miércoles, 25 de noviembre de 2009
Ardillas
martes, 19 de mayo de 2009
Batiburrilo
Menos esperable, al menos para mi, ha sido: que sonara un móvil dos veces -el mismo móvil, dos veces-; que aparecieran cámaras y teléfonos-cámara todo el rato, a pesar de que los ujieres repetían que no se podía sacar fotos y que alguna de esas cámaras hicieran ruido al sacar la foto; que una de las señoras justo detrás de mi canturreara prácticamente todo el concierto y que su amiga se dedicara a pasar muy lentamenta y con cuidado -de hacer ruido, imagino- las páginas del programa.
No hace mucho, Breckinridge publicó una entrada sobre este mismo tema -perdona, gonita, pero no la encuentro para poner el enlace- y sé que es un poco el signo de los tiempos. Sin embargo, no termino de entenderlo. No es una cuestión de que los conciertos se democraticen y "vaya todo de mundo", achacárselo a eso sería clasista y presupondría aceptar que, con dinero, la mona vestida de seda deja de ser mona. Creo que es más bien un síntima más de la infatilización de los adultos: la gente piensa -pensamos- que todo lo que hace está bien de por si y, sobre todo, que tiene -tenemos- derecho a hacerlo; nos hemos olvidado de que hay ciertas reglas de comportamiento y nos hemos olvidado de enseñárselas a la generación siguiente. Nos va a pasar como esas familias que dejan de cocinar y en las que, en media generación, sus miembros sólo comen pizzas y hamburguesas para llevar.
2. Mientras sonaba el "Concierto de Aranjuez" -que no por sobado deja de ser precioso-, se me ocurrió que, la próxima vez que alguien empiece una campaña para ponerle letra al himno -con lo bien que nos viene que no la tenga-, habría que defender que cambiásemos directamente la "Marcha Real" -por algo se empieza- e nos hiciéramos un "Niño Judío" y, como hace Ciralina Quijano en este video -sin tilde-, grabado en "Bellas Artes, Miami", gritásemos:
martes, 14 de abril de 2009
Error
Desde hace tiempo, estoy entre los pesimistas del cambio climático -mi santo diría que no estoy entre ellos, sino que soy uno de ellos, en este tema y en la vida en general, pero eso es otra historia.
Desde hace tiempo, pienso que seguimos sin reaccionar y no hacemos lo suficiente para mitigar y prepararnos para el cambio climático, lo que exigiría un cambio profundo de nuestro estilo de vida y una evaluación seria del uso de los recursos del planeta. Creo que, tomados en conjunto, sólo reaccionamos cuando nos golpean con dureza. Por eso, hasta que el nivel del mar no haya subido lo suficiente como para engullirse una isla; hasta que una pandemia no se lleve por delante a un millón de personas; hasta que no queden atunes que pescar, no reaccionaremos. E incluso eso podría no ser suficiente: nos comimos todos los bacalaos de Terranova y nuestra reacción fue empezar a comer fletán. -y venderlo como bacalao. Nuestra voluntaria ignorancia y la negligencia gubernamental respecto de la pesca industrial son criminales (es recomendable el libro "The End Of The Line", aunque es deprimente).
James Lovelock es aún más pesimista que yo, es decir, es un fatalista. Su anterior libro ("The Revenge of Gaia"), muy similar en sus predicciones, terminaba con un "aún hay tiempo para salvarnos"; en este último, ya no hay esperanza. Según él, ya hemos pasado el punto de no retorno y nada podemos hacer ya para frenar el calentamiento, en unos 5º, de la tempertura media de la Tierra, lo que terminará con el mundo que conocemos, total e irremediablemente.
James Lovelock considera que la Tierra es un sistema, en el que la biosfera cumple funciones de regulación precisas, en conjunción con los océanos, las nubes, los bosques. Nuestro abuso y la insostenibilidad de nuestros modos de vida -de nuestros patrones de consumo y gasto- han roto el equilibrio y la Tierra reacciona, como nuestros cuerpos reaccionan a una infección o, más bien, en un cuadro autoinmune, con cambios, algunos bruscos, que le permitirán alcanzar un nuevo equilibrio, en el que sólo serán habitables, cree él, las zonas polares y adyacentes.
No me tomo al pie de la letra lo que dice este señor, quien, aunque muy reconocido, es un provocador y un excéntrico, suavemente chovinista y anti-europeísta -de una forma muy inglesa-, que defiende la energía nuclear como mejor fuente de energía y odia la energía eólica -posiblemente con razón-. No es el único que considera que es necesario un cambio social real y profundo para hacer frente al cambio climático. Su rasgo diferencial es su pesimismo. Pero es posible que se equivoque. Como me dijo hace muy poco alguien, es mejor fijarse en "esa otra mitad de la biblioteca, que dice que tendremos agua, aire y energía infinitas." Espero que sea así, aunque esa otra mitad parece contar con invenciones y tecnologías no desarrolladas aún.
Es muy humano pensar que vivimos el final de nuestro tiempo, e incluso el Final de Los Tiempos, por lo que es posible que James Lovelock exagere y que, finalmente, seamos capaces de ajustarnos a los cambios y conseguir que la Tierra sostenga la vida de más de 6 mil millones de personas y sus animales, cuya respiración emite más CO2 que la industria aérea.
Si James Lovelock tiene razón, en un par de décadas la población mundial se habrá reducido a 60 millones. No sería la primera crisis de población de la humanidad, los genetistas antropólogos hablan de al menos 6 grandes crisis en nuestro millón de años de existencia, con alguna época de solamente 2 mil individuos. No me preocupa tampoco estar entre los supervivientes. Todos tenemos el mismo futuro, antes o después.
Lo que me preocupa es lo que le pasaría a nuestra cultural. El conocimiento científico, tecnológico, histórico y filosófico que se perdería. ¿Se perderán las grabaciones del cancionero norteamericano que hizo Ella Fitzgerald y que son una de las obras cumbres de la cultura del siglo XX? ¿Se perderán "Carta De Una Desconocida" y "Surcos"? ¿Se perderá la capacidad de leer las partituras del Concierto de arpa y flauta K299 de Mozart o de "Scherza Infidia In Grembo Al Drudo" del Ariodante de Haendel? ¿Se perderá el Antonioo de El Prado?
Si yo tuviese alguna responsabilidad para ello, establecería alguna institución o red para la conservación de todo eso -y más. Sé que existen filmotecas, museos, fonotecas, bibliotecas, pero se trataría de, además, conservar el conocimiento y la capacidad técnica para poder reproducir y mantener las obras.
En "Hacia El Final del Tiempo", una de las novelas de John Updike menos queridas por la crítica, tal vez por ser casi una novela de ciencia ficción -y que a mi me gusta bastante-, el protagonista mira el cielo nocturno, otra vez claro y esplendoroso, por la desaparición de la contaminación lumínica, tras una guerra devastadora. En ese cielo, ve moverse lentamente la estación espacial internacional y se pregunta qué habrá sido de los astronautas. Con la guerra, se perdió la capacidad técnica de comunicarse con ellos y lanzar cohetes, por lo que se imagina que habrán muerto de inanición, mientras la estación sigue girando alrededor de la Tierra. Una nave espacial vacía. Lo mismo le podría pasar a nuestra cultura.
Reconozco que es decadente y finiseculista considerar aceptable que sólo unos pocos de nosotros sobrevivan, llevando una vida agrícola en Groenlandia, al calentamiento del planeta, y, sin embargo, pensar que sería imposible sobrevivir a la larga noche del invierno polar sin el Concierto número 1 de Chaikosky o "El Quijote". ¿Será que, además de un pesimista, soy un esnob y un pedante?
lunes, 30 de marzo de 2009
Adicto
Por la boca muere el pez, y el bloguer, por sus dedos.
En mi entrada "de vacaciones", escribí que cada vez me conectaba menos a Internet y que me echaba el pisto diciendo que estaba leyendo mucho más y haciendo más en la "vida real".
Algo así pasó durante unos días, tal vez un par de semanas, hasta que descubrí que podía acceder a Internet desde mi móvil. Ahora, no paro de hacerlo: consulto Facebook y mi correo en cualquier momento y en cualquier sitio. Lo bueno es que he respondido a esos mensajes que mantenía desde hace meses en la bandeja de entrada, a la espera del momento adecuado para contestarlos. Lo malo es que, ya más de una vez, los ojos clavados en la pantallita, le he hecho poco caso a una puesta de sol magnífica o a la sonrisa de un chico muy guapo (esto, bien mirado, no es tan malo).
Ante la primera sensación de aburrimiento, cojo el móvil. No hace mucho, mi amigo Jordi comentaba la aversión que tenemos ahora todos a aburrirnos, la necesidad constante de estímulos, a la pérdida de la capacidad de hacerlo y de cómo, no hace tanto, esas largas tardes de verano y vacaciones fueron el cimiento de, por ejemplo, nuestra afición a leer, a escribir, a escuchar música, a dar paseos por el campo, a ver pasar el tiempo. El problema de nuestra presente necesidad constante de estímulos y diversión es que termina siendo una adicción, que nos exige aumentar geométricamente la dosis. Además, hay un alto grado de papanatismo, infatilismo, ignorancia, estupidez -elegid lo que más os guste-, somos todos como niños en la parte trasera de un coche: "me aburro, ¿cuándo llegamos?"
En mi caso, actualmente, me he enganchado a la Internet móvil. Imagino que será pasajero. Nunca nos estamos quietas y nada es estable, como canta Mercedes Sosa: cambia, todo cambia, y que yo cambie no es extraño.
Eso sí, espero que esta nueva adicción no me dure mucho. Aunque el pequeño adicto que llevo dentro está siempre al acecho, tengo la suerte de que es un inconstante y, siguiendo el signo de los tiempos, se aburre rápidamente. Prefiere cambiar de adicción a aumentar la dosis. Me pasa constantemente con la música, me engancho a una canción o, con suerte a un album, y no paro -literalmente, no paro- de ponerla o ponerlo. No tiene que ser algo nuevo, aunque, ahora, esté en fase "Yes".
Pasé de los "Episodios Nacionales" a Internet en el móvil. Con un poco de suerte, dentro de poco no tendré tiempo más que para Twitter y, luego, volveré a cambiar.
miércoles, 25 de marzo de 2009
Magnolio
Algo estupendo de vivir en Londres -estupendo ¡y gratis!- es ver la llegada de la primavera, que es muy gradual, sobre todo en comparación a la explosión primaveral de la Península Ibérica. Ya me lo había dicho la Breckinridge.Este año, en este marzo que casi mayea, después de dos primaveras y dos veranos revueltos, el principio de la primavera está siendo especialmente bonito, en estos días de retirada inexorable del inverno, cuando los cerezos están en flor y los magnolios abren sus flores, y aún no hace calor -¡ni mucho menos!-, pero el sol calienta.
En un par de meses, la ciudad estará cubierta por una nube de polen y la primavera me parecerá menos bonita y poética -el año pasado, por primera vez, me dio un ataque de alergia. Pero por ahora, me dedico a visitar la media docena de magnolios que tengo identificados cerca de casa.
El de la foto, que no es ni el más grande, ni el más bonito, está en un calle por la que paso casi a diario. Es de los primeros en abrir sus flores, sin duda porque recibe mucho sol. Al otro lado de la calle, en la otra acera, que es más sombría, hay otros dos más jóvenes, con unas flores intensamente púrpuras, que tardarán aún casi un mes en abrirse.
Hay otros fabulosos, como el de la Iglesia de San Jaime, en Piccadilly, que es uno de los más espectaculares, con una copa alta y muy llena de flores blanquísimas. O la hilera de 6, 3 a cada lado, en una perpendicular a High Street Kensington y cuyo semáforo le tiene manía a mi coche -pero, en esta época, casi le agradezco que me obligue a parar casi todas las mañanas.
Pasadas unas semanas, todas las flores estarán en el suelo y el magnolio perderá el protagonismo de la primavera, que ya estará avanzada. Este año, lo siento en los huesos, vamos a tener una primavera maravillosa y un verano fabuloso. Un año de respiro, en el que las estaciones reencuentran su ser.
Hacía tiempo que no me ilusionaba tanto algo tan simple como el paso de las estaciones y, en especial, el renacimiento de la primavera; y eso, a pesar de que, en el fondo, se trata del puro paso del tiempo, lineal e inexorable.
No me he vuelto un optimista y no estoy confundiendo el tiempo con el clima. Es más, soy aún más pesimista que antes. Hace poco, cometí el error de comprarme el último libro del Sr. Gaia, James Lovelock, que es muy deprimente. Pero eso lo dejo para otra entrada.
Mientas tanto, una vez más este año, tal vez porque es el año de mi cuadragésimo -cuarentavo, que diría Solana- cumpleaños, me dejo llevar por el momento.
sábado, 28 de febrero de 2009
Halitosis
Imagino que no se os escapa que estoy en la segunda fase. Desde principios de año, me apetece poco escribir o, mejor dicho, me pongo a escribir, empiezo una entrada nueva, pero no la termino. Tengo media docena de borradores colgados como una paraguaya en el limbo electrónico. En parte, creo que es porque durante la semana que pasé en Río redescubrí todas las cosas que se pueden hacer desconectado de un ordenador. Así que, cuando vuelvo a casa del trabajo, ni se me ocurre encenderlo -aquí es cuando digo la pedantería de que estoy enganchado a los "Episodios Nacionales" y los documentales de la BBC.
Hay, seguramente, otras razones; como la época del año o que he tenido algo más de trabajo y estoy más cansado.
También siento que he agotado la lista de temas que mentalmente había preparado y, cada vez que empiezo una nueva entrada, me da la sensación de que me repito. Luego está un relato que se me resiste muchísimo.
Es decir, que estoy un poco de vacaciones. Pero, volveré -¡claro que volveré!- y seré sillones.
Por si alguien se lo pregunta, me afeité el bigote después de cuatro semanas. Claudiqué a la presión: a mi novio sólo le faltaba decir "o el bigote o yo". También es cierto que me convencía a medias. Me seguía haciendo gracia, sobre todo porque descubrí que, aunque se tratara de pelo facial, no me daba un aire "hiper-masculino", sino más bien "hiper-marica". Tal vez, por ser pionero o por el referente de los primeros mari-clones de los 70 o porque, como me dijo un amigo, "no te hace más guapo, pero es muy sexual". Durante este casi mes, me han comparado con un futbolista alemán, una versión "mari-clona" de Tom Cruise y un actor porno de los 70, lo que no dejan de ser diferentes maneras de decir la misma cosa.
lunes, 2 de febrero de 2009
El bigote. Primera semana
Así está mi bigote después de una semana creciendo. He de reconocer que no es una imagen especialmente alentadora, sobre todo porque se parece mucho al bigote de ese señor que hace unos años lo hacía todo en España.
Sin embargo, a pesar de ello, estoy contento. Me está divirtiendo dejarme crecer el bigote. Me divierte que, en mi lugar de trabajo, la única persona que me ha dicho algo es una compañera con la que me llevo bien; los demás me miran, ponen alguna cara, pero no se atreven a preguntar o decirme nada. Lo mismo me pasaba hace un tiempo con las fotos de mi novio, mis hermanos y mi hijo que tengo sobre la mesa: la gente las miraba, pero no hacía preguntas.
Pero, más que eso, me divierte la imagen que me devuelve el espejo. Es el mayor cambio en mi apariencia desde hace mucho tiempo e, incluso, es el único posible: no voy a volverme a dejar el pelo largo hasta los hombros, ni a hacerme la permanente, ni a teñírmelo de rojo; soy demasiado lampiño para dejarme barba y ya hice la experiencia, durante mi época (casi) grunge -"casi", porque iba demasiado limpio para serlo del todo-, de dejarme una especie de perilla, en un vano intento de imitar a Johnny Depp.
Esperaba que esa imagen en el espejo me recordara a mi padre, que lo ha usado durante muchos años, pero mis hermanos están de acuerdo en que no me parezco demasiado. Tienen razón. De hecho, la imagen que más me viene la cabeza al verme en el espejo es la de los "clones" de los años 70 o, como dijo el sábado Emilio P, de los "Village People".
Entre mis recuerdos más tempranos, están imágenes como esas, de esos hombres que, en los 70, incluyeron los bigotes en su uniforme de masculinidad, como parte de su juego para romper estereotipos -y crear otros nuevos-. Era un ejercicio "camp", que diría Susan Sontang.
Rendido como estoy, desde que mi amigo Emilio G me regalara hace 10 años "Vigilar y Castigar", a Foucault, Butler y el postestructuralismo, estoy convencido de que la "masculinidad", como la "feminidad", son construcciones sociales. Un conjunto de reglas, ritos y signos aprendidos, basados en aspectos considerados naturales, constantes y unívocos, cuya función es someter a los cuerpos. Por ello, es a través de los propios cuerpos, y dándole la vuelta a las reglas, que es posible la resistencia.
En el caso de la masculinidad, su definición es, en gran parte, negativa. La importante para ser un hombre es no hacer lo que se considera femenino: no llorar, no bailar, no llevar faldas, no maquillarse o no acostarse con otros hombres. Esto último es más importante que acostarse con mujeres, como demuestra que, en el "juego del armario", no hace falta afirmar que a uno le gustan las mujeres; lo importante es negar -o callar- que te estás acostando con otros hombres. Más vale ser soltero, quer marica. Pero, como dice la expresión centroamericana, "soltero maduro, culero seguro". Hay que releer a Kosofsky Sedgwick.
Claro que hay homosexuales masculinos y que es posible definirse como hombre en positivo, pero no sin perder de vista que, con las reglas en la mano, somos todos una panda de locas.
Volviendo a mi bigote. A parte de que a mi me guste y me esté divirtiendo, las opiniones están divididas. Son los menos los que creen que me queda bien, unos pocos le dan el beneficio de la duda y aceptan esperar, otros tantos ya lo aborrecen. Lo peor es lo poquísimo -por no decir "nada"- que le gusta a mi novio, que ya ha empezado su campaña para que me lo quite. Yo sigo resistiendo, pero me temo que, al final, esto será como el Borg: "resistence is futile."
jueves, 22 de enero de 2009
Darth Vader y su mono
No me gusta la comparación entre Obama y Kennedy. No por el asesinato, sino porque Kennedy, con todas sus promesas, fue el Presidente de Bahía de Cochinos y la escalada en Vietman. El Kennedy que prefiero recuperar es posterior y trágico en su ausencia: es su hermano Bobby, es Jackie O., es John John.
En estos días, comparto la alegría y la esperanza, y también comparto el alivio de ver marcharse a Darth Vader y su mono. En su última rueda del prensa, el mono dijo algo así como que la Historia lo juzgaría. La frase me hizo recordar a la usada por algún dictador latinoamericano al jurar el cargo de Presidente que ha usurpado. De hecho, recuerdo escucharle decir a Videla que, si no cumplía con las obligaciones del cargo, "Dios y la Nación me lo demanden". Es decir, no en unas elecciones, no unos jueces. A Videla, al final, lo juzgaron los jueces -no por todo, pero sí por parte de sus abusos.
Tal vez, el mono se libre de ser juzgado por su "casi-década ominosa". Seguramente, Darth Vader también. Pero, sin por ello dejar de concentrarnos en el futuro, no hay que olvidarlos. En Europa, se suele tratar al mono de idiota. Hubo una época que yo también, porque era una forma de explicar lo que pasaba y, al mismo tiempo, desahogarse. Pero he terminado por convencerme de que no es idiota -y Darth Vader menos. Todas las mentiras, los abusos y el caos fueron decididos y elegidos racionalmente: Porque no son idiotas, sino que son malos. La mueca risueña del mono no refleja pocas luces, sino que se está riendo de nosotros.
En el año 76, en vísperas del golpe de Estado, muchos argentinos decían que mejor que Isabelita sería incluso el diablo, que es quien llegó en marzo. No sé qué pasó en el 2000, no sé si los convocamos o simplemente fueron capaces de maniobrar hasta llegar al poder, pero nos dejan a todos, empezando a los ciudadanos que debían servir, peor de lo que estábamos.
Ahora, nos toca demostrar que podemos estar a la altura de las promesas y exigir a los que elegimos que también lo estén. Tenemos la esperanza. Tenemos la alegría. ¡Manos a la obra!
martes, 9 de diciembre de 2008
A vuelta con las décadas
Cada vez más, pienso que las supuestas vueltas de las décadas no son más que estrategias de ventas, aprovechando que la vida es ahora más larga y que, a pesar de todo, tenemos más dinero, para permitirnos, 20 años después, comprar toda la moda, la música y los muebles de nuestra niñez y adolescencia.
Además, se trata de algo relativamente moderno. Que me corrija alguien, pero creo que la primera década en la que pasó fue, precisamente, en los 80, con su mezcla del estilo de los 40 -basta ver el vestuario de Oleg Cassini para Gene Tierney en "¡Qué El Cielo La Juzgue!"- y la moral de los 50. Porque los 80 fueron años de líneas rectas y limpias -y blancas, lo que también parece volver con fuerza. Sinceramente, a mi me parece que los 80 no empezaron de verdad hasta mediada la década, con la "revolución conservadora" y las ansias por hacer dinero, con las hombreras y los calentadores, el aerobic y el culturismo, los yuppies y la Bolsa, el SIDA y la monogamia, el ingreso en las Comunidades Europeas y el "morir de éxito" de Felipe González, la bella arruga de Adolfo Domínguez y los pelos cardados.
Antes, posiblemente gracias al Punk y, en España, a que se murió aquél señor, vivimos una continuación de los 70. ¿Pruebas? Esta foto y este vídeo. Los 70 fueron años convulsos y confusos, ambiguos, promiscuos, combativos y creativos, a espaldas a un sistema quebrado. Muertas las ilusiones de los 60 -el 68, en París, Praga o México; el 69, con la separación de los Beatles, la muerte de Judy Garland y las travestis del Stonewall.
Ahora, hay cosas que nos recuerdan a los 70: la crisis económica, Estados Unidos metido en una guerra extranjera impopular, la ex-URSS atacando -y no preventivamente- a un país vecino y, después del regreso de las barbas y las melenas, se anuncia el regreso del bigote.
Las pruebas de la posible vuelta de los 80 son una cantante nueva u otra o porque vuelve un cyborg u otra gente no se ha ido. Pero, por esa regla de 3, estarían volviendo los 50 y los 60 -entre Amy, Robson y Duffy- y los 90 -por Take That, por ejemplo.
Hace ya unos años, cuando todo el mundo decía que volvían los 80, Breckenridge y yo pensábamos que no, que lo que estaba volviendo eran los 70. Durante bastante tiempo, pensábamos que era una más de nuestras neuras -como el odio al entrenador personal gordo de nuestro antiguo gimnasio-, hasta que nuestras sospechas fueron confirmadas por La Prohibida, a la que hacemos muchos caso, desde que actuó para nosotros -de hecho, para Brecken- en junio del 97. En una entrevista -que ni conservo, ni sé cómo recuperar-, dijo que de revival de los 80 nada, que lo que estábamos viviendo era una repetición del final de los 70: a las drags asexuadas y asépticas, le sucedieron unas travestis sacadas de Laberinto -y eso nos parecía rompedor, si bien es cierto que algunas eran capaces de montar cosas rompedoras en el En Plan Travesti y mis admiradas Fellini le siguen volviendo las cosas del revés.
Así que, yo ya no sé qué pensar. No sé si dejarme bigote o afeitarme hasta las patillas, si comprarme unos calentadores o una cazadora de borreguito. Por eso, creo que lo mejor es preguntaros: ¿Vuelve alguna década? ¿Cuál? ¿Cuál es el indicio?
lunes, 1 de diciembre de 2008
El regalo
Hoy es 1º de diciembre y es el Día Mundial de la lucha contra el SIDA. No puedo dejar pasar la fecha sin escribir algo, de la misma manera que, esta mañana, muerto de sueño por el madrugón inhumano que me he pegado, me he puesto un lazo rojo en la solapa. Sé que hoy se conmemora a los millones que han muerto de SIDA y que es importante recordar que hay 33 millones de personas infectadas, la mayoría de los cuales son demasiado pobres para tener acceso a las terapias triples anti-víricas, y que, cada año, hay más de dos millones de nuevas infecciones, así como denunciar la discriminación que sufren los seropositivos.
También se trata de insistir en la prevención. Se me escapa que, sobre todo en una sociedad opulenta y occidental, siga habiendo gente -mujeres, hombres, heterosexuales, homosexuales y todos los modelos posibles- que se infecta con el VIH, por ignorancia, inconsciencia o a propósito.
Como ya he contado, mi despertar sexual sucedió en los 80, por lo tanto, fue paralelo a la evolución de, digamos, la primera ola del VIH y el SIDA, que vino a sumar una dosis extra de confusión y miedo a mis dificultades para aceptar mi orientación sexual. Recuerdo también la ansiedad y el terror durante la espera del resultado de la primera prueba del VIH que me hice, y que no disminuyeron en nada ni con la segunda, ni con la tercera, ni con la cuarta prueba. Daba igual que hubiera practicado sexo seguro -o relativamente seguro-, porque siempre hay algo, por pequeño que sea, que no deberías hacer o no convendría que hicieras o que no es absolutamente seguro, pero que haces.
Hay un documental muy bueno, titulado "El Regalo" ("The Gift"), que trata sobre hombres que buscan infectarse. Se centra, sobre todo, en la historia de tres de ellos, todos más de 10 años más jóvenes que yo, que han participado voluntariamente en orgías, en las que ni hay condones, ni sexo seguro, ni se hacen preguntas -y que a mi se me antojan como especies de misas negras, de celebraciones del mal y la muerte, a pesar de sus ropajes de liberación y plenitud.
Personalmente, concibo la vida como una construcción, una "performance", por lo que soy capaz de entender la carga poética de seguir la llamada de la pulsión de muerte y conscientemente buscar la autodestrucción, con el alcohol u otras drogas, saltando del Viaducto, estrellando un coche contra un muro o a través del sexo, Pero, soy contradictorio y, en el caso del VIH/SIDA, me cuesta mucho entender que alguien decida infectarse o, al menos, decida ser un inconsciente. Posiblemente me cuesta por el miedo que le he tenido y porque, en el caso del documental, ninguno de los tres chicos parecen comprender del todo lo que están haciendo, salvo uno de ellos, cuando ya es demasiado tarde.
Quería terminar esta entrada con la escena final de "Longtime Companion", que me sigue pareciendo la mejor descripción de los primeros años del SIDA, pero no la encuentro -se ve que no todo está en Internet. He encontrado muchas otras cosas, pero no he encontrado ninguna con el mismo mensaje de esperanza, ni con la misma carga emocional. Así que no voy a poner nada y voy a terminar animándoos a ver la película -el documental, sinceramente, es tan deprimente como bueno.
Para el SIDA.
jueves, 13 de noviembre de 2008
"Ortogay"
Me hizo gracia la palabra y terminé por asumirla. Me viene siempre a la cabeza cuando estoy en un ambiente "ortohétero" y me aburro, ya que considero ese aburrimiento como una prueba (más) de mi ortodoxia.
Nací demasiado tarde para participar en la "liberación homosexual" de los 70. Mi despertar sexual "adulto", por precoz que fuera, no se produjo hasta mediados los 80 -me acosté por primera vez con un tío en el 87. Sin embargo, siempre he tenido como punto de referencia esa primera etapa, desde la explosión de rabia y alegría del 69 al terror del SIDA de principios de los 80. Desde una perspectiva contemporánea, esos años establecen el paradigma -las reglas, la ortodoxia- del homosexual, en la sociedad occidental actual. Por cierto, hay un documental estupendo, aunque no para todos los públicos, sobre esa época. En todo caso, en mi adolescencia, aunque escondido y de forma oblicua, esa época era la única referencia.
Por otro lado, si bien no elegí que me gustaran los tíos, sí terminé eligiendo qué hacer con eso y qué vida llevar. Podría haberlo negado o podría haberlo reducido a su más casto mínimo, pero decidí, porque así siempre he entendido yo la parábola de los talentos, liarme la manta a la cabeza y abrazarlo. Sino, según lo veo yo, estaba reduciendo mis posibilidades de tener una vida plena y valiosa. De esa manera, cobraron coherencia muchas cosas de mi vida, ya no sólo la atracción por los hombres, sino cosas inconexas, como mi devoción por Barbra Streisand o Liza Minnelli o mi desinterés por los deportes de equipo.
Todo lo anterior -me temo que he leído, y asimilado mal, demasiada teoría "queer", constructivismo y filosofía barata- es para contar lo muy "ortogay" que me sentí el viernes pasado, cuando acompañé a mi santo, por cuarta o quinta vez, a la cena anual de su empresa. Evidentemente, cuando a uno le da por la ortodoxia, se vuelve un poco intolerante.
Como las otras veces, la parte más entretenida es al principio, con las presentaciones, cuando alguien me pregunta por qué estoy allí y le contesto que soy la pareja de M. Es todo muy educado y yo lo digo con delicadeza -no como aquél que, en situaciones parecidas, se presentaba como el sex partner de su novio-, así que las reacciones son educadas y medidas, aunque siempre sea posible adivinar el proceso mental del interlocutor, mientras intenta poner todas las piezas -incluidos los rumores que haya oído- en su sitio.
Pero el resto de sarao me suele aburrir bastante. Justo después de la cena, empieza el baile, que, por supuesto, tendría que divertirme. Pero no así. Por un lado, el modelo es un poco como de "discothèque" parisina de los 60, donde se bailaba en pareja -chica y chico-; por otro lado, la música mezcla esa música disco infame que hicieron Kool & The Gang -sobre todo hacia el final- o Boney M -siempre-, con alguna de mis canciones más detestadas, como "Time Of My Life". El viernes pasado, salvaron la noche, he de reconocerlo, "Good Times" y "Reach" (lo mejor y lo peor de lo mejor). Un problema adicional fue que, el viernes, me tocó bailar con K, una amiga de M, estupenda, adorable y divertidísima, pero que considera que "bailar agarrao" es una excusa para ejercer la violencia física, por lo que se pasó todo el rato zarandeándome y pegándome pisotones. Por suerte, se cansó pronto.
Así que, magullado, busqué a M en la zona de la barra, llena de gente, ya borracha, bebiendo. Yo bebo poco -lo que es un defecto- y no soy capaz de seguir el ritmo. Estar sobrio rodeado de gente cada vez más borracha es entretenido hasta cierto punto. El viernes pasado, para mi, ese punto fue cuando unos ojos azules de 26 años -muy monos, pero con novia- empezaron a hablarme de la influencia de la jurisprudencia del Tribunal Europeo de Justicia en el sistema jurídico británico. Los primeros 5 minutos fueron soportables -de hecho, no le hacía demasiado caso-, pero los 10 minutos siguientes fueron un tedio. Me salvó un abogado español, colega de M, que se acercó a hablar con nosotros, atraído también por los ojos azules y dispuesto a hablar de lo que fuera, aunque la novia del chico -más bien feúcha- estuviera vigilando.
Fue entonces, ya algo cansado, cuando empecé a pensar en las alternativas a esa noche, desde haberme quedado en casa -hacer la cena, ver la tele-, hasta estar en Vauxhall, dando botes en una discoteca -oscura, sudorosa, ensordecedora- , y, lo cierto, es que todas ellas me parecían más atractivas. No me sentía con fuerzas ya para volver a explicar a qué me dedico en Londres o a escuchar historias de bebés y colegios o a tener que dar mi opinión sobre el traje horroroso de una pobre chica de la que todos se ríen. Hubiese tenido fuerzas, tal vez, para explicar porqué se están cargando la noche -y el día- en Ibiza o para escuchar algún chiste obsceno o para dar mi opinión sobre las faldas escocesas que llevaban un par de chicos; es decir, para algo más gay.
Así que, antes de empezar a poner mala cara, le dije a M que él se quedara, pero que yo me iba a casa, salí, cogí un taxi y, en menos de media hora, estaba metido en la cama. Cansado, con dolor de pies, contento de haber acompañado a M y volver a poner mi granito de arena en aras de la "normalización" y, al mismo tiempo, sintiéndome "ortogay" y un poco intolerante.
En todo caso, sé que el año que viene, el primer viernes de noviembre, volveré a ponerme el esmoquin y a acompañar a M a la cena de su empresa, porque, en el fondo, albergo la esperanza de que, el año que viene, M y yo abramos el baile y que el abogado de los ojos azules haya caído en la cuenta de que, con esa chica, no va a ninguna parte.
viernes, 31 de octubre de 2008
Sofía no entiende
En definitiva, digamos que Sofía siempre me ha caído bien e, incluso, en algunas ocasiones la he admirado. Como aquella vez que mi amiga Leonor me mostró las fotos de un viaje que hicieron sus abuelos a no sé qué país árabe, durante el cual, su abuela se negó a cubrirse el pelo y el rostro y a llevar faldas hasta los tobillos.
Sin embargo, hace poco pasó algo. Acompañé a Leonor a buscar unas cosas a casa de sus abuelos. Mientras la esperaba en el salón, aparecieron Sofía y una amiga suya, que creo que se llamaba Pilar. Nos pusimos a hablar. No sé muy bien por qué, tal vez porque esa señora, Pilar, que tenía pinta como de ser del Opus, no paraba de hacer preguntas inconvenientes, pero terminé por escuchar de boca de Sofía cosas que hubiese preferido no escuchar -y que no voy a repetir-, que me hacen pensar que es una señora más intolerante y con menos comprensión del mundo de lo que yo me imaginaba. Claro está que todos tenemos derecho a tener nuestras opiniones y a equivocarnos -sólo el Papa, sentado en la cátedra de San Pedro e iluminado por el Espíritu Santo, es infalible- y todos tenemos derecho a expresarnos, pero eso no significa que los demás estén obligados ni a oírnos, ni a escucharnos.
En el caso de Sofía, yo hubiese preferido seguir viéndola como una figura matriarcal, cálida, justa y algo severa, con una curiosa mezcla de toques mediterráneos, como si viniera de Grecia, y toques noreuropeos, como si viniera de Dinamarca. Además, conociendo lo compleja y variada que es la gran familia de Sofía, creo que hubiese sido mejor mantener una posición más neutral, capaz de incluir a todos, más allá de nuestras diferencias.
En el fondo, siento que Sofía me ha fallado. Seguiré yendo a su casa y, estoy seguro, seguiremos teniendo una relación cordial y de respeto, pero ya no me sentiré del todo bienvenido. Es una lástima, porque, hasta ahora, exagerando un poco, se podía decir que yo era "sofiísta".