Escribo para mi mismo. Porque he descubierto el placer de releer las entradas para recordar mejor lo que vi y sentí. Escribo para relatarme mi vida a mi mismo. Esto supone que, como si fuera un papel pintado mal encolado a la pared, lo que aquí relato se despega ocasionalmente de lo realmente vivido y forma burbujas, con las que se adapta esa realidad a la lógica del relato, más que al caos ilógico y nunca lineal de la vida vivida. Por eso, en consecuencia, transformo los hechos en un relato y a quien menciono, y a mi mismo, en personajes de un pliegue de la realidad, sin por ello dejar de ser sincero.


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miércoles, 11 de noviembre de 2009

Stanwyck

Cuando empecé este blog intermitente, pensaba que iba a escribir mucho de cine. Pero, salvo aquí y aquí, nada.

Hubo una época de mi vida, bastante larga -de los 15 a los 23-, en la que el cine fue mi mejor amigo y ocupaba mucho de mi tiempo. Iba mucho al cine, sobre todo solo. A cualquier hora. Muchas veces, como alternativa a salir de copas, para lo que hacía falta tener unos amigos que no tenía. El cine es la afición de los chicos solitarios.

Sin embargo, a diferencia de la música, que sigue tan presente como entonces, el cine ya no lo está con la misma intensidad. Dejé de ir al cine. En parte, porque pasé unos años de vida retirada -"ora et labora"-; en parte, porque hice amigos y, en paralelo, me iba encontrando conmigo mismo.

Ir al cine era puro escapismo; dejar de ser y vivir la realidad, e intercambiarlo por algo mucho mejor. Como se suele decir que era la función de los musicales Rogers-Astair y el "cine de teléfono blanco" del fascimo y la posguerra italianos. "La Rosa Purpura del Cairo".

No sólo iba mucho al cine, sino que terminé siendo un aprendiz de brujo. De los multicines de la Vaguada, pasé a los multicines de Mesón de los Heros y, de ahí, a mi fase definitiva, a la Filmoteca, justo en su época trashumante (Reina Sofía, Cine Infantas -hoy día el Dia de la calle Infantas-, la actual Sala Heineken, que yo no sé cómo se llamaba), antes de llegar al cine Doré.
Recuerdo perfectamente las dos películas que propiciaron mi conversión: "Undercurrent", un drama ejemplar de la mejor época del cine de estudio, sólo posible porque lo interpretan Katherine Hepburn, Robert Mitchum y Robert Taylor, y "The Lost Horizon" de Capra, su
película incomprendida, porque no responde al modelo de comedia de costumbres americana.
Vi muchísimos cine de los 30 y 40, y cine mudo y cine del final de los estudios, sobre todo cine norteamericano, pero también el cine europeo clásico y del clacisista de la "nouvelle vague".

Aprendí mucho de ese cine, que sigue siendo mi preferido. Por eso, cuando me tocó elegir un pseudónimo, elegí Stanwyck, por seguir la idea de mi admirada Breckenridge de usar un apellido "femenino" y por la escena final de "Stella Dallas", en la que Bárbara Stanwyck, feliz de poder haber visto, desde la calle, la (buena) boda de la hija a la que renunció, camina llorando y orgullosa bajo una lluvia torrencial. Me sigue emocionando hasta las lágrimas.

Es ese cine el que más me gusta ver, casi siempre en casa, aunque sigo haciendo mis escapadas a la Filmoteca de guardia ("Pandora" y "Cristina de Suecia", no hace mucho). Al cine voy poquísimo. A mi querido Breckenridge le gusta decir que la TV vive un época de oro, lo que es cierto. Creo que la razón de que la ficción en la TV sea tan buena o, mejor dicho, que haya tan buena ficción en la TV, es que se ha transformado en la forma de entretenimiento de los adultos. Cuando yo era pequeño, los niños veían la TV y los adultos iban al cine. Esos niños de la tele, cuando se hicieron adolescentes y empezaron a ir al cine, propiciaron un cambio de temas y estilos, establecieron nuevas pautas de consumo de cine, que empezó a parecerse a la TV que ellos miraban, en forma y fondo. El cine de la gran época de los estudios era un cine para adultos. Recuerdo ser pequeño y "vestirme para ir al cine", cuando me llevaba mi abuela, porque se trataba de un acontecimiento; ¡qué bien lo describe Allen en "Radio Days"!

Hoy, los adultos vemos la TV y nos gusta ver ficción en la TV, mientras los niños y adolescentes ven tele-realidad y pasan de la ficción -de hecho, yo creo que ven menos TV que antes, porque se han pasado a otras pantallas-, pero siguen yendo al cine.

Otra manifestación de ese cambio generacional y de patrones de consumo, a mi parecer, es que en nuestros días es posible para los actores pasar de la TV al cine e incluso intercalarlos. Antes, la TV era el refugio de los olvidados del cine (la propia Barbara Stanwyck en "The Big Valley", que no sé si se llegó a emitir en España; en la Argentina, sí y era una de mis series favoritas, por encima de "Bonanza"). Claro que se siguen haciendo películas para adultos, pero son las
menos, las que menos dinero dan. Dan premios, pero poco dinero.

Me he ido por los Cerros de Úbeda, con mi sociología de alpargatas, pero he explicado el por qué de Stanwyck y he declarado mi amor nostálgico por el cine, que era lo que quería contar en esta
entrada. No creo que, como pensaba al empezar a escribir este blog intermitente, vaya a escribir del cine clásico, explicando por qué hay que ver, o por qué vi, "The Crowd", "Sunrise", "La Nuit
Américaine", "Surcos", "Imitación a la Vida" o "Qué el Cielo la Juzgue". Podría, al hacerlo, contar una anécdota, un sentimiento de esa época, pero tampoco conviene agitar demasiado algunos recuerdos agridulces.

sábado, 18 de abril de 2009

¿Quién es David Mancuso?

"Dance music is about forgetting and taking yourself out of the situaction you are in." Chris Lowe (2009).


















En el principio, fue David Mancuso.


El Día de San Valentín de 1970, David Mancuso organizó una fiesta para sus amigos -una panda de marginales, negros, hispanos, homosexulaes, travestis, drogadictos- en su loft -El Loft- en el SoHo de Nueva York. Ese primer "Love Saves the Day" fue el principio de todo. A diferencia de lo que pasaba en las boîtes y discothèques de la época, donde la música no era lo más importante y se alternaban los temas "movidos" y los "lentos", las fiestas en el Loft estaban concebidas como un viaje a través de la música. Los temas se encadenaban, aunque David Mancuso no mezcla, para alterar el estado de ánimo y, con suerte, de percepción -sí, "Love Saves the Day" puede leerse como un acróstico. Eran una especie de versión hedonista de las ceremonias de baile ritualizado, presentes en la mayoría de religiones; un aquelarre sin macho cabrío, una ceremonia vudú sin loas. Pero con un maestro de ceremonias oficiante (God is a DJ; life is a dancefloor).

Esas fiestas en el Loft son el punto de arranque de la música disco, de la música "house", de las discotecas y los clubes. En esas fiestas, por ejemplo, el maestro Larry Levan y el padrino Frankie Knucles echaban una mano inflando de helio los globos que cubrían el techo. Si alguna vez bailando, te has olvidado de quién eras; si alguna vez bailando, has entendido qué quieren decir las Sisters Sledge con "Lost In Music"; si alguna vez bailando, has comprendido que sólo existe el presente, entonces, algo le debes a David Mancuso. Sino, deberías intentarlo.

La génsis de la música disco la explica brillantemente Tim Lawrence en su libro "Love Saves The Day". Este extracto, del documental del mismo nombre, explica varias de las cosas que pasaban entonces:



A nadie escapa a esta altura, que tengo fascinación por los 70 y por la música disco, por lo que no es raro mi admiración por la figura de David Mancuso. De hecho, si tuviese una vida extra, la usaría para pasar un verano de la segunda mitad de los 70 en Nueva York. Digo bien "una vida extra", porque son pocos los que sobrevivieron a la explosión de vida, libertad y energía de entonces: la combinación del VIH y las drogas fue letal para muchos y, sociológicamente, a esa explosión le siguió la reacción de esos 80 tan limpios, rectos y conservadores, que trajeron sus propias combinaciones letales. Si tuviera una vida extra, la usaría para bailar en el Loft y en el Paradise Garage y para pasearme por Christopher Street. ¿He recomendado ya el documental "Gay Sex In The 70´s"?

Todo esto viene a cuento porque, hace un par de domingos, bailé mientras David Mancuso pinchaba. Era la segunda vez que lo hacía. Sincéramente, para mi fue una experiencia equiparable a ver a Liza Minelli cantar "The Troley Song" a dúo con su madre, en Nueva York en diciembre de 1999, o a Prince (4 veces), cantar lo que quiso, en Londres, en el verano de 2007.

Tim Lawrence organiza cada trimestre una sesión de David Mancuso en Londres, en la zona fronteriza de Shoreditch, un barrio moderno, alternativo y algo peligroso, aunque cada vez menos. Es un ejercicio algo manierista, de recreación -más que recuperación- del pasado. Los que vamos a esas sesiones tenemos poco que ver unos con otros, lo único que tenemos en común es que queremos bailar y dejarnos llevar por la música. Hay gente de la edad de David Mancuso, modernos de todas las épocas, colgados de los "veranos del amor" de los 80; hasy hasta niños, normalmente disfrazados, bailando como locos y jugando con los globos, que lentamente descienden desde el techo, al ir perdiendo helio.

A mi me sorprende que las sesiones de David Mancuso en Londres no sean más conocidas o no estén llenas de famosos o que las entradas no se agoten al momento de ponerse a la venta. Me sorprende que, en el fondo, sea un secreto, un secreto maravilloso, que compartimos los que allí estamos. Seguramente por eso nos sonreímos unos a otros en la pista de baile, mientras David Mancuso, con una facilidad pasmosa -talento- salta de época a época y de estilo a estilo -de Loleatta Holloway a Krafwerk a Prince a Moloko- y les da sentido.

Hubo un momento, ese segundo domingo que fui, en el que me vino a la cabeza -lost in music- la foto al principio de esta entrada. Esta foto hubiese sido perfecta para la entrada "Estoy Bailando", pero mi querido tío C la recuperó de una caja de zapatos después de que yo la escribiera. Hubiese sido perfecta porque el chico de la foto soy yo bailando -lost in music- en la fiesta que mis padres organizaron, en octubre de 1983, para mi 14 cumpleaños.

La foto me vino a la cabeza porque, por un segundo, mientras sonaba "Ten Percent" de "Double Exposure", sentí mi mismidad, que diría María Zambrano, el continuo con el que relato quién soy. Sentí que sigo siendo ese chico, aunque ya no lo soy; sentí lo que he vivido, ganado, perdido, cambiado. El sentimiento duró un instante, pero me hizo sentir muy feliz de estar del otro lado del tiempo que me separa de él. También me dieron ganas de abrazar al chico de la foto, de decirle que llegaría a completar el rompecabezas en el que se estaba transformando su vida, de darle algún consejo -"nunca te compres unos vaqueros nevados"- pero me conformé con sentir el rompecabezas completo, sonreír y seguir bailando.


sábado, 28 de marzo de 2009

¿E ti, rapáz, de quén es?

La respuesta a esa pregunta la aprendí hacia el final de mi adolescencia, en la segunda mitad de los 80, durante la serie interminable de fines de semana interminables que, en justa retribución kármica por mi participación en las campañas de Basilio II Bulgaróctonos -imagino- pasé en la Aldea. La Aldea era -y es- una casa entre pinares, a unos 20 kilómetros de Santiago de Compostela, en la zona de donde es la familia de mi abuelo materno. Es un lugar precioso y muy tranquilo: una versión del infierno, si tienes 17 años.

La respuesta a esa pregunta era -y es- que soy "neto de Ramón, dos de Concha do forno". Por supuesto, mis interlocutoras rara vez se conformaban con eso y, a esa pregunta introductoria, le seguían unas cuantas más. Tampoco yo, después de un tiempo en el que pensé que sí bastaba, terminé por sentirme satisfecho con esa respuesta para explicar quién era yo.

Es cierto que mi abuelo materno se llamaba Ramón y que su madre era Concha, conocida en la Aldea por tener una panadería, que ya no existe, y un molino, que sigue en pié, aunque en desuso. Pero también es cierto que Ramón se casó con María del Carmen, quien había nacido en La Habana y seguido a sus padres a Galicia, cuando tuvieron que "re-emigrar", en la primavera del 36. Igualmente cierto es que mi abuelo paterno, Valentín, nació en Oviedo y se escapó a Buenos Aires, en la primera década del siglo XX, donde conoció a Amelia, argentina de padres paimonteses.

Como escribí en alguna entrada anterior, últimamente le doy vueltas al tema de la identidad. Tal vez, porque este año cumplo 40 o, tal vez, porque nunca he dejado de darle vueltas al tema.

Hace mucho que nadie me pregunta de quién soy, pero siempre hay alguien que pregunta de dónde soy. Desde no hace mucho, digo que soy de Madrid, siguiendo el consejo de Almudena Grandes, para quien el único requisito para ser madrileño es estar en Madrid. De alguna manera, es una versión moderna de aquello tan castizo que dijo Cánovas del Castillo -o que Galdós le atribuye- durante el debate de la Constitución de 1876: "son españoles los que no puedan ser otra cosa".

Yo elegí ser español, como conté en la entrada sobre la visita de mi hermano y a propósito de mi acento, y elijo ser de Madrid, aunque ni haya nacido, ni viva allí en estos momentos. Pero lo hago, y aquí es donde entra a jugar el tema de la identidad, intentando incluir mis otras posibilidades, mi yo argentino, mi parte gallega y mi vocación de trotamundos, que ha tenido su casa en cada ciudad en la que ha vivido. Se trata, parafraseando a Walt Whitman, de ser lo suficientemente grande para que dentro de mi quepan muchos.

Me he pasado la vida construyéndome. De dónde soy es sólo una parte de ese esfuerzo, igual de grande que el necesario para decidir quién soy.

En la época en la que me hacían la pregunta del título tuve la desgracia -entonces, porque visto desde ahora fue un privilegio- de encontrarme sin referentes e incapaz de contestarme a la pregunta de quién era, aunque con una intuición muy fuerte de quién no era y el deseo "délico" ser yo mismo y conocerme. Hasta entonces, había sido, sobre todo, un niño bueno, que se pasaba el tiempo pretendiendo hacerle la vida agradable a los demás. Desde esa época, nunca en línea recta y no siempre avanzando, he intentado ser auténtica, lo que cuesta mucho, pero no hay que ser rácana, porque una es más autentica cuanto más se parece a lo que ha soñado de si misma.

sábado, 28 de febrero de 2009

Halitosis

Cuando empecé a escribir aquí, un amigo bloguero me dijo que escribir un blog era como mudarse a una ciudad nueva. Al principio, te invade la euforia por todas las posibilidades que se te abren, porque es un nuevo comienzo y vas a conocer al amor de tu vida. Luego, te desanimas un poco, porque muchas de las promesas del principio no se cumplen, te das cuenta que los adoquines te destrozan los tacones y que ese chico tan guapo, que parecía hacerte mucho caso, tiene un gran problema de halitosis. Por suerte, añadió, no hay dos sin tres, así que del desengaño pasas a una tercera etapa, en la que te reconcilias con la ciudad, vuelves a tener ganas de salir a pasear -porque has aprendido a dejar los tacones en casa y ponerte unas zapatillas- y recuperas el ánimo para besar sapos.

Imagino que no se os escapa que estoy en la segunda fase. Desde principios de año, me apetece poco escribir o, mejor dicho, me pongo a escribir, empiezo una entrada nueva, pero no la termino. Tengo media docena de borradores colgados como una paraguaya en el limbo electrónico. En parte, creo que es porque durante la semana que pasé en Río redescubrí todas las cosas que se pueden hacer desconectado de un ordenador. Así que, cuando vuelvo a casa del trabajo, ni se me ocurre encenderlo -aquí es cuando digo la pedantería de que estoy enganchado a los "Episodios Nacionales" y los documentales de la BBC.

Hay, seguramente, otras razones; como la época del año o que he tenido algo más de trabajo y estoy más cansado.

También siento que he agotado la lista de temas que mentalmente había preparado y, cada vez que empiezo una nueva entrada, me da la sensación de que me repito. Luego está un relato que se me resiste muchísimo.

Es decir, que estoy un poco de vacaciones. Pero, volveré -¡claro que volveré!- y seré sillones.

Por si alguien se lo pregunta, me afeité el bigote después de cuatro semanas. Claudiqué a la presión: a mi novio sólo le faltaba decir "o el bigote o yo". También es cierto que me convencía a medias. Me seguía haciendo gracia, sobre todo porque descubrí que, aunque se tratara de pelo facial, no me daba un aire "hiper-masculino", sino más bien "hiper-marica". Tal vez, por ser pionero o por el referente de los primeros mari-clones de los 70 o porque, como me dijo un amigo, "no te hace más guapo, pero es muy sexual". Durante este casi mes, me han comparado con un futbolista alemán, una versión "mari-clona" de Tom Cruise y un actor porno de los 70, lo que no dejan de ser diferentes maneras de decir la misma cosa.

sábado, 14 de febrero de 2009

De verdad ocupado

Más de 10 días sin escribir. La última, ha sido una de esas raras semanas en las que estoy de verdad ocupado. Al mismo tiempo, ha sido una semana en la que no ha pasado nada, al menos, nada digno de una entrada, a diferencia de la semana anterior, que es sobre la que escribo. No tanto de la semana, como del fin de semana, del sábado pasado.

El sábado pasado, mi hermano pequeño, al que llevo 22 años, se volvió a Buenos Aires, donde vive, después de pasar un mes en Londres, en casa, con nosotros. Mi familia, se trace el círculo donde sea, está desparramada por el mundo, lo que quiere decir que rara vez pasamos mucho tiempo juntos, aunque nos veamos varias veces por año. El mes que mi hermano ha pasado en casa es el tiempo más largo que yo he pasado con alguien de mi familia desde noviembre de 1994. No incluyo aquí a mi novio, con el que llevo 6 años, porque él está en la categoría de "familia elegida", como están esos amigos que son también mis hermanos, mis primos, mis sobrinos.

Tener a mi hermano en casa durante un mes me ha enseñado mucho. Me ha enseñado cosas de mi mismo. Posiblemente por sentirme responsable de la vida cotidiana de otra persona, he descubierto una serie de tics extraños: una tendencia sobreprotectora, un lado pasivo-reflejo, un punto ligeramente intolerante cuando mis planes no se cumplen del todo. Por suerte, también he descubierto que soy capaz de darme cuenta de esos tics y reírme un poco de mi mismo al descubrirme refunfuñando porque una cacerola no estaba lavada "como a mi me gusta".

Más importante que todo lo anterior, ha sido estar con mi hermano. Ver, con cierta envidia retrospectiva, que es mucho más maduro y seguro de si mismo de lo que yo era a su edad, que tiene las cosas muy claras -cosas como quién es o dónde está parado, que a mi me han costado aclarar y a las que últimamente les doy muchas vueltas.

Tener a mi hermano en casa, en cierta forma, me ha "descongelado". Unos meses después de mudarnos a Madrid, en diciembre de 1979, mi acento porteño desapareció casi por completo en favor de un acento madrileño, sólo traicionado por alguna ese demasiado líquida y por la "enie" que se resistía, además de alguna expresión rioplatense, como "añares", por "muchos años", o "recién", por "acabar de". Pero mi "ej´que" era perfecto-lo perdí luego, cuando me fui a vivir a Vigo-. Tal esfuerzo hice por adaptarme a vivir en España, que ni tan siquiera mantuve el acento argentino ni en casa, ni en los viajes a Buenos Aires, en esa especie de "bilingüismo" del acento, que suele ser corriente en casos parecidos.

Pues bueno, durante el mes que mi hermano ha estado viviendo en casa, mi acento se ha ido liando y, si ningún orden, iba del "tú" al "vos", del ceceo al seseo, del "vosotros" al "ustedes" y el yeísmo castizo se "rioplatenisaba" y viceversa. Hace tiempo, hubiese intentado controlarlo, pero ya no. Me he dejado llevar y disfrutado de la incoherencia. Ahora que mi hermano está de vuelta en Buenos Aires, he recuperado mi acento español "no del todo neutro" y a él lo echo de menos y extraño.

martes, 16 de diciembre de 2008

Volver a Bruselas

Este pasado fin de semana, estuve en Bruselas, donde viví 5 años, del 2000 al 2005. Fueron esos unos años muy buenos, durante los que me divertí mucho, aprendí unas cuantas cosas, conocí a un puñado de mis mejores amigos y, una noche de febrero del 2003, empecé de nuevo, como bien lo sabía la ciudad, que amaneció totalmente cubierta de nieve al día siguiente.

Fue un finde estupendo, en el que "hacer", lo que se dice "hacer", hicimos muy poco. A parte de salir a tomar algo el viernes -a los sitios de siempre, incluida la casa de Mamá-, el sábado organizamos una fiesta, en la que, si bien no estaban todos, sí todos los que estaban eran de ese grupo de gente que echamos mucho de menos. Hablamos, bebimos, nos reímos y bailamos mucho -gracias a un gran pincha, capaz de mezclar clásicos de la italo-disco, con esa canción de las "Weather Grils" por la que hasta a los jugadores de rugby se vuelven locos.

El domingo, comimos -muy bien- en casa de unos amigos, que estuvieron, hace menos de un mes, en Argentina y Uruguay. Mirando sus fotos, me di cuenta de que me gusta volver a Bruselas, que volvería a vivir allí, que echo de menos sus mejores cosas y a mis amigos, pero que no siento nostalgia. Fueron 5 años fabulosos, que forman un periodo de contornos definidos, que viví intensamente, pero que recuerdo sin melancolía.

Me di cuenta de eso, porque viendo esas fotos sentí una pizca de la melancolía que me desborda cada vez que vuelvo a Buenos Aires -la ciudad por antonomasia para Volver (no descubro nada). Nostalgia de mi infancia -ese jardín perdido, al que le canta Fito Páez- y, lo que puede parecer extraño, de la vida que no he tenido.

Me considero, como ya he dicho alguna vez, un español de ultramar, lo que supone, entre otras extravagancias, tener un bagaje híbrido, que me hace emocionarme en un mismo grado con "Suspiros de España" y con "Adiós, Nonino" y que me permite reírme esperando la carroza o al borde de un ataque de nervios.

Nostalgia por las opciones no escogidas y por las posibilidades marchitas, intuición de lo que posiblemente he perdido. No por eso dejo de reconocer la gran suerte que he tenido y lo mucho que he ganado, pero todavía quiero todo -lo que me gusta pensar que es un rasgo adolescente-, por eso busco tener ya no sólo lo vivido y lo que me queda por vivir, sino, además, en una pirueta ucrónica -del corazón, más que de la cabeza- quiero tener los pasados, presentes y futuros que no han sido.

jueves, 13 de noviembre de 2008

"Ortogay"

Eso me llamó hace años, en una cena, una chica al ver que su flirteo no daba resultado. Lo que me dijo exactamente fue "¿Pero tú no serás ortogay, verdad?", dando por entendido que eso era un rollo pasado de moda y que ella, por su parte, no era "ortohétero".

Me hizo gracia la palabra y terminé por asumirla. Me viene siempre a la cabeza cuando estoy en un ambiente "ortohétero" y me aburro, ya que considero ese aburrimiento como una prueba (más) de mi ortodoxia.

Nací demasiado tarde para participar en la "liberación homosexual" de los 70. Mi despertar sexual "adulto", por precoz que fuera, no se produjo hasta mediados los 80 -me acosté por primera vez con un tío en el 87. Sin embargo, siempre he tenido como punto de referencia esa primera etapa, desde la explosión de rabia y alegría del 69 al terror del SIDA de principios de los 80. Desde una perspectiva contemporánea, esos años establecen el paradigma -las reglas, la ortodoxia- del homosexual, en la sociedad occidental actual. Por cierto, hay un documental estupendo, aunque no para todos los públicos, sobre esa época. En todo caso, en mi adolescencia, aunque escondido y de forma oblicua, esa época era la única referencia.

Por otro lado, si bien no elegí que me gustaran los tíos, sí terminé eligiendo qué hacer con eso y qué vida llevar. Podría haberlo negado o podría haberlo reducido a su más casto mínimo, pero decidí, porque así siempre he entendido yo la parábola de los talentos, liarme la manta a la cabeza y abrazarlo. Sino, según lo veo yo, estaba reduciendo mis posibilidades de tener una vida plena y valiosa. De esa manera, cobraron coherencia muchas cosas de mi vida, ya no sólo la atracción por los hombres, sino cosas inconexas, como mi devoción por Barbra Streisand o Liza Minnelli o mi desinterés por los deportes de equipo.

Todo lo anterior -me temo que he leído, y asimilado mal, demasiada teoría "queer", constructivismo y filosofía barata- es para contar lo muy "ortogay" que me sentí el viernes pasado, cuando acompañé a mi santo, por cuarta o quinta vez, a la cena anual de su empresa. Evidentemente, cuando a uno le da por la ortodoxia, se vuelve un poco intolerante.

Como las otras veces, la parte más entretenida es al principio, con las presentaciones, cuando alguien me pregunta por qué estoy allí y le contesto que soy la pareja de M. Es todo muy educado y yo lo digo con delicadeza -no como aquél que, en situaciones parecidas, se presentaba como el sex partner de su novio-, así que las reacciones son educadas y medidas, aunque siempre sea posible adivinar el proceso mental del interlocutor, mientras intenta poner todas las piezas -incluidos los rumores que haya oído- en su sitio.

Pero el resto de sarao me suele aburrir bastante. Justo después de la cena, empieza el baile, que, por supuesto, tendría que divertirme. Pero no así. Por un lado, el modelo es un poco como de "discothèque" parisina de los 60, donde se bailaba en pareja -chica y chico-; por otro lado, la música mezcla esa música disco infame que hicieron Kool & The Gang -sobre todo hacia el final- o Boney M -siempre-, con alguna de mis canciones más detestadas, como "Time Of My Life". El viernes pasado, salvaron la noche, he de reconocerlo, "Good Times" y "Reach" (lo mejor y lo peor de lo mejor). Un problema adicional fue que, el viernes, me tocó bailar con K, una amiga de M, estupenda, adorable y divertidísima, pero que considera que "bailar agarrao" es una excusa para ejercer la violencia física, por lo que se pasó todo el rato zarandeándome y pegándome pisotones. Por suerte, se cansó pronto.

Así que, magullado, busqué a M en la zona de la barra, llena de gente, ya borracha, bebiendo. Yo bebo poco -lo que es un defecto- y no soy capaz de seguir el ritmo. Estar sobrio rodeado de gente cada vez más borracha es entretenido hasta cierto punto. El viernes pasado, para mi, ese punto fue cuando unos ojos azules de 26 años -muy monos, pero con novia- empezaron a hablarme de la influencia de la jurisprudencia del Tribunal Europeo de Justicia en el sistema jurídico británico. Los primeros 5 minutos fueron soportables -de hecho, no le hacía demasiado caso-, pero los 10 minutos siguientes fueron un tedio. Me salvó un abogado español, colega de M, que se acercó a hablar con nosotros, atraído también por los ojos azules y dispuesto a hablar de lo que fuera, aunque la novia del chico -más bien feúcha- estuviera vigilando.

Fue entonces, ya algo cansado, cuando empecé a pensar en las alternativas a esa noche, desde haberme quedado en casa -hacer la cena, ver la tele-, hasta estar en Vauxhall, dando botes en una discoteca -oscura, sudorosa, ensordecedora- , y, lo cierto, es que todas ellas me parecían más atractivas. No me sentía con fuerzas ya para volver a explicar a qué me dedico en Londres o a escuchar historias de bebés y colegios o a tener que dar mi opinión sobre el traje horroroso de una pobre chica de la que todos se ríen. Hubiese tenido fuerzas, tal vez, para explicar porqué se están cargando la noche -y el día- en Ibiza o para escuchar algún chiste obsceno o para dar mi opinión sobre las faldas escocesas que llevaban un par de chicos; es decir, para algo más gay.

Así que, antes de empezar a poner mala cara, le dije a M que él se quedara, pero que yo me iba a casa, salí, cogí un taxi y, en menos de media hora, estaba metido en la cama. Cansado, con dolor de pies, contento de haber acompañado a M y volver a poner mi granito de arena en aras de la "normalización" y, al mismo tiempo, sintiéndome "ortogay" y un poco intolerante.

En todo caso, sé que el año que viene, el primer viernes de noviembre, volveré a ponerme el esmoquin y a acompañar a M a la cena de su empresa, porque, en el fondo, albergo la esperanza de que, el año que viene, M y yo abramos el baile y que el abogado de los ojos azules haya caído en la cuenta de que, con esa chica, no va a ninguna parte.

miércoles, 5 de noviembre de 2008

Estoy bailando

A estas alturas, ya ha quedado claro que me encanta bailar, ¿no? El rescate emocional, como lo calificó un buen amigo, desencadenado al empezar a escribir este blog, me ha hecho darme cuenta de lo importante que la música es en mi vida y lo muchísimo que me gusta bailar, y eso que ni sé tocar un instrumento, ni he ido a clases de ballet o de baile, salvo un par de veces en un club deportivo gay.

He bailado mucho, desde siempre y en todas partes. Había pensado hacer una cronología de mi vida, que iría desde aquellos bailes "Mata-Hari" en el salón de mis abuelos, a esas mañanas suspendidas en el tiempo, en el "after" de algún "after", oscuro, pegajoso, sudoroso y muy divertido. Pero me parece que sería excesivo y, sobre todo, aburrido. Tendría que encadenar los años y las décadas para ir, desde unas sesiones de discoteca infantil en el YMCA de Buenos Aires a, por ejemplo, una gloriosa mañana de un sábado de verano en la terraza del "Space" de Ibiza. Nada de especial, por otro lado, que a las fiestas del colegio y los bailes en el salón de casa, le hayan seguido discotecas y clubes -sitios fabulosos, clubes legendarios y antros infames-, desde unas sesiones de tarde en "Pachá" a otras tardes, 20 años después, continuación de alguna noche en Londres, Madrid o en alguna fiesta blanca, negra o roja.

Hubo un paréntesis importante: los años de adolescencia que pasé en Vigo. En Vigo, como me dijo un compañero de clase al poco de llegar, "los tíos no bailan". Al menos, en esa época. De hecho, sí bailaban, pero muy tarde, hacia el final de la noche, cuando se justificaba por estar borracho. De pronto, me he acordado de "Tea And Sympathy", una película estupenda de Vicent Minnelli, con una Deborah Kerr maravillosa, pero, al mismo tiempo, una película espantosa de mediados de los 50, centrada en enseñar al protagonista, un chico de 17 años muy sensible llamado Tom Lee, a comportarse como un hombre. No hace falta explicar más, ¿no?

Perdón por la digresión, que, por otro lado, me ha estado bloqueando la continuación de esta entrada durante unos días. Mi intención era seguir hablando de lo mucho que me gusta bailar, exponer mi teoría sobre la continuidad de la música disco en el "house" -siguiendo la idea de Frankie Knuckles de que el "house es la venganza de la música disco"-, mencionar el fantástico libro "Love Saves The Day" de Tim Lawrence y terminar con algún momento sublime en una pista de baile, como bailar "Promised Land" una mañana de sábado en el "Space" de Ibiza, emocionarme hasta casi llorar bailando "That's The Way Love Is" o bailar en una sesión de David Mancuso.

Sin embargo, el recordar el paréntesis que se abrió al mudarme a Vigo me obliga a seguir por otro camino y dejar lo demás para una próxima entrada. Veamos, ese paréntesis es más largo de lo que quería recordar y abarca algunos años más, cuando ya había vuelto a vivir en Madrid, pero seguía sin bailar. No es que dejara de bailar totalmente, seguía haciéndolo en casa, con mis hermanas, en nuestra interpretación particular de los bailes de salón, al son de Frank Sinatra y Glenn Miller, o solo, como aquella primavera en Madrid, enganchado al "Never Gonna Give You Up". Pero fuera de casa, nada o casi nada. El mensaje de que "los tíos no bailan" caló hondo y tardé algún tiempo en rebelarme, ayudó bastante que en Madrid los tíos sí que bailaban, sobre todo en los sitios a los que empecé a ir: alguna vez a "Aire", aunque no lograba descifrar el código de los que revivían cada semana el último "verano del amor", y, bastante más seguido al "Alex" o el "Ras" -que es lo más-, aunque la motivación principal para ir a esos sitios era más ligar que bailar.

En definitiva, lo que ha pasado es que mi idea original para esta entrada me llevaba a construir e interpretar todos esos años bailando desde el presente, dejando de lado aquello que, por decirlo así, rompía la lógica del discurso; de esa manera, hacía como si no hubiese existido ni "Pachá", ni "Oh! Madrid", ni los bares de Malasaña, ni mi época (algo) "grunge". En definitiva, estaba siendo poco honesto conmigo mismo y recreando el pasado para que se ajustara al presente. Por eso, prefiero terminar esta entrada aquí, aunque no sin dejar de añadir el vídeo con el que, desde el primer momento, quería cerrar esta entrada.
Tenía dos canciones candidatas: "Bailar Hasta Morir", en la versión original de Tino Casal o en la versión de Fangoria+Madelman, y "Estoy Bailando", del que ya he hablado, pero no en la versión de las Hermanas Goggi o la (mediocre) versión de las Shimai, sino en la (fabulosa) versión de Nenita Danger y Caprichosi, porque me hace reír y porque, en mi próxima vida, yo quisiera ser una de Las Fellini.


martes, 21 de octubre de 2008

El blog secreto

En la primera entrada, mencioné que hacía un tiempo había tenido otro blog, pero que aquél era un blog secreto. No voy a recuperar esas entradas, aquel blog está muerto y enterrado. Un "blog secreto" no deja de ser un diario personal electrónico. Siguiendo la lógica de esconder un elefante en la jaula de elefantes del zoológico, un blog del que no hablas es prácticamente inencontrable; es más seguro que un diario de esos con candado.

Mi antiguo blog era una vía de desahogo, en un momento en el que viajaba mucho, vivía entre dos ciudades, me sentía un poco extraño en la ciudad que considero mía y no estaba muy claro ni mi futuro profesional, ni cómo sobreviviríamos mi chico y yo a la distancia. Todas esas incognitas se despejaron: conseguí el trabajo que quería, me mudé a otra ciudad, dejé de viajar y mi santo y yo volvemos a vivir juntos. Sin embargo, me he dado cuenta que este nuevo blog es también una vía de desahogo. Cuando respondes a las preguntas que te angustian y despejas las incógnitas que te inquietan, aparecen otras -y, cuando eso deja de pasar, es que te has muerto.

Breckenridge, que tiene un blog estupendo, ha escrito cosas buenísimas sobre mi, que no merezco, y sabe mucho, dice que los blogs se escriben, en primer lugar, para uno mismo. Tiene razón, claro. Este blog me está permitiendo recuperar recuerdos, sobre todo buenos, que tenía enterrados, y me da un taburete, en un "rincón del orador" virtual, para opinar y contar mi vida.

Los blogs reflejan la personalidad de su autor, aunque no necesariamente toda. Si yo escribiera esto con 10 años menos, estoy seguro que sería más entretenido, tal vez menos reflexivo y, seguramente, estaría vertebrado por la sucesión de conquistas, derrotas, amores y desamores, alrededor de las que -me gusta pensar- giraba mi vida de soltero. Sería parecido, aunque peor, que el diario que escribió -y terminó publicando como libro- mi amigo Jota Ele. Si ahora me pusiese a escribir sobre mi vida cotidiana, tendría que hacerlo sobre lo que puse ayer de cena -una pierna de cordero asada con pesto de menta, muy rica, por cierto-, los paseos otoñales por la playa, lo mucho que me duele el culo después de 4 horas de bici, lo que me aburro en el trabajo o sobre uno chulo del gimnasio que me miró un día.

Así que, en vez de eso -sobre lo que no descarto del todo terminar escribiendo-, me está saliendo algo bastante introspectivo, un poco melancólico y con un punto petardo. Me está sirviendo de terapia y, como ya he dicho, ayudando a recobrar la memoria. Además, espero que sea el canal para compartir algunas obsesiones y dar salida a un par de cosas sobre las que quería escribir desde hace tiempo (la primera es "Max", claro).

Estoy teniendo una semana rara. Tal vez por eso, esta vez me ha salido una entrada circular y casi una presentación. Lo cierto es que tengo en la cabeza un puñado de entradas que "necesito" publicar -esta es una- y, hasta que no despeje el atasco, queridas y pacientes lectores, va a ver alguna otra entrada como esta. Me daré prisa.

miércoles, 8 de octubre de 2008

I Am What I Am

Escribir la entrada anterior ha tenido un efecto que no esperaba: una explosión de recuerdos, asociados a canciones, de mi infancia y primera adolescencia, sobre todo de buenos recuerdos. Pensé dedicarle una entrada a los tres o cuatros más intensos, pero creo que eso sería demasiado -es decir, un coñazo. Prefiero intentar hacerlo en una única entrada. Son tres canciones: "It's A Heartache", "Endless Love" y "I Am What I Am" (en ningún momento he dicho, querida lector, que fueran canciones buenas).

La casa -realmente, un piso- de mis abuelos maternos siempre ha estado llena de gente, entrando y saliendo a todas horas, cada cual contando todo tipo de historias -divertidas, dramáticas, psicoanalíticas, médicas- alrededor de la mesa de la cocina (naranja), en la que, a cualquier hora del día, se comía y bebía. Es fácil imaginar que en mi niñez, la casa de mis abuelos era un lugar fascinante y entretenidísmo, una especie de circo de tres pistas, con barra libre de Coca-Cola.

Uno de mis juegos preferidos era ir al salón -madera oscura, con apliques circulares en cuero blanco, espejos ahumados- y ponerme a abrir los armarios y cajones. Así fue como cayó en mis manos la primera revista porno que abrí; así fue como descubrí "It's A Heartache" de Bonnie Tyler, que me tuvo obsesionado durante años. Hubo una época en la que, después de haber saludado, como el niño buen educado que era, salía corriendo al salón, abría el armario del equipo de música y, capaz de sentir que la felicidad estaba encerrada en un disco negro de vinilo, ponía la canción, una y otra vez. Y la bailaba. Y la cantaba, mal, porque siempre he desafinado, y porque no tenía ni papa de inglés, así que terminé por inventarme una letra, que empezaba repitiendo "Mata-Hari, Mata, Mata-Hari".




"Endless Love" representa el final de mi inocencia. No he visto la película, que es de 1981, aunque recuerdo el revuelo, y la canción llegó a mi vida más tarde, en el verano del 84. Durante un año, hasta el verano siguiente, esta canción estuvo siempre presente. Posiblemente no sonó muchas veces durante ese año, pero en mi memoria está indisolublemente unida a mi primer amor, que era quien la cantaba; a la primera vez que me rompieron el corazón, la misma chica, claro; al divorcio de mis padres, que fue agotador emocionalmente; mis primeros momentos de lucidez sobre mi homosexualidad y el nacimiento de mi hijo, ya algo más tarde, en el invierno del 86.

Solemos tener una visión melancólica, algo romántica y risueña, de la pérdida de la inocencia, que es como suelen reflejarla la Literatura y el Cine. Yo recuerdo ese año, del verano del 84 al verano del 85, como una convulsas emocionalmente, durante la cual mi vida cambiaba radical e irreversiblemente, más allá de mi control. Dejaba atrás una infancia que fue feliz, en la que estuve rodeado de una familia grande, bulliciosa y dramática -medio italiana, medio gallega- y en la que, si tenía ganas de poner un disco y bailar y cantar, podía hacerlo sin preocuparme por lo que pensarían los otros.




El año anterior a todos esos cambios, me lo pasé bailando. "Funky Town", "You Can't Stop The Music", "No Controles", "Karma Chamaleon", "La Noche No Es Para Mi" y "I Am What I Am". Imagino que primero escuché a Gloria Gaynor cantando "I Am What I Am"en la radio -se me escapa qué radio madrileña pondría, en 1983 esa canción; tal vez Radio Vinilo, que era la que yo más escuchaba. En todo caso, a principios del 84, me compré el LP "I Am Gloria Gaynor" para poder escuchar esa canción tanto como me pidiera el cuerpo, que era mucho.

Mi inglés había mejorado algo desde la época de "Mata-Hari", pero, aunque entendiera parte de la letra y fuera capaz de cantarla sin inventarmela demasiado, no era capaz de entenderla de verdad. No sabía que la canción era de un musical y que, en el escenario, la cantaba un señor muy afeminado, estrella de un espectáculo de transformismo, frente al rechazo del hijo que ha criado. No sabía que era una canción de reafirmación personal. No sabía que era una canción estandarte para muchos homosexuales, en los momentos más negros de la primera ola del VIH y el SIDA.

¡Ojalá lo hubiera sabido! Fue en esa época, cuando empecé a sentir que me gustaban los hombres; fue en esa época, cuando algún compañero de clase me llamaba "marica" y me dolía; fue en esa época, cuando empecé a esconderme. ¡Qué bien me hubiese venido entender entonces de verdad esa letra y decirle "hey, Mundo, Soy Lo Que Soy"! Al final lo hice, me costó algún tiempo, unas cuantas lágrimas y algunas noches sin dormir, engullido por una soledad cósmica, pero, al final, mal o mejor, lo hice.

martes, 7 de octubre de 2008

América, América

Llevo mucho tiempo pensando en escribir un blog. Es más, hace un par de años, tuve un blog "secreto". Le he dado muchísimas vueltas a la idea, sin llegar a decidir qué quería hacer y cómo hacerlo. Sobre todo, no encontraba la forma de empezar. Me conozco lo suficiente como para reconocer que "no encontrar" quiere decir "tener miedo". Me da miedo empezar, escribir un par de entradas y, luego, no saber cómo continuar o actualizar de Pascuas a Ramos. También me da miedo que nadie me lea o que este blog termine siendo un coñazo. Hoy, he decidido superar ese miedo.

En gran parte, se lo debo a mi amiga Breckenbridge , que lleva tiempo animándome a que escriba y que, sin saberlo, me dio la idea de cómo empezar con su entrada sobre Karina. El blog de Breckenbridge, por cierto, es lo más.

Mi primera entrada no es una lista de gustos y disgustos, ni una declaración de principios, ni El Manifiesto Comunista. Estas son cosas que vendrán a su tiempo. Me primera entrada es sobre mi primer disco.

Un diciembre de mediados de los 70, me regalaron mis dos discos sencillos. Uno era de villancicos cantados por niños, el otro era "América, América" de Nino Bravo. Desde el primer momento, la canción me volvió loco -sé que también la cara "B", pero ya no la recuerdo. Empecé a poner el disco sin parar, en el tocadiscos de mi cuarto, cantándola a todo pulmón, hasta el extremo de que mis padres decidieron "racionarme" el disco.

No voy a descubrir a estas alturas a Nino Bravo, esta entrada no se trata de eso. "América, América" fue mi primer disco de adulto -y durante bastantes años, el único-, compartiendo estantería con discos titulados "Ruidos y Ruiditos", "El Reino del Revés" o "Manuelita la Tortuga". Por eso le dedico esta primera entrada.

¿Quién me lo regaló? La hermana pequeña de Rosa, quien trabajaba en casa de interna. No recuerdo su nombre y, lamentablemente, hace años perdimos el contacto con Rosa. Mis padres habían acogido a su hermana pequeña en casa, después de que se encontrara en la calle por quedarse embarazada sin estar casada (en casa de mis padres siempre se habló de todo en frente de los niños, aunque, claro, eso no quiere decir que me fuera capaz de entender el asunto).

Después de un tiempo, decidió volverse a su pueblo a dar a luz. Antes de irse, nos hizo un regalo a mi hermana y a mi. Recuerdo que me encantó el regalo y, al mismo tiempo, que se me hizo un nudo en el estómago, pensado que la pobre chica se había gastado su dinero en mi. También sentí que la situación de esa chica era injusta.

Así que, esta entrada no es sólo sobre mi primer disco, es también sobre el momento en que me nació la conciencia.