Escribo para mi mismo. Porque he descubierto el placer de releer las entradas para recordar mejor lo que vi y sentí. Escribo para relatarme mi vida a mi mismo. Esto supone que, como si fuera un papel pintado mal encolado a la pared, lo que aquí relato se despega ocasionalmente de lo realmente vivido y forma burbujas, con las que se adapta esa realidad a la lógica del relato, más que al caos ilógico y nunca lineal de la vida vivida. Por eso, en consecuencia, transformo los hechos en un relato y a quien menciono, y a mi mismo, en personajes de un pliegue de la realidad, sin por ello dejar de ser sincero.


miércoles, 24 de abril de 2013

Reitero

No tendría que haber llamado a la entrada anterior "Aborigen" [blogger no publica todas las entradas en el orden en que las escribo: "Mochila" es anterior a "Aborigen"].
Ese tendría que ser el título de esta o, incluso de otra posterior. Hoy, de vuelta en Sidney después de las Montañas Azules, he ido a la Galería Nacional de Nueva Gales del Sur y al Museo de Arte Contemporáneo. Las dos exponen arte moderno y contemporáneo de raíz occidental junto con el de raíz autóctona. Ya no es arte aborigen desde una perspectiva etnográfica o antropológica o histórica, sino como arte contemporáneo y lo cierto es que, en ese diálogo o competencia (según quiera el curador), la fuerza reside en el aborigen. Al menos, para mis ojos.
El arte aborigen tiene la capacidad de ser abstracto y figurativo, de describir, a través de la sensación y la emoción, un paisaje o una historia de manera abstracta. Líneas que (re)crean la superficie ondulante del desierto rojo del centro del país; topos blancos y ocres, que son ese mismo desierto en flor; más líneas en blanco y negro, que muestran las olas del mar. O, por supuesto, nada de eso: simplemente líneas y topos, colores y texturas. Espirales que son la serpiente de fuego o sólo espirales. Troncos totémicos, estelas funerarias, que hablan del muerto, o son simplemente esculturas en madera, con pigmentos naturales y mucha paciencia.
El arte de raíz occidental australiano me ha llamado menos la atención. Con excepciones, como Russell Drysdale, Tim Johnson, Brian Blanchflower. Se me ocurre que la falta de referentes reconocibles para mi es lo que me atrae del arte aborigen, me resulta de verdad nuevo y fresco y no necesito bagaje para verlo (interpretarlo).
El resto del día turístico, lo he pasado dando vueltas y cruzando el Puente. Es impresionante. Sidney no es íntima como Melbourne, no hay callejas llenas de vida (callejas que sobrevivieron gracias al declive de Melbourne en las últimas décadas del siglo XIX, al terminar la fiebre del oro que desarrolló la ciudad en las décadas anteriores), sino grandes avenidas, calles amplias, edificios altos y altísimos, todo moderno. Sólo en las Rocas, en frente la ribera opuesta a la Ópera, se conserva algo del Sidney antiguo, y hay cafés, restaurantes, calles peatonales y tiendas de souvenirs: el barrio vive del turismo.
Puede que Sidney, fundada en una bahía magnífica, sobre la que se vuelca y marca su estilo de vida, decidiera competir con ella en grandeza y se llenara de construcciones emblemáticas e imponentes.
En muchas cosas, empezando por su geografía y la playa, me recuerda a Río. Le falta la sensualidad del trópico (el tiempo es muy bueno; en pleno otoño luce un sol espléndido en un cielo casi tan azul como el de Madrid, y tenemos de 22 a 25 grados). Sidney y Río serían perfectas, sin embargo, si miraran al oeste: en ninguna de las dos el sol se pone en el océano.
Esta noche, salgo. Mañana, en el aniversario de la batalla de Gallipoli, se conmemora el Día del ANZAC y es festivo. Toca quemar la ciudad.
Las obras más abajo son de Doreen Reid Makamarra, Yukultji Napangati, Elizabeth Nyumi, John Mawurdjul, George Tjingurrayi; y están expuestas en la Galería Nacional de Nueva Gales del Sur y el Museo de Arte Contemporáneo de Sidney.





















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