace mucho, digo que soy de Madrid, siguiendo el consejo de Almudena Grandes, para quien el único requisito para ser madrileño es estar en Madrid. De alguna manera, es una versión moderna de aquello tan castizo que dijo Cánovas del Castillo -o que Galdós le atribuye- durante el debate de la Constitución de 1876: "son españoles los que no puedan ser otra cosa".

Yo elegí ser español, como conté en la entrada sobre la visita de mi hermano y a propósito de mi acento, y elijo ser de Madrid, aunque ni haya nacido, ni viva allí en estos momentos. Pero lo hago, y aquí es donde entra a jugar el tema de la identidad, intentando incluir mis otras posibilidades, mi yo argentino, mi parte gallega y mi vocación de trotamundos, que ha tenido su casa en cada ciudad en la que ha vivido. Se trata, parafraseando a Walt Whitman, de ser lo suficientemente grande para que dentro de mi quepan muchos.

Me he pasado la vida construyéndome. De dónde soy es sólo una parte de ese esfuerzo, igual de grande que el necesario para decidir quién soy.

En la época en la que me hacían la pregunta del título tuve la desgracia -entonces, porque visto desde ahora fue un privilegio- de encontrarme sin referentes e incapaz de contestarme a la pregunta de quién era, aunque con una intuición muy fuerte de quién no era y el deseo "délico" ser yo mismo y conocerme. Hasta entonces, había sido, sobre todo, un niño bueno, que se pasaba el tiempo pretendiendo hacerle la vida agradable a los demás. Desde esa época, nunca en línea recta y no siempre avanzando, he intentado ser auténtica, lo que cuesta mucho, pero no hay que ser rácana, porque una es más autentica cuanto más se parece a lo que ha soñado de si misma.

lunes, 23 de marzo de 2009

Sillones

Eva Duarte, Evita, es un personaje fundamental entre los mesías derrotados de los argentinos. Ella es el Espíritu Santo -o la Virgen-, con Gardel como el Padre y Diego como el Hijo.

Por eso, es más importante el mito que la persona. Una buena manera de empezar a entenderlo es con el (apasionante) libro "Santa Evita", que cuenta la historia del cadáver de Eva, cuyo poder y mística supera la fuerza de la persona viva. Esto no quita que, escuchando grabaciones -esta, a partir del minuto 1.17- o viendo filmaciones de la época -esta, de su último discurso, seis meses antes de morir-, es posible darse cuenta de la fuerza de Eva, de su control de la masa, y al mismo tiempo, de su parentesco directo con esos caudillos latinoamericanos tan decimonónicos y tan actuales.

Durante mi infancia en Buenos Aires, Evita era parte del decorado, como lo es para cualquier argentino. Siempre presente, para bien o para mal, para adorarla u odiarla. Lo que se piense de ella dice mucho de la ideología, la clase social y las aspiraciones de la gente -incluso hoy, creo yo.

Sin embargo, no creo haber sido consciente de su existencia hasta que escuché cantar a Paloma San Basilio.

En algún momento de 1981, posiblemente hacia finales del verano, vinieron a visitarnos a Madrid, una de las tías de mi padre, Olga, y su marido, un vasco llamado José Luis. Dicho así, no parece que haya nada en especial, pero siguiendo la tradición de las dos ramas de mi familia, había un pequeño secreto: en realidad no estaban casados, porque José Luis tenía una mujer -y unos hijos- de los que vivía separado, pero como en Argentina no había ni separación, ni divorcio, que no fuera la nulidad eclesiástica, todos se hacían los locos y se hacía como si Olga y José Luis fueran canónicamente marido y mujer.

Dentro del programa de la visita de Olga y José Luis, mis padres los llevaron a ver "Evita", el musical con Paloma San Basilio y Patxi Andión. Rogué, pataleé, hice valer mis credenciales de niño bueno, pero no conseguí que me llevaran. Mis padres decidieron que no era algo para niños -tal vez, se me ocurre ahora, era demasiado caro o no les apetecía tenerme toda la noche colgado del brazo.

Creo recordar que mucho no les gustó. En especial, a Olga y José Luis, a quienes les pareció que se presentaban a Evita como una puta. No eran peronistas, más bien lo contrario, pero una cosa es denostar los mitos patrios y otra que lo hagan los de fuera. Todos somos muy celosos de nuestros amores e, incluso más, de nuestros odios.

Como premio de consolación por no haberme llevado, me trajeron la banda sonora original del musical, en un estuche con 2 casetes, que lamemtablemente extravié y perdí de vista en alguna mudanza, salvo que esté en el fondo de un armario en la casa de mi madre. Con el regalo, cometieron un error morrocotudo. A esas alturas, no entiendo cómo mis padres no contaron con mi facilidad engancharme a la música.

No sólo me pasaba el día con "Evita" puesto en mi radiocasete, no sólo me aprendí las letras de todas las canciones, sino que, además, obligaba a mis padres a escucharlas conmigo, para que me fueran explicando, una y otra vez, que me explicaran lo que se suponía que estaba pasando en el escenario. No sé si llegaron a arrepentirse de no haberme llevado.

Más adelante, Paloma San Basilio publicó "Juntos", con "La Hiedra" de cara B, que también estuve una época escuchando sin parar, pero eso es otra historia.

Volviendo a Evita. Hay dos frases que siempre me han fascinado. Una era coreada en las manifestaciones peronistas: "Perón, Evita, la Patria socialista". Yo siempre la he entendido como "Perón evita la patria socialista"; porque el peronismo era entonces un fascismo tardío, populista y con proclamas y un programa de "justicia social", para darle ese saborcillo revolucionario, común en los fascismos.

La otra frase es "volveré y seré millones". La frase no es de Eva, pero se le suele atribuir. De hecho, es del líder aymara Tupac Catarí, pero se le atribuye a ella, seguramente, porque así termina un poema penegírico dedicado a ella del poeta peronista José María Castiñeira de Dios -el culto a la personalidad, sobre todo de los muertos, es parte de cualquier fascismo ¿o no se hizo eso con José Antonio?

A mi me parece una frase fabulosa, rotunda, de un vencido que promete venganza y perfecta para un mesías derrotado, porque promete una segunda venida. A Gardel, lo derrotó un accidente de aviación. A Diego, el peso de su mito. A Eva, un cáncer de útero.

Como una parodia de la frase, en 1990, un grupo pop, Luis XV, publicó un disco titulado "Volveré y seré sillones", que es una frase que he utilizado desde entonces. Me sigue haciendo mucha gracia.

Es decir, todo esta vuelta es para demostrar que cumplo mi promesa: en la entrada anterior, prometí que volvería y que sería sillones. Se han terminado las vacaciones: compré un colutorio muy bueno y se acabó la halitosis.

martes, 16 de diciembre de 2008

Volver a Bruselas

Este pasado fin de semana, estuve en Bruselas, donde viví 5 años, del 2000 al 2005. Fueron esos unos años muy buenos, durante los que me divertí mucho, aprendí unas cuantas cosas, conocí a un puñado de mis mejores amigos y, una noche de febrero del 2003, empecé de nuevo, como bien lo sabía la ciudad, que amaneció totalmente cubierta de nieve al día siguiente.

Fue un finde estupendo, en el que "hacer", lo que se dice "hacer", hicimos muy poco. A parte de salir a tomar algo el viernes -a los sitios de siempre, incluida la casa de Mamá-, el sábado organizamos una fiesta, en la que, si bien no estaban todos, sí todos los que estaban eran de ese grupo de gente que echamos mucho de menos. Hablamos, bebimos, nos reímos y bailamos mucho -gracias a un gran pincha, capaz de mezclar clásicos de la italo-disco, con esa canción de las "Weather Grils" por la que hasta a los jugadores de rugby se vuelven locos.

El domingo, comimos -muy bien- en casa de unos amigos, que estuvieron, hace menos de un mes, en Argentina y Uruguay. Mirando sus fotos, me di cuenta de que me gusta volver a Bruselas, que volvería a vivir allí, que echo de menos sus mejores cosas y a mis amigos, pero que no siento nostalgia. Fueron 5 años fabulosos, que forman un periodo de contornos definidos, que viví intensamente, pero que recuerdo sin melancolía.

Me di cuenta de eso, porque viendo esas fotos sentí una pizca de la melancolía que me desborda cada vez que vuelvo a Buenos Aires -la ciudad por antonomasia para Volver (no descubro nada). Nostalgia de mi infancia -ese jardín perdido, al que le canta Fito Páez- y, lo que puede parecer extraño, de la vida que no he tenido.

Me considero, como ya he dicho alguna vez, un español de ultramar, lo que supone, entre otras extravagancias, tener un bagaje híbrido, que me hace emocionarme en un mismo grado con "Suspiros de España" y con "Adiós, Nonino" y que me permite reírme esperando la carroza o al borde de un ataque de nervios.

Nostalgia por las opciones no escogidas y por las posibilidades marchitas, intuición de lo que posiblemente he perdido. No por eso dejo de reconocer la gran suerte que he tenido y lo mucho que he ganado, pero todavía quiero todo -lo que me gusta pensar que es un rasgo adolescente-, por eso busco tener ya no sólo lo vivido y lo que me queda por vivir, sino, además, en una pirueta ucrónica -del corazón, más que de la cabeza- quiero tener los pasados, presentes y futuros que no han sido.

viernes, 21 de noviembre de 2008

20 de noviembre

El primer verano que pasamos en España, el del 80, vino a visitarnos mi abuela paterna durante 2 meses. No tengo muchos recuerdos concretos de ese verano, aunque sé que hice un viaje organizado con ella por Andalucía y que toda la familiar (mis dos hermanas, nuestra abuela, nuestros padres y yo) veraneamos en Vigo. Lo que sí recuerdo bien fue la parada que hicimos en el Valle de los Caídos a la vuelta de una excursión desde Madrid a El Escorial.

Mi abuela insistió mucho en ir. Mi padre cedió a su insistencia, aunque la visita a un símbolo fascista no le hacía ninguna gracia. Mi madre medió entre ellos, poniéndose de parte de su suegra, con la que siempre se llevó de maravilla, considerando más importante satisfacer los deseos de mi abuela, que atender a las objeciones de mi padre.

Las razones de mi padre era claras. Unos quince años antes, cuando repartía su tiempo entre la Facultad de Medicina y el contrabajo en los cabarets del Bajo, había militado en el Partido Comunista argentino. Felizmente, dicho sea de paso, antes de acabar la carrera lo expulsaron del Partido por heterodoxo y, poco después, un compañero de clase, que era en realidad un infiltrado de los servicios de inteligencia, destruyó su ficha de subversivo, con lo que, seguramente, le salvó la vida diez años después, en las primeras oleadas de desapariciones, tras el golpe del 76.

Además, mi padre tenía razones sentimentales para no querer ir al Valle de los Caídos. Su padre, que dejó España en 1908, con 14 años, escapando de la conscripción para la guerra en África, vivió con desesperación la Guerra Civil y la derrota de la República. En abril del 39, guardó en un cajón su pasaporte español, junto con sus ganas de volver a España, y prometió que no volvería hasta que volviera la República. Mientras tanto, aceptó que no tenía otra patria que la Argentina. Mi abuelo murió en 1974 y nunca volvió a Oviedo.

Curiosamente, mi abuela quería ir al Valle de los Caídos, precisamente, por la memoria de su marido.

Mi padre se quedó en la puerta de la Basílica; creo que mis hermanas y mi madre entraron. Yo entré con mi abuela. Sólo he estado allí esa vez y mis recuerdos no son claros. Creo recordar el contraste de luz y temperatura al entrar y dejar tras la puerta una tarde radiante y calurosa de julio en Madrid. También recuerdo el tamaño del espacio y, según nos contó alguien, esa parte sin consagrar y separada del resto por una valla metálica, que hace que la Basílica no sea más grande que San Pedro del Vaticano.

Pero lo que de verdad recuerdo es que mi abuela dejó para el final de la lápida de Franco. Nos acercamos, me hizo leer la inscripción. Cuando terminé, y sin previo aviso, levantó el pié derecho sobre el cordón de protección, y pisó la lápida, diciendo "Ahora te piso yo". Tras lo que se giró hacia mi y me dijo: "Tu abuelo no volvió nunca a España porque se murió antes que Franco, por eso lo piso ya ahora, en su nombre".

Entendí a medias lo que me estaba diciendo. En esa época, aún aprendiendo a vivir en España, no tenía una imagen clara de Franco y no sabía casi nada de la historia de mi abuelo, además me costaba casar lo que me decía mi abuela con el hecho de que mis otros abuelos viajaban regularmente a España, desde mediados de los 50.

Pero recuerdo con muchísima claridad su zapato derecho, negro y de medio tacón, sobre la lápida de Franco. Fue uno de los primeros momentos en los que fui consciente de que la realidad tenía pliegues, en los que se esconden otras realidades, y que solamente conocía una parte pequeña de la historia de mi familia. Además, empecé entonces a intuir que cuando mi padre hablaba de la Revolución de Octubre, la II República y la Guerra Civil, de Hipólito Yirigoyen, Perón y de la dictadura en la Argentina no me estaba dando una lección de historia, como yo pensaba, sino que me estaba hablando de si mismo y de mi.

miércoles, 5 de noviembre de 2008

Estoy bailando

A estas alturas, ya ha quedado claro que me encanta bailar, ¿no? El rescate emocional, como lo calificó un buen amigo, desencadenado al empezar a escribir este blog, me ha hecho darme cuenta de lo importante que la música es en mi vida y lo muchísimo que me gusta bailar, y eso que ni sé tocar un instrumento, ni he ido a clases de ballet o de baile, salvo un par de veces en un club deportivo gay.

He bailado mucho, desde siempre y en todas partes. Había pensado hacer una cronología de mi vida, que iría desde aquellos bailes "Mata-Hari" en el salón de mis abuelos, a esas mañanas suspendidas en el tiempo, en el "after" de algún "after", oscuro, pegajoso, sudoroso y muy divertido. Pero me parece que sería excesivo y, sobre todo, aburrido. Tendría que encadenar los años y las décadas para ir, desde unas sesiones de discoteca infantil en el YMCA de Buenos Aires a, por ejemplo, una gloriosa mañana de un sábado de verano en la terraza del "Space" de Ibiza. Nada de especial, por otro lado, que a las fiestas del colegio y los bailes en el salón de casa, le hayan seguido discotecas y clubes -sitios fabulosos, clubes legendarios y antros infames-, desde unas sesiones de tarde en "Pachá" a otras tardes, 20 años después, continuación de alguna noche en Londres, Madrid o en alguna fiesta blanca, negra o roja.

Hubo un paréntesis importante: los años de adolescencia que pasé en Vigo. En Vigo, como me dijo un compañero de clase al poco de llegar, "los tíos no bailan". Al menos, en esa época. De hecho, sí bailaban, pero muy tarde, hacia el final de la noche, cuando se justificaba por estar borracho. De pronto, me he acordado de "Tea And Sympathy", una película estupenda de Vicent Minnelli, con una Deborah Kerr maravillosa, pero, al mismo tiempo, una película espantosa de mediados de los 50, centrada en enseñar al protagonista, un chico de 17 años muy sensible llamado Tom Lee, a comportarse como un hombre. No hace falta explicar más, ¿no?

Perdón por la digresión, que, por otro lado, me ha estado bloqueando la continuación de esta entrada durante unos días. Mi intención era seguir hablando de lo mucho que me gusta bailar, exponer mi teoría sobre la continuidad de la música disco en el "house" -siguiendo la idea de Frankie Knuckles de que el "house es la venganza de la música disco"-, mencionar el fantástico libro "Love Saves The Day" de Tim Lawrence y terminar con algún momento sublime en una pista de baile, como bailar "Promised Land" una mañana de sábado en el "Space" de Ibiza, emocionarme hasta casi llorar bailando "That's The Way Love Is" o bailar en una sesión de David Mancuso.

Sin embargo, el recordar el paréntesis que se abrió al mudarme a Vigo me obliga a seguir por otro camino y dejar lo demás para una próxima entrada. Veamos, ese paréntesis es más largo de lo que quería recordar y abarca algunos años más, cuando ya había vuelto a vivir en Madrid, pero seguía sin bailar. No es que dejara de bailar totalmente, seguía haciéndolo en casa, con mis hermanas, en nuestra interpretación particular de los bailes de salón, al son de Frank Sinatra y Glenn Miller, o solo, como aquella primavera en Madrid, enganchado al "Never Gonna Give You Up". Pero fuera de casa, nada o casi nada. El mensaje de que "los tíos no bailan" caló hondo y tardé algún tiempo en rebelarme, ayudó bastante que en Madrid los tíos sí que bailaban, sobre todo en los sitios a los que empecé a ir: alguna vez a "Aire", aunque no lograba descifrar el código de los que revivían cada semana el último "verano del amor", y, bastante más seguido al "Alex" o el "Ras" -que es lo más-, aunque la motivación principal para ir a esos sitios era más ligar que bailar.

En definitiva, lo que ha pasado es que mi idea original para esta entrada me llevaba a construir e interpretar todos esos años bailando desde el presente, dejando de lado aquello que, por decirlo así, rompía la lógica del discurso; de esa manera, hacía como si no hubiese existido ni "Pachá", ni "Oh! Madrid", ni los bares de Malasaña, ni mi época (algo) "grunge". En definitiva, estaba siendo poco honesto conmigo mismo y recreando el pasado para que se ajustara al presente. Por eso, prefiero terminar esta entrada aquí, aunque no sin dejar de añadir el vídeo con el que, desde el primer momento, quería cerrar esta entrada.
Tenía dos canciones candidatas: "Bailar Hasta Morir", en la versión original de Tino Casal o en la versión de Fangoria+Madelman, y "Estoy Bailando", del que ya he hablado, pero no en la versión de las Hermanas Goggi o la (mediocre) versión de las Shimai, sino en la (fabulosa) versión de Nenita Danger y Caprichosi, porque me hace reír y porque, en mi próxima vida, yo quisiera ser una de Las Fellini.


martes, 21 de octubre de 2008

El blog secreto

En la primera entrada, mencioné que hacía un tiempo había tenido otro blog, pero que aquél era un blog secreto. No voy a recuperar esas entradas, aquel blog está muerto y enterrado. Un "blog secreto" no deja de ser un diario personal electrónico. Siguiendo la lógica de esconder un elefante en la jaula de elefantes del zoológico, un blog del que no hablas es prácticamente inencontrable; es más seguro que un diario de esos con candado.

Mi antiguo blog era una vía de desahogo, en un momento en el que viajaba mucho, vivía entre dos ciudades, me sentía un poco extraño en la ciudad que considero mía y no estaba muy claro ni mi futuro profesional, ni cómo sobreviviríamos mi chico y yo a la distancia. Todas esas incognitas se despejaron: conseguí el trabajo que quería, me mudé a otra ciudad, dejé de viajar y mi santo y yo volvemos a vivir juntos. Sin embargo, me he dado cuenta que este nuevo blog es también una vía de desahogo. Cuando respondes a las preguntas que te angustian y despejas las incógnitas que te inquietan, aparecen otras -y, cuando eso deja de pasar, es que te has muerto.

Breckenridge, que tiene un blog estupendo, ha escrito cosas buenísimas sobre mi, que no merezco, y sabe mucho, dice que los blogs se escriben, en primer lugar, para uno mismo. Tiene razón, claro. Este blog me está permitiendo recuperar recuerdos, sobre todo buenos, que tenía enterrados, y me da un taburete, en un "rincón del orador" virtual, para opinar y contar mi vida.

Los blogs reflejan la personalidad de su autor, aunque no necesariamente toda. Si yo escribiera esto con 10 años menos, estoy seguro que sería más entretenido, tal vez menos reflexivo y, seguramente, estaría vertebrado por la sucesión de conquistas, derrotas, amores y desamores, alrededor de las que -me gusta pensar- giraba mi vida de soltero. Sería parecido, aunque peor, que el diario que escribió -y terminó publicando como libro- mi amigo Jota Ele. Si ahora me pusiese a escribir sobre mi vida cotidiana, tendría que hacerlo sobre lo que puse ayer de cena -una pierna de cordero asada con pesto de menta, muy rica, por cierto-, los paseos otoñales por la playa, lo mucho que me duele el culo después de 4 horas de bici, lo que me aburro en el trabajo o sobre uno chulo del gimnasio que me miró un día.

Así que, en vez de eso -sobre lo que no descarto del todo terminar escribiendo-, me está saliendo algo bastante introspectivo, un poco melancólico y con un punto petardo. Me está sirviendo de terapia y, como ya he dicho, ayudando a recobrar la memoria. Además, espero que sea el canal para compartir algunas obsesiones y dar salida a un par de cosas sobre las que quería escribir desde hace tiempo (la primera es "Max", claro).

Estoy teniendo una semana rara. Tal vez por eso, esta vez me ha salido una entrada circular y casi una presentación. Lo cierto es que tengo en la cabeza un puñado de entradas que "necesito" publicar -esta es una- y, hasta que no despeje el atasco, queridas y pacientes lectores, va a ver alguna otra entrada como esta. Me daré prisa.

miércoles, 8 de octubre de 2008

I Am What I Am

Escribir la entrada anterior ha tenido un efecto que no esperaba: una explosión de recuerdos, asociados a canciones, de mi infancia y primera adolescencia, sobre todo de buenos recuerdos. Pensé dedicarle una entrada a los tres o cuatros más intensos, pero creo que eso sería demasiado -es decir, un coñazo. Prefiero intentar hacerlo en una única entrada. Son tres canciones: "It's A Heartache", "Endless Love" y "I Am What I Am" (en ningún momento he dicho, querida lector, que fueran canciones buenas).

La casa -realmente, un piso- de mis abuelos maternos siempre ha estado llena de gente, entrando y saliendo a todas horas, cada cual contando todo tipo de historias -divertidas, dramáticas, psicoanalíticas, médicas- alrededor de la mesa de la cocina (naranja), en la que, a cualquier hora del día, se comía y bebía. Es fácil imaginar que en mi niñez, la casa de mis abuelos era un lugar fascinante y entretenidísmo, una especie de circo de tres pistas, con barra libre de Coca-Cola.

Uno de mis juegos preferidos era ir al salón -madera oscura, con apliques circulares en cuero blanco, espejos ahumados- y ponerme a abrir los armarios y cajones. Así fue como cayó en mis manos la primera revista porno que abrí; así fue como descubrí "It's A Heartache" de Bonnie Tyler, que me tuvo obsesionado durante años. Hubo una época en la que, después de haber saludado, como el niño buen educado que era, salía corriendo al salón, abría el armario del equipo de música y, capaz de sentir que la felicidad estaba encerrada en un disco negro de vinilo, ponía la canción, una y otra vez. Y la bailaba. Y la cantaba, mal, porque siempre he desafinado, y porque no tenía ni papa de inglés, así que terminé por inventarme una letra, que empezaba repitiendo "Mata-Hari, Mata, Mata-Hari".




"Endless Love" representa el final de mi inocencia. No he visto la película, que es de 1981, aunque recuerdo el revuelo, y la canción llegó a mi vida más tarde, en el verano del 84. Durante un año, hasta el verano siguiente, esta canción estuvo siempre presente. Posiblemente no sonó muchas veces durante ese año, pero en mi memoria está indisolublemente unida a mi primer amor, que era quien la cantaba; a la primera vez que me rompieron el corazón, la misma chica, claro; al divorcio de mis padres, que fue agotador emocionalmente; mis primeros momentos de lucidez sobre mi homosexualidad y el nacimiento de mi hijo, ya algo más tarde, en el invierno del 86.

Solemos tener una visión melancólica, algo romántica y risueña, de la pérdida de la inocencia, que es como suelen reflejarla la Literatura y el Cine. Yo recuerdo ese año, del verano del 84 al verano del 85, como una convulsas emocionalmente, durante la cual mi vida cambiaba radical e irreversiblemente, más allá de mi control. Dejaba atrás una infancia que fue feliz, en la que estuve rodeado de una familia grande, bulliciosa y dramática -medio italiana, medio gallega- y en la que, si tenía ganas de poner un disco y bailar y cantar, podía hacerlo sin preocuparme por lo que pensarían los otros.




El año anterior a todos esos cambios, me lo pasé bailando. "Funky Town", "You Can't Stop The Music", "No Controles", "Karma Chamaleon", "La Noche No Es Para Mi" y "I Am What I Am". Imagino que primero escuché a Gloria Gaynor cantando "I Am What I Am"en la radio -se me escapa qué radio madrileña pondría, en 1983 esa canción; tal vez Radio Vinilo, que era la que yo más escuchaba. En todo caso, a principios del 84, me compré el LP "I Am Gloria Gaynor" para poder escuchar esa canción tanto como me pidiera el cuerpo, que era mucho.

Mi inglés había mejorado algo desde la época de "Mata-Hari", pero, aunque entendiera parte de la letra y fuera capaz de cantarla sin inventarmela demasiado, no era capaz de entenderla de verdad. No sabía que la canción era de un musical y que, en el escenario, la cantaba un señor muy afeminado, estrella de un espectáculo de transformismo, frente al rechazo del hijo que ha criado. No sabía que era una canción de reafirmación personal. No sabía que era una canción estandarte para muchos homosexuales, en los momentos más negros de la primera ola del VIH y el SIDA.

¡Ojalá lo hubiera sabido! Fue en esa época, cuando empecé a sentir que me gustaban los hombres; fue en esa época, cuando algún compañero de clase me llamaba "marica" y me dolía; fue en esa época, cuando empecé a esconderme. ¡Qué bien me hubiese venido entender entonces de verdad esa letra y decirle "hey, Mundo, Soy Lo Que Soy"! Al final lo hice, me costó algún tiempo, unas cuantas lágrimas y algunas noches sin dormir, engullido por una soledad cósmica, pero, al final, mal o mejor, lo hice.

martes, 7 de octubre de 2008

América, América

Llevo mucho tiempo pensando en escribir un blog. Es más, hace un par de años, tuve un blog "secreto". Le he dado muchísimas vueltas a la idea, sin llegar a decidir qué quería hacer y cómo hacerlo. Sobre todo, no encontraba la forma de empezar. Me conozco lo suficiente como para reconocer que "no encontrar" quiere decir "tener miedo". Me da miedo empezar, escribir un par de entradas y, luego, no saber cómo continuar o actualizar de Pascuas a Ramos. También me da miedo que nadie me lea o que este blog termine siendo un coñazo. Hoy, he decidido superar ese miedo.

En gran parte, se lo debo a mi amiga Breckenbridge , que lleva tiempo animándome a que escriba y que, sin saberlo, me dio la idea de cómo empezar con su entrada sobre Karina. El blog de Breckenbridge, por cierto, es lo más.

Mi primera entrada no es una lista de gustos y disgustos, ni una declaración de principios, ni El Manifiesto Comunista. Estas son cosas que vendrán a su tiempo. Me primera entrada es sobre mi primer disco.

Un diciembre de mediados de los 70, me regalaron mis dos discos sencillos. Uno era de villancicos cantados por niños, el otro era "América, América" de Nino Bravo. Desde el primer momento, la canción me volvió loco -sé que también la cara "B", pero ya no la recuerdo. Empecé a poner el disco sin parar, en el tocadiscos de mi cuarto, cantándola a todo pulmón, hasta el extremo de que mis padres decidieron "racionarme" el disco.

No voy a descubrir a estas alturas a Nino Bravo, esta entrada no se trata de eso. "América, América" fue mi primer disco de adulto -y durante bastantes años, el único-, compartiendo estantería con discos titulados "Ruidos y Ruiditos", "El Reino del Revés" o "Manuelita la Tortuga". Por eso le dedico esta primera entrada.

¿Quién me lo regaló? La hermana pequeña de Rosa, quien trabajaba en casa de interna. No recuerdo su nombre y, lamentablemente, hace años perdimos el contacto con Rosa. Mis padres habían acogido a su hermana pequeña en casa, después de que se encontrara en la calle por quedarse embarazada sin estar casada (en casa de mis padres siempre se habló de todo en frente de los niños, aunque, claro, eso no quiere decir que me fuera capaz de entender el asunto).

Después de un tiempo, decidió volverse a su pueblo a dar a luz. Antes de irse, nos hizo un regalo a mi hermana y a mi. Recuerdo que me encantó el regalo y, al mismo tiempo, que se me hizo un nudo en el estómago, pensado que la pobre chica se había gastado su dinero en mi. También sentí que la situación de esa chica era injusta.

Así que, esta entrada no es sólo sobre mi primer disco, es también sobre el momento en que me nació la conciencia.