Escribo para mi mismo. Porque he descubierto el placer de releer las entradas para recordar mejor lo que vi y sentí. Escribo para relatarme mi vida a mi mismo. Esto supone que, como si fuera un papel pintado mal encolado a la pared, lo que aquí relato se despega ocasionalmente de lo realmente vivido y forma burbujas, con las que se adapta esa realidad a la lógica del relato, más que al caos ilógico y nunca lineal de la vida vivida. Por eso, en consecuencia, transformo los hechos en un relato y a quien menciono, y a mi mismo, en personajes de un pliegue de la realidad, sin por ello dejar de ser sincero.


miércoles, 19 de junio de 2013

Paraisos

Me resulta difícil pensar que me lanzara a hacer este viaje con la idea de encontrar un lugar. Como mucho, lo hice con la de encontrarme a mi mismo. 
Sin embargo, si buscara un lugar, un paraíso, probablemente fuera la isla de Manono. La Polinesia es esto. Al menos, la Polinesia que soñamos desde lejos.
Es una isla hermosa, rodeada de un arrecife donde rompen las olas, y que forma una laguna, que en estos momentos, el lunes 17 de junio, mientras me tomo un té y escribo, es la definición del turquesa, salvo los instantes en que es la del lapislázuli, en contraste con el azul cobalto del mar abierto. Hay pequeñas playas de arena blanca y rocas volcánicas. Árboles tropicales cargados de flores o frutas, mecidos suavemente por los alíseos. 
Hace un rato, he nadado hasta el arrecife. Está a casi un kilómetro. Hacía tiempo que no nadaba tanto y ha sido algo más difícil de lo que pensaba, sobre todo los primeros 300 metros de vuelta, mientras intentaba leerle la dirección de la corriente para nadar transversalmente a ella. Fui a ver el arrecife y el rompiente de las olas. 
Me quedo en una especie de pensión, desde donde todos los días se ve la puesta del sol. Las habitaciones son pequeños fales, con paredes y cama, subidos a la ladera de la colina de la isla. Comemos en un fale comunal: los huéspedes, el encargado (un neozelandés de 88 años, capitán de barco jubilado, que pasa aquí 7 meses al año) y gente del pueblo, en especial algunos niños. Sigo sin entender los parentescos y quiénes son miembros de la familia (estricta y extensa) de los dueños (de visita a una hija y su nueva nieta en Melbourne) y quiénes son vecinos. 
De hecho, quedarse aquí es quedarse en el pueblo. El domingo fui al servicio "congregacionalista" de la iglesia local (hay 5 pueblos y 7 iglesias); en samoano, salvo por unas palabras de bienvenida en inglés dirigidas a mi, y en el que no pararon de cantar. Los samoanos cantan mucho y bien: en la iglesia, en casa, en la calle. 
Hoy, el encargado, Ewan, me llevó a visitar la escuela y las casi ruinas de la iglesia católica de la isla, construida hace más de un siglo y con unas vidrieras bonitas -más bonitas aquí que en el taller de Lyon donde las construyeron por su cierta incongruencia- y una acústica maravillosa.
Luego, he seguido caminado por mi cuenta, por el único camino de la isla, que rodea su perímetro. En total, sin prisa y con paradas, he tardado una hora y cuarenta minutos.
El martes, volví a nadar. Pero menos. Los 400 metros que separan de la costa a un islote de rocas volcánicas. Elegí el momento en que la vuelta fuera con la corriente de las mareas a favor. 
Los dos primeros días (llegué en la mañana del viernes y me fui en la noche del martes), hice poco. En un sitio como este, no hay tiempo. Puedes dedicarte a ver las olas romper contra el arrecife o las formas y el movimiento de las nubes o el cambio del reflejo del sol en el agua.
Sin embargo, lo que hace a este sitio tan especial es la gente. Creo haber descubierto al menos una de las cosas que contribuyen a la fascinación occidental con la Polinesia. Es su sonrisa. Pocas veces he visto iluminarse un rostro de la forma en que lo hacen las caras de los polinesios: es un sonrisa inmensa, franca, clara, ligeramente juguetona y algo infantil (que no pueril). Da igual quién sonría. Cada vez que, durante mi caminata, saludaba a la gente con la que me cruzaba, y me contestaron con esa sonrisa era como si saliera un segundo sol. Cuando fueron los niños en la escuela, fue como ver las estrellas durante en pleno día. 
No es, sin embargo, el paraíso o, al menos, no es ni más ni menos paraíso que otros muchos sitios en este mundo (los hay de tantos estilos: ayer, sonó en mi iPad un tema que me hizo añorar el paraíso de la terraza del Space de Ibiza). Digo que no es el paraíso porque no se me escapan sus problemas: pequeños cortes que se infectan épicamente y terminan en amputaciones, demasiado alcohol, basura por todas partes (plástico, papel, envoltorios), violencia doméstica, inestabilidad familiar, droga, suicidios adolescentes, algún niño que te pide dinero, una estructura social rígida y nada igualitaria.
En esta isla, se vive del modo tradicional, pero no están aislados: hay teléfonos y televisión y radio, todo el mundo tiene parientes en Nueva Zelanda o Australia (en mi caminata, pide oír un poco de hip-hop samoano del sur de Auckland). Y, de vez en cuando, aparecen turistas, cuando no funcionarios y voluntarios de la cooperación al desarrollo o investigadores de algo.
Tal vez, en la isla de al lado, Apolima, puedan mantenerse más a salvo. La isla está formada por un volcán medio sumergido, con una sola entrada a una laguna interior donde hay un solo poblado. Hace falta invitación para ir. A cambio, el cacique local domina la vida del lugar, no hay escuela y no hay médico residente.

En la madrugada del miércoles 19, vuelo a Fiji. Me quedo allí hasta el 22. Ya me queda menos de un mes de viaje. 

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