sábado 5 de diciembre de 2009
Amelia
Las tres eran guapas y habían conseguido buenos trabajos: Amelia era maestra; Olga, secretaria de un abogado, Elvira trabajaba en ENTEL, la compañía de teléfonos. Seguían las tres solteras, aunque no les faltaban pretendientes. Ya tenían edad de estar casadas, pero a Clelia, que veía a los hombres voltearse en la calle para verlas mejor, le gustaba que siguieran un poco más en casa. Las tres juntas, algún domingo en que se acompañaban al baile, eran capaces de parar los trolebuses. Elvira era la de rasgos más finos, a Clelia le recordaba a una de sus tías, que se había casado con un primo lejano rico y regresado con él a Piamonte. Olga tenía unas piernas largas, que terminaban en unas caderas anchas, muy del gusto de los hombres; para hacerla rabiar sus hermanas la llamaban Pototín, que ella terminó abreviando en Pin. A Amelia, la llamaban Tatona y nunca peleó demasiado su apodo; en el fondo le gustaba, estaba orgullosa de sus pechos.
Ese día de finales de septiembre, ya era del todo primavera, aunque la mañana era fresca. Amelia se puso un vestido ligero, ceñido a la cintura, que completó con un cardigan oscuro. Una vez en la escuela, se pondría por encima el guardapolvo. Estaba orgullosa, en eso se parecían mucho las tres, de su trabajo y de llevar un sueldo a casa, Su madre trabajaba todo el día en la casa, su hermano, el más pequeño de la familia, seguía sus estudios de contador a trancas y barrancas. Su padre trabajaba en un taller mecánico, cerca de casa, pero era más conocido a la vuelta de la esquina, en el "Bar Los Valientes".
Unos días antes a esa mañana de septiembre, en la reunión del sindicato de maestros, Amelia había conseguido que finalmente Valentín le propusiera tomar un café. Él había sido profesor suyo en la Escuela de Magisterio y a Amelia siempre le había gustado. No era el más guapo, pero sí muy inteligente, con aspecto de estar siempre abstraído en sus pensamientos. Le hacía gracia, además, que mantuviera ese acento español tan claro, aunque llevase ya 20 años en Buenos Aires. Ella estaba muy orgullosa de ser argentina, casi tanto como de ser porteña. Ese año, 1928, la Argentina seguía siendo uno de los países más ricos del mundo, moderno, avanzado, lleno de oportunidades y capaz de dar de comer a toda Europa.
Meses antes, al poco de haber comenzado ese curso, una compañera la había arrastrado a una reunión del sindicato. No sabía que Valentín fuera a estar allí. Cuando lo escuchó hablar en la reunión, le descubrió una pasión que no esperaba. Ese día, se dio cuenta de que le gustaba, que algo quedaba de ese enamoramiento adolescente de cuando fue su profesor en la Escuela de Magisterio, en el que se encerraba la posibilidad de un sentimiento profundo, más verdadero. Ese mismo primer día, se inscribió en el sindicato y empezó a asistir a todas las reuniones, para verlo a él, para que él se fijara en ella. Lo saludaba y trataba como a los demás, pero siempre alababa algo que hubiera dicho. Alguna vez, le pidió que le explicara alguna cosa que fingía no haber entendido. Un par de veces le llevó la contraria, sólo para que el volviera a encenderse con esa pasión que tanto le había sorprendido.
Él estaba ensimismado y preocupado por su trabajo y la lucha de los maestros, pero terminó proponiéndole un café, después de una de las reuniones. Ella no podía aceptarlo, pero fue capaz de transformar esa invitación en un "vení a buscarme el jueves que viene a la salida de la escuela". No era lo más apropiado, pero tampoco quería que lo vieran aún en casa.
Por eso se levantó temprano esa mañana, no quería llegar tarde y quería tener tiempo para arreglarse. Al final del día, cuando sus alumnos ya habían salido, se sacó el guardapolvo, se arregló frente al espejo del baño de profesores y se dirigió hacia la puerta del edificio. Caminaba despacio, al lado de una compañera que no paraba de hablar y a la que no era capaz de seguirle la conversación, estaba nerviosa y expectante. Cuando, en la entrada, vio a Valentín, perceptiblemente mejor vestido que de costumbre y unas flores en la mano, supo que lo tenía en el bolsillo. Pensó por un instante que, con tiempo y un poco de habilidad, hasta podría conseguir que le pidiera que se casaran. Sería la primera, se casaría antes que sus hermanas.
domingo 29 de noviembre de 2009
Radio Vinilo
Gente muy lista se dio cuenta enseguida de su potencia, como los Aerosmith ("Rock Your Way") o Blondie ("Rapture", que se supone fue el primer video con rap emitido por la MTV: blancos apropiándose de la producción cultural negra). Por no hablar de Vanilla Ice, "ice, baby" o Los Simpson.
miércoles 25 de noviembre de 2009
Ardillas
miércoles 11 de noviembre de 2009
Stanwyck
Hubo una época de mi vida, bastante larga -de los 15 a los 23-, en la que el cine fue mi mejor amigo y ocupaba mucho de mi tiempo. Iba mucho al cine, sobre todo solo. A cualquier hora. Muchas veces, como alternativa a salir de copas, para lo que hacía falta tener unos amigos que no tenía. El cine es la afición de los chicos solitarios.
Sin embargo, a diferencia de la música, que sigue tan presente como entonces, el cine ya no lo está con la misma intensidad. Dejé de ir al cine. En parte, porque pasé unos años de vida retirada -"ora et labora"-; en parte, porque hice amigos y, en paralelo, me iba encontrando conmigo mismo.
Ir al cine era puro escapismo; dejar de ser y vivir la realidad, e intercambiarlo por algo mucho mejor. Como se suele decir que era la función de los musicales Rogers-Astair y el "cine de teléfono blanco" del fascimo y la posguerra italianos. "La Rosa Purpura del Cairo".
No sólo iba mucho al cine, sino que terminé siendo un aprendiz de brujo. De los multicines de la Vaguada, pasé a los multicines de Mesón de los Heros y, de ahí, a mi fase definitiva, a la Filmoteca, justo en su época trashumante (Reina Sofía, Cine Infantas -hoy día el Dia de la calle Infantas-, la actual Sala Heineken, que yo no sé cómo se llamaba), antes de llegar al cine Doré.
Recuerdo perfectamente las dos películas que propiciaron mi conversión: "Undercurrent", un drama ejemplar de la mejor época del cine de estudio, sólo posible porque lo interpretan Katherine Hepburn, Robert Mitchum y Robert Taylor, y "The Lost Horizon" de Capra, su
película incomprendida, porque no responde al modelo de comedia de costumbres americana.
Vi muchísimos cine de los 30 y 40, y cine mudo y cine del final de los estudios, sobre todo cine norteamericano, pero también el cine europeo clásico y del clacisista de la "nouvelle vague".
Aprendí mucho de ese cine, que sigue siendo mi preferido. Por eso, cuando me tocó elegir un pseudónimo, elegí Stanwyck, por seguir la idea de mi admirada Breckenridge de usar un apellido "femenino" y por la escena final de "Stella Dallas", en la que Bárbara Stanwyck, feliz de poder haber visto, desde la calle, la (buena) boda de la hija a la que renunció, camina llorando y orgullosa bajo una lluvia torrencial. Me sigue emocionando hasta las lágrimas.
Es ese cine el que más me gusta ver, casi siempre en casa, aunque sigo haciendo mis escapadas a la Filmoteca de guardia ("Pandora" y "Cristina de Suecia", no hace mucho). Al cine voy poquísimo. A mi querido Breckenridge le gusta decir que la TV vive un época de oro, lo que es cierto. Creo que la razón de que la ficción en la TV sea tan buena o, mejor dicho, que haya tan buena ficción en la TV, es que se ha transformado en la forma de entretenimiento de los adultos. Cuando yo era pequeño, los niños veían la TV y los adultos iban al cine. Esos niños de la tele, cuando se hicieron adolescentes y empezaron a ir al cine, propiciaron un cambio de temas y estilos, establecieron nuevas pautas de consumo de cine, que empezó a parecerse a la TV que ellos miraban, en forma y fondo. El cine de la gran época de los estudios era un cine para adultos. Recuerdo ser pequeño y "vestirme para ir al cine", cuando me llevaba mi abuela, porque se trataba de un acontecimiento; ¡qué bien lo describe Allen en "Radio Days"!
Hoy, los adultos vemos la TV y nos gusta ver ficción en la TV, mientras los niños y adolescentes ven tele-realidad y pasan de la ficción -de hecho, yo creo que ven menos TV que antes, porque se han pasado a otras pantallas-, pero siguen yendo al cine.
Otra manifestación de ese cambio generacional y de patrones de consumo, a mi parecer, es que en nuestros días es posible para los actores pasar de la TV al cine e incluso intercalarlos. Antes, la TV era el refugio de los olvidados del cine (la propia Barbara Stanwyck en "The Big Valley", que no sé si se llegó a emitir en España; en la Argentina, sí y era una de mis series favoritas, por encima de "Bonanza"). Claro que se siguen haciendo películas para adultos, pero son las
menos, las que menos dinero dan. Dan premios, pero poco dinero.
Me he ido por los Cerros de Úbeda, con mi sociología de alpargatas, pero he explicado el por qué de Stanwyck y he declarado mi amor nostálgico por el cine, que era lo que quería contar en esta
entrada. No creo que, como pensaba al empezar a escribir este blog intermitente, vaya a escribir del cine clásico, explicando por qué hay que ver, o por qué vi, "The Crowd", "Sunrise", "La Nuit
Américaine", "Surcos", "Imitación a la Vida" o "Qué el Cielo la Juzgue". Podría, al hacerlo, contar una anécdota, un sentimiento de esa época, pero tampoco conviene agitar demasiado algunos recuerdos agridulces.
domingo 1 de noviembre de 2009
Batiburrillo
Estaba sentado frente a un grupo de turistas madrileños, discutiendo qué iban a hacer en Londres estos días (fotos a la comida en Harrods' incluidas). Eran seis, cuatro chicas y dos chicos maricas. En vez de una "gorda líder", en ese grupo había tres (las dos chicas ni gordas, ni delgadas del grupo y uno de los chicos). Cuando empecé a prestarles atención, ya habían organizado todo, todo, todo lo que iban a hacer en Londres, aunque se podían entrever los puntos de fricción (una de las chicas no quiere ir a los museos de "Chelsea", decía). Nunca se me había ocurrido pensar qué pasa cuando dos gordas líderes se encuentran en el mismo grupo. Imagino que, primero, se huelen, se reconocen; luego, colaboran, mangoneando al resto, siempre en la vanguardia, mientras se evalúan; y al final, el desenlace, la lucha dramática por la preponderancia. Estos chicos eran unos turistas del montón, pero me encantaría coincidir con ellos en un Prêt-à-Manger hacia el final de su viaje y ver cómo ha evolucionado el grupo.
El concepto de "gorda líder" no es mío, lo tomo prestado de Grog-Er, quien lo propuso hace unos
años, en el celebrado ciclo de conferencias "Planta 11, Planta 14".
9. Nunca he sido capaz de seguir la política nacional al detalle. Hay demasiado ruido, los ciclos superficiales son demasiado cortos (una semana eterna, parafraseando a Churchill) y suelen tener poco que ver con los problemas reales, con el trabajo que los políticos tendrían que estar haciendo. Hay mucha más preocupación por los procesos (la discusión entre políticos, sus ataques e insultos) que por los contenidos. Viviendo en el extranjero es más fácil desentenderse de la política nacional, lo que es una ventaja.
Dicho esto, que nadie piense que me desentiendo del todo. Cada vez que paso por España, echo un vistazo a ver cómo está el patio. Esta ultima pasada, que ha durado 18 horas, me ha bastado para hacerme pensar que, como consecuencia de la actual crisis económica -el fin del ciclo crediticio expansivo-, la sensación que da la política española, con la acumulación de casos de corrupción destapados, es de descomposición y desconcierto. Ya no quedan enanos por crecer en ninguno de los circos que son los partidos políticos -qué estructuras de poder tan horribles- y aumentan las deserciones y criticas. En el último -creo- "Vanity Fair" (España), le hacen una entevista a Carlos Solchaga -por qué Solchaga, por qué ahora-, en la que se muestra profundamente critico del Gobierno y de la situación económica, aunque sosegadamente y complaciente con el pasado, no anti-sistema. Inciso: ese mismo número incluye un reportaje sobre Tiffany's que se abre con dos fotos publicitarias de los 70 de Liza y Sofía Loren impresionantes y actualísimas. Real Stardust.
En el Reino Unido, hay una sensación de descomposición y desconcierto parecida. Aquí tiene más sentido, es más fácil de explicar -y todos necesitamos explicarnos la realidad y el presente-, ya que, a una situación económica no especialmente mejor que en España, se une el aparente final del ciclo político laborista, después de 12 años, y con unas elecciones generales dentro de unos meses. Pero en España, el ciclo está mediado, no terminado -la idea de que los políticos españoles se sigan arrastrando así hasta marzo del 2012 da miedo y asco-, así que las razones serán otras. ¿La mediocreidad, la cortedad de miras, el egoísmo, la avaricia? De los políticos.
10. Todas esas noticias politico-corruptas y económico-torpes no dejan ver en su importancia la noticia más terrible de lo que está pasando en España. Hay cosas peores, pero son "realidades" y no cosas que pasan, "noticias".
Lamentablemente, no me sorprende que ni las primeras páginas no muestren a diario, ni los noticieros no se abran todos los días con el incendio del subsuelo de las Tablas de Daimiel. Es espeluznante y muestra nuestra indiferencia e inutilidad a la hora de frenar la destrucción constante del planeta. Qué vayan todos a Copenhague, qué la gente siga confundiendo el tiempo con el clima -y pensando que veranos más largos e inviernos menos fríos es lo que nos espera-, mientras se queman las Tablas de Daimiel, que tendrían que estar inundadas de agua (lo están de fuego en vez de agua).
Se sofocarán los incendios en algún momento, la destrucción no será total, se dirá que hay un plan de recuperación -que no es posible- y que se gestionará mejor el acuífero 19 -que se usa para regar cereales en el secano manchego-, y con todo eso, pensaremos que no ha sido para tanto y que todo se puede arreglar. Es mentira. No se puede arreglar. Simplemente no reaccionamos, no nos damos cuenta, estamos demasiado ocupados con otras cosas. ¿Reaccionaremos alguna vez?
sábado 10 de octubre de 2009
La fiesta
Eso es lo que le escribí a mi hermana pequeña, que no pudo venir a la fiesta y me hizo prometerle que no lo pasaríamos demasiado bien. Dicho esto, lo cierto es que fue un fiestón, una fiesta fantástica, fantástica, que diría Raffaella.
No miento cuando digo que se acabó la bebida. Hubo que salir dos veces a comprar gaseosas y, haciendo un recuento, al final nos bebimos cincuenta botellas de champán, tres de vodka, dos de ginebra, una de güisqui y otra de ron y veinticuatro latas de cerveza. Éramos unos ochenta; faltó gente, incluso algunos cancelaron al último momento, y aparecieron unos cuantos "amigos de amigos", no previstos en principio, que aportaron su nota de color.
Mi selección musical funcionó a medias, pero funcionó. Mi casa no tiene el equipo de sonido de un bar y, después de la tarta, la gente empezó a mangonear la música, hasta que terminaron enchufando sus iPods. Curiosamente, no me importó nada. Porque cuando pasó eso, la fiesta ya había tomado vida propia y era un caos divertidísimo, en el que todo el mundo hablaba con todo el mundo. Ese caos propició que algunos ligaran, mi amigo el ex-Presidente del Gobierno dice que, por momentos, era como una sauna, con ropa, chicas y champán, pero como una sauna. Hasta hubo sexo en el baño. Vamos, un éxito. Además, bailamos, que era de lo que se trataba.
Recibí regalos. Un mapamundi polar del siglo XVIII fabuloso; un abanico pintado a mano, que no creo que se me hubiese ocurrido comparar nunca, pero que me gusta mucho; unos cuantos libros (The Disco Files 1973-78, una historia sentimental de Venecia, un recetario de asados) y cremas, muchas cremas. También terminaron apareciendo un imán de nevera en forma de paella, una flamenca y un abanico de fallera, con el que pienso completar mi disfraz de Halloween este año (¿puede haber algo más terrorífico que una fallera en Londres?).
Estoy muy contento de haber cedido a la presión de hace unos meses para que organizara la fiesta. No fue la fiesta ni que había organizado, ni imaginado, pero a esta altura de mi vida, ya tengo bien aprendida la lección de que you can't always get what you want, you get what you need, como dice la única canción buena de los Stones, que, como ya escribí aquí una vez, impera sobre la mejor parte de mi vida.
Estoy contento, además, de que haya pasado mi cumpleaños, de tener ya cuarenta y poder dejar de preocuparme por eso. Ahora puedo ocuparme de otras cosas. Bring it on!
miércoles 30 de septiembre de 2009
Mercurio en retroceso
Primero, el mismo día en que volví al trabajo, me ofrecieron dejar Londres y volver a Madrid, a un trabajo muy interesante y perfecto para mí. Dije que no, las prioridades las establecí hace algún tiempo y el trabajo, aunque haya momentos que me pique la ambición, no es la primera. Me hicieron una contra-oferta, que suponía volver a Madrid unos meses, trabajar de lunes por la tarde a viernes al mediodía –para poder pasar los findes religiosamente en Londres– y una par de dulces más. Acepté la contra-oferta, a pesar de las caras largas iniciales de mi novio. Todo parecía indicar que, a principios de octubre, volvía a Madrid.
No había contado con el amor de mi jefe. Mi jefe me quiere mucho y no puede vivir sin mí. Esa es la conclusión a la que terminé llegando, después de que removiera Roma con Santiago, que llamara a medio mundo y le dejara mensajes al otro medio, para que yo no me fuera. Consiguió aplazar la decisión final, consiguió imponer su voluntad –y demostrar lo mucho que manda e influye– y que “probáramos un par de meses” una solución "a control remoto", en la que me quedo en Londres, haciendo mi trabajo de aquí, y añado “esas cosillas para Madrid, que tampoco son para tanto.” No hay que decir que, por ahora, voy más bien de culo: él, de pronto, ha descubierto que, sino me da algo nuevo que hacer cada día, empiezo a dudar de su amor, mientras yo ando muy fuera de onda de lo que está pasando con “esas cosillas de Madrid.”
Sé, porque algo he aprendido en esta vida, que es cuestión de ser paciente y esperar a que las cosas caigan por su propio peso. Satisfecho su ego, con el “experimento a control remoto”, terminaré yéndome a Madrid en dentro de no mucho. “De algún culo saldrá sangre”, como dice el dicho argentino; por ahora, lamentablemente, sangra el mío.
La otra cosa que me ha trastocado la plácida vida que llevaba en Londres es una fiesta. A principios de julio, empecé a organizar una fiesta para el primer sábado de octubre. Es que hoy es mi cumpleaños, ¿no lo había dicho? Pues eso, hoy cumplo años, por lo que decidí hace unos meses celebrarlo (entiéndase “decidí” como “no tuve más remedio que plegarme a la presión a la que me sometían por todas partes para que organizara una fiesta para celebrar que cumplo 40 años”). Pues eso, decidí celebrarlo. Se me ocurrió hacerlo en un bar de copas. Me apetecía que fuera como quedar a tomar algo con unos amigos y terminar bailando en una pista minúscula. Eso es mejor hacerlo en un bar que en casa.
Busqué bares, encontré uno, con un sótano estupendo (una barra, luces de colores, una bola de espejos, sofás en los rincones). En 1º de julio, ya lo tenía reservado. Mandé las invitaciones (emilios y Facebook) y me puse a elegir la música. Eso era fundamental, no sólo porque hay canciones que “tenían” que sonar, sino, sobre todo, porque hay muchas otras que no debían de sonar bajo ningún concepto. Me ha quedado una lista chulísima, con dos partes: una “de copas” y otra “de baile”. 7 horas. Si consigo entender cómo se hace y cuelga un podcast, aquí la tendréis dentro de poco.
Al volver de las vacaciones, me puse en contacto con los del bar, para terminar de organizar la fiesta (la comida, la bebida, probar que mi iPod era compatible con su equipo de música). Mis emilios no tuvieron respuesta. Cuando llamaba, un mensaje grabado me decía que “este número no admite llamadas”. Así que me pasé por el bar: estaba cerrado. Pregunté a los vecinos: “ese bar lleva cerrado desde finales de julio”.
Cabreo. Pánico. Desesperación. Soluciones. 10 días antes de una fiesta para 80 personas y con el culo al aire. Encontré, ese mismo día y cerca, otro bar. Sin sótano, pero ya me daba igual. Todo solucionado. Eso fue el miércoles pasado. El jueves, me dicen que no, que se habían equivocado y que tenían la sala reservada. Me encogí de hombros, respiré profundamente –¡!lo que ayuda el yoga!– y decidí hacer la fiesta en casa. Hoy, miércoles 30 de septiembre, todo parece estar bajo control (bebidas, comida, mi selección musical sigue siendo fabulosa, los vecinos están avisados e invitados). Además, Mercurio –el planta Mercurio– salió ayer de su fase de retroceso, que parece ser que es la razón de que todo se haya puesto patas arriba y del sinvivir de las últimas semanas. Así que, salvo la previsión del tiempo que no es muy buena, el asunto pinta bien. Ya os contaré la semana que viene.
viernes 25 de septiembre de 2009
Los cónyuges
Se casaron a las ocho menos veinte de la tarde, en la Casa de la Panadería, en la Plaza Mayor de Madrid. Éramos diez: los novios, que estaban muy guapos –sobre todo el flamante Sr. de Breckenridge- y felices, y ocho invitados: la hermana de Breckenridge, unas cuantas de sus grouppies y servidor. Se suponía que una amiga de la infancia y yo íbamos a ser los testigos, pero fuimos reemplazadas. Nos dieron miles de explicaciones técnicas, sin embargo, como las dos testigas eran más jóvenes, más guapas y, sobre todo, más altas: quedaban mejor en las fotos.
Llegamos todos juntos a la puerta del edificio, pedimos la vez y nos pusimos a esperar. Teníamos dos bodas heterosexuales delante. No voy a criticarlos -si no tienes nada bueno que decir de alguien, mejor cállate, decía mi abuela Tatona-, pero tengo que reconocer que nos hicieron la espera más amena. Notorious lo hubiese pasado fatal: la segunda boda unía a dos familias de cuellicortos, lo que me llevó a preguntarme: ¿Tendrán sus bares y páginas de contactos? ¿Qué música bailan? ¿Tienen un código especial o se reconocen fácilmente? ¿Cuál es su modisto preferido?
La ceremonia fue perfecta. La sala es bonita, la vista sobre la Plaza Mayor estupenda y nosotros estábamos contentos y emocionados. Fue una ceremonia muy administrativa; el Presidente de la Junta del Distrito Centro se debe de saber los artículos 66, 67 y 68 del Código Civil del derecho y del revés. Los dijo sin especial interés, pero llega a tener que leer uno más y yo termino llorando. Hace 12 años, yo también me los sabía de memoria, pero era una versión peor. Impresiona que algo tan sencillo, y un poco feo, como la palabra “cónyuges” pueda tener tanta fuerza y decir tantas cosas. Luego vino el “sí, quiero”, que los dos dijeron alto y claro.
Después de la boda, los esposos nos convidaron a su casa, a brindar con champán del bueno y ponernos tibios de jamón y croquetas. Dijeron unas palabras. Breckenridge habló muy bien; nos dio las gracias por venir y reconoció que estaba muy feliz de haberse dejado convencer de casarse. Su marido, que es un hombre alto, inteligente y de pocas palabras, suele decir la palabra justa. Hace años, en una comida de gente dispar y mucho vino, en el momento álgido de una acalorada y alocada discusión sobre canciones con letra ridícula, dijo simplemente “I say to Thee, Respectfully” y nos calló la boca.
En su casa, el día de su boda, nos dijo que Breckenridge y él se quieren mucho, son muy felices juntos y son lo mejor que le ha pasada el uno al otro. Por eso, añadió, era lógico aprovechar que vivían en un país que les permitía expresar ese amor y ese compromiso plenamente. Qué razón tiene.
Mucha gente dice eso de que el matrimonio es sólo un papel. Yo no estoy de acuerdo, el matrimonio o, mejor dicho, la ceremonia de contraerlo es la máxima expresión social de amor y compromiso. Es cierto que, en todo lo demás, una pareja de hecho y una pareja casada no se diferencian especialmente y que se puede hablar de “marido” y de “mujer” sin necesidad de estar casados. Sobre todo, si eres heterosexual, porque si eres homosexual, cuando lo haces, suenas un poco a “mariloca” hablando en femenino o “camioneuse” después de la quinta cerveza. Respeto mucho a quienes deciden no casarse, porque entiendo que eligen dejar de lado una institución –y un contrato, que la discusión jurídica quedó en tablas– que les parece caduca y no les interesa, pero, en el caso de las parejas de personas del mismo sexo, lo “tradicional”, lo “de toda la vida”, lo “normal” es, precisamente, no casarse o, mejor dicho, no poder hacerlo. Por eso, ¡hay que casarse! Es lo verdaderamente subversivo. A ver si convenzco a mi novio.
Después del champán, el jamón y las croquetas, y los discursos y las fotos buenas, nos fuimos a Las Visitillas a comer pollo al ajillo. ¡Gran elección! ¡Qué bueno estaba! Fue una cena divertida, pero no terminamos sobre la mesa, descamisados, subastando corbatas, ligueros, sujetadores. Eso sí, gritamos “¡Vivan Los Novios!”, que es la parte que más me gusta de las bodas. En el fondo, la boda fue como una de esas noches de verano en las que quedabas a cenar con ellos y te llevaban a Las Vistillas, aunque mejor, más divertida, más bonita; hasta a la pobre Almudena se veía casi bonita. Nos recogimos antes de la media noche. Breckenridge y su marido tenían que madrugar, por temas de papeles y porque se iban a Sevilla de luna de miel. Se me pasó preguntarles por qué Sevilla. Sé que algo sé, que Breckenridge alguna vez algo me contó, pero no logro acordarme. También es posible que me confunda y que eligieran Sevilla porque les dio la gana.
Ahora están en América, dejando atónitos a los saudíes que se esconden bajo la piel de un “caballero español” o una “wasp liberal”. Breckenridge y su marido son ya muy felices –y comen de todo–, así que lo que se les puede desear es que sigan siéndolo.
domingo 13 de septiembre de 2009
Chanclas
Eran las culpables de la desaparición del “usted”, y no por camadería fascista o internacionalista, lo que tendría un pase, sino por una dejadez ignorante, que también está dejando en el desuso el “gracias”, los “de nada” y el “por favor”. Del empujar y no dejar salir antes de entrar, y de no sostenerle la puerta a nadie. Del masticar con la boca llena, del llevar la boca al plato, y del sorber sin ser japonés. De esa actitud de tener derecho a todo, pero no tener ni una responsabilidad, ni un deber, de que todo viene dado y, por eso, ni hay que dar las gracias, ni pedir las cosas por favor. De la violencia social y agresividad hacia los demás, porque su mera presencia nos molesta, impide el disfrute ilimitado de nuestros derechos inherentes a “pasarlo bien”, a hacer ruido, a mearnos en la calle. En Madrid, Londres o Hamburgo.
Creo que exageraba. Releo esa lista de “cosas que me desagradan” y no puedo dejar de sentir que los tiempos han cambiado y yo no he cambiado con ellos, que, en un restaurante, yo me fijo si me sirven por la izquierda y recogen por la derecha -en casi ninguno-, pero que eso ha dejado de ser importante.
Sobre todo, exageraba con las chanclas. Los pies desnudos o medios desnudos en la ciudad son una guarrada, porque las calles no están limpias, y un peligro, porque puedes abrirte un dedo con el pico de una losa suelta. Además, las chanclas no amortiguan la dureza del asfalto y no sujetan para nada los pies, ni el arco, ni los talones, lo que es malísimo para los pies y la columna. Es una de mis obsesiones, desde que tuve problemas de inflamación de las pantorrillas el año pasado.
Sin embargo, cuando a mediados de los 80 se pusieron de moda las sandalias (urbanas) para hombre, me parecían el colmo de la elegancia y buscaba desesperadamente el par perfecto. Es más, uno de mis mitos eróticos de entonces era Tony Cantó, tal y como salía en el programa “La Tarde”, con sus polos y bermudas de Adolfo Domínguez y su sandalias de Farrutx. Las chanclas son, posiblemente, más cutres y populares que las sandalias, pero no son tan diferentes. Alguien más inteligente que yo dice que son democráticas e igualitarias y las defiende por encima de todo. Esta fue una de las dos razones por las que, este verano, decidí darles una oportunidad.
La otra razón fue que, después de dos veranos otoñales (2007 y 2008), la previsión del tiempo prometía un verano seco y caluroso en Londres -que no lo fue tanto-, por lo que, en los primeros días templados de mayo, sentí la necesidad de que hiciera calor, saliera el sol y fuera verano. Así que me puse las chanclas.
Empecé despacio. Un par de veces, después del trabajo, fui al súper de la vuelta de la esquina en chanclas; unas “hawaianas” azules, compradas en Río, ¡por supuesto! Lo hice riéndome de mi mismo, convencido de que mi sonrisa dejaba traslucir la transgresión que me estaba permitiendo. Después, las usé para ir al gimnasio, en bici, durante el fin de semana. Entonces, se me ocurrió que las gente lleva chanclas en la ciudad -y bañadores y camisetas de tirantes- por puro voluntarismo y como un ritual pagano: en lugares de veranos ambiguos y esquivos, como un rito de invocación al sol y el calor; en lugares de veranos omnipotentes y con vocación de permanencia, como una protesta por el aire que no corre, por las tormentas que no descargan. En todos, además, se hace por escapismo: si me visto de playa, estoy en la playa.
A finales de junio, cuando en Londres disfrutamos de una “ola de calor” (5 días seguidos de 30º y cielos despejados), que fue en lo que de verdad consistió el verano, decidí que las “hawaianas” no eran suficientes, que no sujetan ni el arco, ni el talón, y que te expones a cortarte un dedo en cualquier momento. Me compré otras, más urbanas, según mi concepción: más gruesas y menos duras, con cierta sujeción del arco. No he parado de ponérmelas, sobre todo las dos semanas que he pasado de vacaciones en las Baleares.
Me he convertido -tendría que hacer la lista de las conversiones de mi vida; los nombres son un sino: yo no hago más que caerme del caballo. Las chanclas en la ciudad son estupendas. Total, diría mi amiga Breckenridge. No son elegantes y son la parte esencial -eso lo sigo pensando- del uniforme veraniego de la informalidad que no me gusta, pero éste es el presente. Terminamos saliendo a la calle más desnudos que cuando estamos en casa, y muy poca gente se ve bien a medio vestir, y la mayoría va hecha un adefesio, pero lo hace -hacemos-, democrática e igualitariamente.
lunes 6 de julio de 2009
Al final, yo también
No iba a escribir sobre Michael Jackson; esta última semana, sólo se ha hablado de eso. Pero, esta mañana pedí la devolución del dinero que pagué por unas entradas para el concierto de 19 de agosto y me ha dado tanta pena, que algo tengo que escribir. Además, pasado mañana, tendrá lugar el concierto de homenaje y no paro de darle vueltas qué y a quién me gustaría ver sobre el escenario grapadora.
Cuando en marzo pasado, mi amigo Ol me propuso ir a ver a Michael Jackson, mi primera reacción fue pensar "para qué; si yo no soy seguidor". Luego -me paso la vida volviendo sobre mis primeras reacciones, como ya os habréis dado cuenta-, se me ocurrió que sí, que tenía que ir, que era de la poca gente que me faltaba por ver en concierto.
Más tarde, después de pasarme una mañana entera pegado al ordenador, hasta que conseguí 4 entradas bastante buenas, empecé a darme cuenta de que, tal vez no soy seguidor, pero soy capaz de recordar dónde y cuándo me compré "Thriller" -Multicentro del Pº de la Habana, en septiembre de 1983- y lo mucho que escuchaba el album, que aún conservo. También recuerdo ver el estreno de "Bad" en la MTV en septiembre de 1987, en Hilton, NY. Evidentemente, en el futuro podré también decir dónde estaba cuando me enteré de que Michael Jackson había muerto -volvía a casa, de ver un espectáculo fantástico y divertidísimo "Simply Barbra and A Slice Of Minnelli Live!". Así que, empecé a ilusionarme con el concierto. Llevo una semana desilusionándome y, hoy, pedí que me devuelvan el dinero.
Esta última semana, imagino que todos hemos acabado hartos de ver y escuchar sobre Michael Jackson. Los medios de comunicación ya no dan noticias, sino que hacen ruido. He intentado ver lo menos posible y ya estoy empezando a temer los resúmenes de fin de año: de todo puede pasar aún, pero la noticia del 2009 es esta, ¿no?
El martes, tendremos el concierto de homenaje. Seguramente, no será como a mi me gustaría, pero yo voy a pegarme a la televisión a ver si, primero, vemos algo como esto:
Además de La Toya, espero que también salga Pía Zadora, para cantar con Jermaine esto: